La electricidad recorre mis tripas. Las chispas trepan por ellas y explotan junto a mis intestinos y a mis riñones. Un caos de luz y vísceras. Me abro en canal, uno que se ilumina en sus muchos agujeros. No sé qué pasará, si me desangraré o esta luz roja y líquida que convulsiona dentro de mí, querrá que algún día mis sienes dejen de latir como un corazón alocado, nervioso, vivo.
Los gatos que contengo se comen los ratones que hay dentro de mí. Los perros me muerden desde fuera y los gatos me arañan, quieren salir de mí, con los ratones en la boca, todavía sin matar, con el queso haciéndoles la digestión. Antes de dormir me bebo un vaso de leche caliente que haga más fuerte a mis nervios. Podría intentar relajarme, pero también podría intentar volar con el mismo resultado frustrante. En la inseguridad me encuentro cómodo, porque como todos sabemos, como en la casa de uno no se está en ningún lado.
La inseguridad es una canción eléctrica, con mucha distorsión, creadora de atmósferas que se nublan en su claridad de ojos limpios, brisa que las lleva en su vuelo. A vista de pájaro, las alas son sus nubes. Blancas, gaseosas, inseguras. La canción me dice que si se cae el cielo, detrás está el universo. La inseguridad va antes del todo. Y eso no me calma. La electricidad “sostenible”, una farsa más. Greta con los pelos de punta, nervios punkies, sin futuro, como todos.
Es que es tan bella la inseguridad. Rubia como la llama que enciende mi sistema nervioso, que quema mi razón y hace cenizas lo que ven mis ojos. Belleza gris. Clásica, una película en blanco y negro donde los actores de mi mente no se saben el papel y actúan al dictado de unas frases que se van escribiendo solas, de manera lenta, pues no saben cómo han de seguir y si habrá algún punto y si alguno será el final. A la inseguridad no le gusta la muerte pues es ponérselo fácil al destino. Ojalá me muera cuando no quiera. La inseguridad tiene los ojos azules, como un “blues” cantado por John Lee Hooker, la bomba que siempre está a punto de explotar dentro de mí hace “boom, boom”, y tiene su voz y la armonía de su guitarra. La inseguridad es pura psicodelia, borrosa, brillante, la mejor droga que tiene la vida.
Y son tantas las posibilidades, líneas infinitas, otras vidas en otros lugares. La canción sigue firme, segura en sus inseguridades. Las guitarras rugen y las baquetas golpean una batería que destroza mi cabeza hasta dejarme irreconocible, sin duda más guapo para estos ojos que han caído a un suelo que no pueden ver. Los órganos crean melodías con sus teclas, el corazón late porque no sabe si puede hacer otra cosa, los riñones filtran una orina que es un mar de dudas, a veces no es oro todo lo que reluce. La cerveza sí, y cumple el ciclo de manera perfecta.
Sed libres e inseguros y abandonad a los que no quieran que lo seáis.