Opinión

Leer, robar, estafar, verbos copulativos

TRIBUNA

Manuel Gálvez | Jueves 19 de diciembre de 2019

Ha sido noticia de hace pocos días que al embajador de México en Argentina le cogieron cuando quería llevarse sin pagar un libro en la librería más conocida de Buenos Aires. Digo que le “cogieron”, porque le han jodido la vida por un acto tan revolucionario como es robar un libro cuando lo puedes pagar. Como mucho a este señor, sí que se le podría acusar de apropiación cultural y no a Rosalía que ya lo canta en una de sus famosas canciones: “Dios nos libre del dinero”. Las informaciones dicen que ese libro tenía un precio bastante económico, que era de los más baratos de la librería, lo que hace para muchos aún más sorprendente la noticia. Pero para mí es un claro ejemplo de insumisión, puede que hasta esa fuera la razón de que ejecutara esa acción. Si hay una cosa clara es que un producto robado no tiene precio una vez sacado del establecimiento donde se encuentra. No se le puede aplicar un impuesto ni añadir al valor del mismo, el sueldo de los empleados, la luz del establecimiento o el coste del alquiler del local si no está en propiedad. Puede que para este embajador ese libro tuviera un valor mucho mayor del establecido en el precio final del mismo y robarlo fuera su manera de mostrar su disconformidad. Que este hombre quiera abrir un debate de cuánto vale el esfuerzo, el talento y el tiempo que el autor o autora de un libro dedica a realizar una faena a la que es difícil de acotar en cualquiera de esos tres menesteres.

Robar un libro parece algo ridículo, un producto que no parece de primera necesidad y que tampoco parece que tenga muy buena salida en el mercado negro. Por eso robar un libro es el principal acto político que puede hacer una persona, y sé que esto no les va a hacer gracia a mis amigos de la librería Miraguano, que es donde yo compro y pago todos los libros religiosamente. Digo religiosamente, porque sé que si no lo hiciera, Javier, uno de los dueños me metería un par de hostias bien dadas. Con la Iglesia hemos topado. Y Javier, al igual que el “San Manuel, bueno, mártir” de Unamuno, es de los peores “curas”, de los que perdieron la fe hace ya mucho tiempo o directamente no la tuvieron nunca en el ser humano. Pasar mucho tiempo en una librería es la mejor experiencia para darse cuenta que el ser humano cuando no roba, está haciendo cosas peores……votando, viendo la tele, e incluso trabajando.

El ser humano entiende robar un banco, un reloj de oro, un coche, la dignidad por un sueldo mileurista, ocho horas al día, veinticuatro días al mes, los cuarenta mejores años de tu vida. Pero robar un libro te coloca en la incomprensión, pues todos sabemos cómo acabó el Quijote por leer tantos libros de caballerías. Volverse loco, soñar con que lo que pasa en los libros pueda evadirte o hacerse realidad, robar un libro con la ilusión de que te “pillen” y ver qué pasa después y más si eres una persona pública. Cristina Cifuentes quiso robar unas cremas que embadurnaran su rostro de un ungüento que tapara sus vergüenzas. A la “pobre” no le gustaba su cara, y además en su caso, ella tenía mucha. Se ve que robar sin necesidad es una enfermedad política.

Robar, queridos niños no está bien, tampoco libros, y menos ahora, que en 2020 saldrá publicada mi primera novela, y uno quiere aunque sea, poder seguir tomándose alguna caña con tapa con lo que vayan dejando los derechos de autor y si todo va bien incluso irse un fin de semana a algún sitio cerquita de Madrid y poder dormir mirando un techo que tape un cielo distinto del madrileño.

Aunque ahora que recuerdo, si hay una librería que se merecería sentir la indefensión de un robo metafórico, en el que se hiciera real el ojo por ojo, en este caso el robo por robo. Librerías que roban la dignidad de un concurso literario de novela, participando como jurado en un premio hasta ahora muy prestigioso y que sin saber cómo fue entregado a una poetisa que tampoco lo es y que hizo de su prosa su propio sayo. Cómo me gusta una aliteración. Se cree el ladrón que todos son de su condición. Y también que un texto termine en rima. Más escribir y menos tarima. Más información y menos presentación. Siempre me han parecido más atractivas las ladronas que las que pretenden estafarnos desde sus poltronas.