Opinión

Hacia la desigualdad estamental de Thomas Piketty

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Diego Medrano | Martes 07 de enero de 2020

Asisto desde la lejanía (“El hombre es un ser de lejanías”, dijo Heidegger) y a través de televisiones tuertas, para mí en blanco y negro, a la hostilidad del Congreso. Nada me interesa: ERC y Bildu, socios de Gobierno, traen desafío y pendencia en la mirada, esto se va a poder muy difícil y temo que Pedro Sánchez, ya Presidente, ahora sí, no podrá dormir ni un sola noche. La tenaza abierta será constante, la presión insostenible y todo volará por los aires. Las concesiones serán pocas, no se cansarán de pedir, ceder tendrá un precio y, repito, todo saltará por los aires. En mi burbuja de felicidad, en mi oasis mínimo, en el cultivo y trabajo de la lectura, me sumerjo en el gran intelectual Thomas Piketty en su último disparo: Capital e ideología (Deusto). El volumen anterior (El capital en el siglo XXI) me resultó árido, más teórico que práctico, pero este segundo (casi un díptico con el primero) tiene velocidad respecto al millar de páginas.

Piketty centra sus esfuerzos en la desigualdad y lo que todos vemos como una vuelta a la sociedad feudal estamental: desigualdad social, intelectual, política y sociedad, sí, que comienza a ser esclavista debido a los sueldos. Empieza en las sociedades poscoloniales y llega hasta las hipercapitalistas modernas, y todo lo pasa por la batidora, comunismo, socialismo, derecha e izquierda, para llegar a un importante precipicio: “La desigualdad no es económica o tecnológica, es ideológica y política”. Su historia de las sociedades humanas, a su aire, es una búsqueda de la justicia y no una lucha de clases a la manera de Marx y Engels. Una lucha de ideologías, tantas veces humo o puro camelo, para llegar a una fiscalidad justa y a una democracia verdadera. Segunda conclusión del mamotreto: “Es posible superar el capitalismo y construir una sociedad justa basada en el socialismo participativo y en el social-federalismo”. ¿Cómo va a cargarse uno el Capitalismo? No lo explica nuestro “rockstar de la economía” como le llamó The Guardian.

El tocho empieza en los regímenes desigualitarios de la historia, en las sociedades ternarias con desigualdad trifuncional, en las sociedades estamentales europeas centradas en el poder y la propiedad, en el caso francés como sociedad propietarista, en los casos europeos aledaños al modelo francés, sigue en las sociedades esclavistas y coloniales donde prima la desigualdad extrema y la dominación, entra en el régimen político de la India, los casos euroasiáticos, hace apuntes sobre las sociedades propietaristas ya en el siglo XX, destripa economías comunistas y socialdemócratas, llega al hipercapitalismo, centra el debate entre frontera y propiedad, habla de una nueva “izquierda brahmánica” como forma de división euroamericana, analiza el llamado “social-nativismo” identitario poscolonial y hace el bosquejo de un socialismo en el siglo XXI. El enemigo a vencer es superar la propiedad privada y la frontera –como conceptos próximos- pero tampoco explica cómo conseguirlo. La desigualdad capitalista la dibuja sin descanso: “Pasa principalmente por desarrollar un régimen de propiedad social y temporal que repose, por una parte, en la limitación y distribución (entre accionistas y asalariados) de los derechos de voto y de poder en las empresas y, por otra parte, en una fiscalidad fuertemente progresiva sobre la propiedad, en una dotación universal de capital y una circulación permanente de la riqueza. También pasa por la fiscalidad progresiva sobre la renta y por un sistema de regulación colectiva de las emisiones de carbono que contribuya a la financiación de los seguros sociales y de una renta básica, así como por la transición ecológica y un sistema educativo verdaderamente igualitario”. Todo estupendo.

¿Cómo va a conseguir el señor Piketty una “fiscalidad progresiva”? ¿Cómo va a superar la propiedad privada y el Capitalismo? Parece un cuento, por tramos, el tocho milagrero. Habla de organizar la mundialización de otro modo, de pactos entre gobiernos, de acuerdos internacionales, de préstamos aquí y allá, más libre circulación entre capitales que los acuerdos de 1980-1990. Todo tiene una conversión moral a la hora de hablar de méritos, talento y diligencia y llega a aforismos de casi tatuaje escénico: “La culpabilización de los más pobres no existía o, al menos, no con esta magnitud en los regímenes desigualitarios del pasado”. A partir del hilo de la desigualdad, de los movimientos migratorios, de las transformaciones climáticas teje el jersey de la hoguera nacionalista e identitaria. Lo que sospecho no cuenta es lo que se intuye: quiere mundialización por seguir pagando los más tienen a los que menos tienen, no habla de Renta Básica Universal pero su prosa la sugiere, e igual los que más tienen o un poco tienen, sí, amiguitos, no se van a dejar saquear. ¿Depende la desigualdad contemporánea de las fronteras? Ahí está uno de los vértices o cimas de su libro. La frontera produce ideología y ésta muta en nacionalismo. La fórmula es la de la “coalición política” donde etnias y religiones, orígenes y países, se unifican por decreto, lo que no tengo claro en absoluto.

