Opinión

Benito Menni y la intemperie compartida

MENÚ DE POBRE

Diego Medrano | Martes 03 de diciembre de 2019

Cuando usted, amable lector, se encuentre leyendo las presentes letras parpadeantes y cercanas, yo estaré de viaje en tren, bajo heladas españolas, guantes de cabritilla y termo hirviente, camino de Valladolid a recoger el último Premio Benito Menni de Relato Corto de las manos abiertas de Carmen Posadas (Rosa Montero, Luis del Olmo, Carlos Aganzo y una larga lista de ilustres otros años en ese mismo jurado, según me cuentan desde allí). El reto o desafío -rezaban las bases del concurso- era escribir sobre discapacidad y la condición de un reciente amigo largo tiempo en silla de ruedas, debido a una mala noche de alcohol y automóvil, jamás derrotado ni en doma –al revés que el poema de Claudio Rodríguez-, me llevó a ello, siempre sorprendido por su fuerza, gracia, absoluto volcán sin pena alguna.

Dice el acta del jurado sobre mi cuento Una pareja que es igual pero distinta a las demás: “Se trata de un texto redactado con cuidado literario y alarde de vocabulario pero que al mismo tiempo resulta de lectura ágil. Pone énfasis, sin nombrarlo, en el tan reiterado empoderamiento al que está llamado la persona que vive diversidad funcional. Las bases de ese empoderamiento radican en la fortaleza de la voluntad y en el amor”. El asunto del que quiero partir es justo ése, el empoderamiento, la fortaleza, que en mi relato adquiere tintes casi de reportaje (mera cámara en el camino) frente a héroes ajenos a cualquier tipo de lasitud, comodidad o conformidad, aún en condiciones no demasiado favorables, resistentes y felices –tantas veces por medio del deporte- al tiro dado. Con motivo de todo lo anterior, me escribe una persona por las redes sociales: “Benito Menni fue uno de los hombres que más se preocupó de los marginados y, especialmente, de los locos. Era un italiano de la orden de San Juan de Dios que vino a España en tiempos de Isabel II y abrió dos hospitales psiquiátricos en Ciempozuelos para los más pobres entre los desamparados. Murió en Ciempozuelos y allí está enterrado. Medrano: llevas el premio de un hombre bueno y luchador a favor de los marginados. Abrazos y mi enhorabuena”. Tremendo.

Nada sabía, nada conocía, acerca de Benito Menni. Apenas tardo unos días –vía digital- en proveerme de material sobre mi tema, libros que llegan con la rapidez del relámpago: El coraje de un profeta: San Benito Menni (Angelo Montonati), Santidad a prueba de fuego: Vida contrastada de Benito Menni (Mario Soroldoni) y Benito Menni: Testigo de la caridad (Emilio Zuñeda). Si algo tuvo claro nuestro héroe, recogido en todos los testimonios anteriores, era que el desamparado, el marginal o marginado, el pobre de solemnidad o alma en pena, lo primero que necesitaba era fortaleza, la espada bien alta de la voluntad, el coraje más limpio y puro, ajeno el espíritu a cualquier flaqueza, derrota o abandono, siempre ganas por salir adelante, impulso y avance. Todo lo anterior sirve de prólogo o preámbulo a lo realmente importante: el próximo día 7 se celebra en medio mundo la noche de las personas sin hogar. Casi cuarenta mil en nuestro país, sesenta mil víctimas de desahucios, un cuarenta por ciento de los jubilados con pensiones menores a setecientos euros. Absoluto drama, mucho más que las plantas del cambio climático o el deshielo.

Organizaciones como Nadie sin hogar pretenden dar visibilidad al colectivo, Madrid será una de las cincuenta ciudades mundiales que dormirá en la calle para justo eso, hacer visibles a los invisibles: cien millones de personas en todo el mundo sin posible acceso a la vivienda. Hogar sí, Unicef y Fundación Malala se unirán a miles de ciudadanos que dormirán esa noche bajo las estrellas dentro de sacos en Nueva York, Chicago, Londres, Edimburgo, Nueva Delhi, Brisbane, Dublín, Manchester, Bruselas, Oslo y Santiago de Chile entre otras, con famosos haciendo de embajadores mediáticos por medio planeta (Will Smith desde el neoyorkino Times Square o Helen Mirren en el londinense Trafalgar Square). Nuevamente, desde el periodismo, desde la calle, desde el arte, el cine o literatura, será posible otro mundo. Tomar una causa social que es la vergüenza negra de todos nosotros, tantas veces al margen de su problemática, saltando por encima o haciéndonos los sordos y ciegos frente a su parca realidad.

La noche sin hogar tiene clara la visibilidad, como primer peldaño, pero Benito Menni, que a esto dedicó su vida, insistía en plantar o hacer germinar la flor de la fortaleza en el corazón vencido o desahuciado. Hagámoslo posible. No son fardos durmiendo al raso, ni bultos extraños que a veces sorteamos en nuestros itinerarios de prisa y ninguna atención, incluso desprecio manifiesto. Las navidades están aquí, la pobreza también, faltan manos tendidas y menos anonimato en nuestras ciudades de consumismo carnívoro y deshumanización progresiva. No viven tan lejanos en el tiempo los casos de palizas o quema deliberada de mendigos con tal de hacer un vídeo por internet, gracias a cuatro críos. Un país sin causas sociales da miedo: La noche sin hogar, mucho más que una convocatoria, es una oportunidad para demostrar qué podemos hacer por el otro, sin excusas ni esperas, ahora y ya, en la seguridad y firmeza del gesto llevado a cabo entre muchos, todos anónimos, solidarios y dispuestos.

Empresarios, ricos de cuna, profesionales de éxito… son innumerables los casos que debido a un mal bache duermen sobre cartón mojado. Los más pequeños de la casa, que tantas veces lo tuvieron todo regalado y no lucharon por nada, son vírgenes en eso que antes se llamaba “lección de vida”. Es hora de levantar a los pobres del asfalto –día 7 de diciembre- y dejar de mirarlos desde la lejanía o comodidad de nuestras seguridades jamás eternas, cada vez más inciertas. La limosna también es oración –dijo el clásico- pero la mejor es aquella que permite aliento y refugio por medio de cálidas palabras. No tengas miedo a pronunciarlas. Ese paraguas –el de la fortaleza, ánimo o voluntad- que das al otro bajo el chaparrón dignifica tanto como cualquier dádiva económica. Merece la pena el esfuerzo: palabras rumbo a otro horizonte para quien no lo imagina.