Opinión

Navidades de investidura

ESCRITO AL RASO

David Felipe Arranz | Lunes 23 de diciembre de 2019

Navidades de chaqueterismo, cambalache y almoneda española. La Cortylandia de escaños en Carrera de San Jerónimo concita el interés de la casta parasitaria: sus señorías se reparten las primeras filas y otros van al gallinero. Las prebendas y los lobbies en los pasillos y España sin barrer. Ahora lo local tiene mucho peso: lo autóctono goza como en ninguna otra hora de España –ay, Azorín– de prestigio y consideración. El Grupo Plural, EH Bildu, Foro Asturias, las idiosincrasias de las islas Canarias, los del pueblo navarro, los regionalistas de Cantabria o los de Teruel, que existen. No hay nadie de Valladolid ni de Toledo, ni de Jaén en el reparto de las tribunas públicas. La cosa es así desde que el que no llora, no mama.

Recibimos esta semana las noticias transpirenaicas contestando al Tribunal Supremo: Junqueras tiene inmunidad parlamentaria. Después del alboroto, Sánchez calla. Tendrá que contestar algún día, pero le entra complejo de don Mariano, que dejaba que los asuntos de Estado se cociesen a fuego lento y en todo su jugo. Todo se pega en esta vida. Escribe nuestro admirado Pier Paolo Pasolini en sus imprescindibles Escritos corsarios (1975) que “la cultura produce códigos; que los códigos producen la conducta; que la conducta es un lenguaje; y que en un momento histórico en el cual el lenguaje verbal es completamente convencional y estéril (tecnificado), el lenguaje de la conducta (física y mímica) asume una importancia decisiva”. El lenguaje que soportamos de nuestros dirigentes desde las elecciones del 10-N es el de la negociación: no hay nada más que un trueque, una permuta como sistema social… y eso entraña una crueldad mental que todavía nadie ha estudiado a fondo.

Por parejas Adriana Lastra y Gabriel Rufián, y Carmen Calvo y Pere Aragonés, se reúnen en el “Un, dos, tres… responda otra vez del pactismo”, para ganar el viaje al Acapulco de del Ejecutivo, la excursión al vivac de los jardines de los bonsáis, o conseguir el apartamento de la investidura en Alicante. Hay un erotismo en estos encuentros con nocturnidad y alevosía. ¿Qué harán todos en lo oscuro de la Zona Franca? ¿Qué whisky tomarán a altas horas en los despachos? ¿Qué hay de lo mío? Casi todos han ido antes a hacerle la visita de cortesía a don Felipe VI, pero como si no. Los súbditos ya no ven a Su Majestad ni en la cena de Nochebuena, porque se han pasado al humor retro: Gila, Eugenio, Martes y trece y demás “monarcas” de la risa. Lo que se lleva ahora es la reunión secreta y connotada, en una zona vaga, oscura e inconcreta de España, como en un club con señoras y vueltas y revueltas de piernas y caricias, y miradas que se tropiezan. Ay, Gabriel: hazme navegable esta legislatura, que luego yo ya te daré... lo tuyo.

“Sánchez es quien más está empujando”, nos dice algún colega que está siguiendo más de cerca las negociaciones, y que nos dice que habrá una investidura exprés: si (in)visten el santo el 28, nos parecerá una broma propia del rey Herodes Junqueras. Los de Esquerra quieren estropearnos el año nuevo y el día de Reyes y en su calendario barajan el 2 y el 5 de enero para proponerla y votarla, respectivamente. Navidades clandestinas, porque de todo esto el respetable votante no se está enterando. En el equipo de Sánchez nos llega que “ceden y ceden y vuelven a ceder, los interlocutores en el río por ver al líder renacer”, inclusive el escrito de la Abogacía del Estado sobre la situación de Junqueras en el que se firma y afirma que al líder procesado se le vulneraron derechos. Así que esta Nochebuena hay cena bilateral, de igual a igual, y todos tan contentos. La política española, tan desconcertante y ajena al servicio al ciudadano, tan apegada a los intereses de sus señorías y demás élites del poder, goza de esta proliferación, como diría nuestro amado Pasolini, del lenguaje de la conducta, abolido el discurso de la inteligencia: del plagio a la incapacidad intelectual, pasando por la falsedad de los currículos, el estrellato del profesor no numerario y su novia a prohombre ministrable o los artículos plagiados y la carrera exprés. Esto es lo que tenemos.

El político español se viste de azul congresual o de gris declarativo; lanza una mirada carnívora al respetable y parece más europeísta sin tener ni idea de la que se está liando en Bruselas. Ya sea socializante o pepero, podemita o ultraderechista, el político sabe que ni siquiera tiene que esforzarse, porque el pavo relleno le espera a la mesa (de negociación). Y quien dice trinchar dice “trincar”, porque el político politiquea con su traje por el pasillo de las Cortes, sube, baja y echa una miradita al contendiente que vuelve palmaditas en la espalda, besos y abrazos en Casa Manolo, donde los vemos a todos en comandita a las 13:00, tomando el vermú y las croquetas, que muestran con la boca abierta en risa perpetua y cachonda. El político español nos da las Navidades, que es su aguinaldo post-transicional, aburrido y zoológico. El diputado de la Comisión, además, presume de conocer lo que en este y otros asuntos se refiere, aunque los belgas les hayan pillado a calzón quitado.

Nunca se vio que la autodeterminación de Cataluña condicionase el futuro Gobierno de España. Pero los políticos de hoy no son los que, como Calvo Sotelo, que era ingeniero civil y escribía libros, miraban por el interés general –estuvo don Leopoldo en la Moncloa de febrero de 1981 a diciembre de 1982–. Aquel mirar reposado, añorante, calmo y caviloso se compadece mal con la sonrisa de “selfie”. Tampoco aquella, la/mi querida España de Cecilia, es esta España de Sánchez, Torra, masterchefs y triunfitos. La democracia parlamentaria ha caído en desuso: ahora el futuro del país, los destinos de la patria, se deciden a puerta cerrada. Como en el búnker del Régimen, Amore. Feliz Navidad de investidura.