Niega la linealidad del progreso Piketty, muy bien, y habla de cómo la libre competencia entre potencias estatales y actores económicos en curso no nos llevarán, por arte de magia, a donde pensamos. ¿Cómo lo va a evitar? Es lo que no aclara. El enemigo mayúsculo parece ser el sistema fiscal de impuestos progresivos sobre la renta y herencias, la ideología neopropietarista, que tampoco sé cómo va a eliminar. ¿Quitándole la casita a quien ya la ha pagado o está haciéndolo? Mucho dato pero también muchas emociones sin sólidas razones debajo. Dice en su análisis de la izquierda: “La izquierda electoral ha pasado de ser el partido de los trabajadores al partido de los titulados, lo que vengo en llamar izquierda brahmánica (en alusión a los brahmanes, la casta más alfabetizada y con mayor patrimonio de la India) sin verdaderamente haberlo buscado y sin que nadie haya estado en posición de decidirlo”. ¿El que ha estudiado una carrera no lo ha decidido? ¿Quería, por el contrario, Piketty una izquierda obrera, analfabeta, de vino peleón y blasfemia? Es absurdo.

Sigue el escribano: “La izquierda brahmánica y la derecha de mercado encarnan dos formas de legitimidad a la hora de gobernar. Este sistema de élites múltiples representa una especie de vuelta a la lógica profunda de las antiguas sociedades triunfales, que estaban basadas en una división de roles entre las élites intelectuales y las guerreras, con la diferencia de que estas últimas han sido reemplazadas por las élites del mercado (dado que el Estado centralizado garantiza tanto la seguridad de la propiedad como la de las personas). La izquierda brahmánica y la derecha de mercado pueden alternarse en el poder o gobernar juntas como parte de una coalición de élites”. No sé de qué élites habla Piketty, cuando hoy los sueldos están sobre mil euros y el obrero, por supuesto, es un intelectual desde que aprendió a leer y muchos tienen tres títulos universitarios a disposición. ¿Cargárselo todo para después pedir prestado al país vecino es la mejor forma de progresar o la búsqueda de ese fisco mundial que no entiende ni Dios? Sigue con el tema de la propiedad y frontera, globalistas frente a patriotas, el conflicto identitario que aviva y azuza la desigual socioeconómica.

Piketty está muy bien en la prospectiva pero ésta deviene siempre en utopía. Su mejor condición es la de historiador, teórico hacia atrás, pero como profeta hacia delante no se le comprende. No habla solo de otros países sino de otra Europa donde: “No se meta en el mismo saco la deuda pública de Alemania (64 por ciento del PIB en 2018) y la de Italia (132 por ciento del PIB) y pedir a los contribuyentes alemanes e italianos que hagan frente a la suma resultante olvidando cuál es la parte de cada uno. No es que la idea sea del todo descabellada: los jóvenes italianos no son más responsables que los jóvenes alemanes de las deudas que han recibido en herencia”. ¿No quedamos, Piketty mío, que no había élites y que había que igualar? ¿Ahora dices lo contrario, que cada cual según su débito, la definición pura de clase? Luego se contradice con verdades como puños: “La construcción europea se edificó en los años cincuenta sobre el olvido de las deudas del pasado; eso fue lo que permitió atender a las nuevas generaciones e invertir en el futuro”. Claro, hijo mío, de la otra forma no vas a solucionar la deuda pública. La deuda pública, como el dinosaurio de Monterroso, seguirá estando ahí al amanecer aunque graves a los ricos con impuestos (patrimonio) o ataques a los más pobres (inflación) desde la otra orilla del río.

El fisco mundial, la colaboración entrañable entre todos los países del globo terráqueo, la globalización justa, el nuevo marco jurídico internacional, la cooperación y no competencia entre Estados Unidos y Europa, el riego de las multinacionales a los más desfavorecidos, el proteccionismo como otra forma de distribución y freno al liberalismo económico sin límites… me da este sueño. Este sueño dulce donde Piketty me cae al suelo y sepulta las zapatillas de borreguito. Puro sueño el del gran mercado mundial de Piketty, ni europeo ni americano, ni chino ni polar, repleto de propiedad social y no privada, propiedad temporal y circulación libre del capital. Menudo cuento. Un proceso social donde no se acumulen bienes (dígaselo a empresarios y curritos) y los que lo hagan devuelvan a la comunidad una fracción cada año. Registro financiero público y universal entre los Estados y fiscos para intercambiar toda la información necesaria sobre titulares sin el menor problema técnico. ¡La caraba!