Opinión

Fin de hostilidades en Osetia y la Rusia imperial

Martes 12 de agosto de 2008
Después de cinco días de intensos bombardeos, en los que han muerto casi tres mil personas, el presidente ruso Dimitri Medvedev anunció ayer el fin de la operación militar que se desencadenó a raíz de la entrada de tropas georgianas en la región secesionista de Osetia del Sur. Medvedev exigió, además, la firma de un acuerdo jurídicamente vinculante en el que las partes implicadas se comprometan a renunciar al uso de la violencia. A pesar de las buenas palabras, las autoridades georgianas aseguran que los bombardeos siguen produciéndose.

Georgia calculó mal sus posibilidades cuando hace menos de una semana inició el ataque a Osetia del Sur. A pesar de formar parte oficialmente de territorio georgiano, hace ya más de diez años que la región pro-rusa se autogestionaba como entidad autónoma. Georgia estaba en todo su derecho de reclamar su soberanía sobre territorio sudosetio, pero pecó de ingenua al atacar abiertamente Osetia del Sur, sin tener en cuenta la más que probable respuesta rusa, como ha acabado sucediendo.

El saberse respaldados por unos Estados Unidos deseosos de contrarrestar la influencia rusa en la jugosa zona caucásica –cruce petrolífero de caminos y una de las regiones más ricas del planeta en reservas de gas y crudo- seguramente envalentonó a los georgianos. Sin embargo, es obvio que, por más que George Bush haya amenazado a Rusia con un “empeoramiento en sus relaciones” si continuaba con los ataques, el apoyo a Georgia no iba a pasar de ser meramente moral. Las consecuencias de un enfrentamiento abierto entre Rusia y Estados Unidos son demasiado peligrosas y tanto Bush como Putin y Medvedev lo saben y lo evitan.

Por otra parte, Estados Unidos y la Unión Europea, que se han manifestado a favor del mantenimiento de la soberanía de Georgia sobre Osetia, se han visto enfrentados a la contradicción de apoyar abiertamente la independencia de regiones como Kosovo frente a Rusia y mientras niegan la de esta región caucásica. Sin embargo, lo más significativo es que estamos ante una prueba más –por si hiciera falta alguna- de la voluntad de Rusia de hacer valer su hegemonía en la región y su determinación de renovar su posición de superpotencia planetaria. El problema con Rusia, ya sea la de los zares, la soviética o la de Putin, es que su candidatura imperial la firma con bombas y su legítima influencia regional la expresa poniendo en riesgo la independencia de los países limítrofes.

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