Opinión

¿Banco con valores? ¿Banca ética?

TRIBUNA

José María Méndez | Miércoles 08 de enero de 2020

Este título, aunque sin interrogantes, es el que da Marcos Eguiguren a su sugerente artículo dentro del libro ¡EUREKA! VALORES, publicado recientemente por la editorial Ultima Línea. Es un buen ejemplo de lo que pudiéramos llamar socialismo noble.

Pues el socialismo que más ruido ha armado en la historia, y lo sigue armando, es el socialismo innoble. Su apogeo fue la Revolución Comunista, que se gestó con Marx y Engels, y triunfó en la Revolución Rusa de 1917.

Este socialismo es innoble tanto por sus motivaciones como por sus resultados. Procede del odio, el rencor, la envidia, el resentimiento y los peores sentimientos humanos. Y detrás de él no deja otra cosa que los escombros de millones de muertos y el rotundo fracaso del pomposamente llamado paraíso soviético

Por el contrario, el socialismo noble proviene de los mejores sentimientos humanos, la compasión, la misericordia, la pena por la desgracia ajena y el deseo de mitigarla. Su mejor expresión la encontramos en el cristianismo, que mediante sus obras de caridad siempre ha intentado disminuir las excesivas desigualdades económicas y sociales.

Pero dicho esto, y situándonos desde este momento en el plano estricto de la teoría y de la lógica, ambos socialismos, tanto el innoble y como el noble, estaban y están igualmente equivocados. Ambos inciden en el mismo error de partida. Confunden el mundo de la naturaleza causal con el mundo de la libertad y los valores.

Aunque hoy día ordenador y teléfono móvil sean de uso común, son muy pocos los que saben que este formidable avance tecnológico –el mayor sin duda en toda la historia de la humanidad– sólo se ha conseguido gracias a la formalización de la lógica por Frege y Peano en el último tercio del siglo XIX. Identificaron los operadores lógicos, mucho más poderosos que todos los operadores matemáticos. Se consiguió descifrar el misterio del pensamiento y el lenguaje, la relación exacta entre el Esse y el Logos.

El afirmador-negador, el primero de los operadores lógicos, comprende dos elementos inseparables uno del otro. Primero, el conocimiento del bien y del mal. Segundo, la libertad positiva o capacidad de realizar el bien o el mal.

Esta doble potencia define al espíritu humano, y lo independiza a radice de todos los impulsos o tendencias que puedan venir del cuerpo o de la psique. Tanto la materia inerte y la vida de nuestro cuerpo como la entera psique, la que compartimos con los animales superiores y la propiamente humana, todo eso pertenece al mundo de la naturaleza causal. Sin embargo y por encima de todos los flujos causales, por múltiples y potentes que sean, emerge la libertad positiva, que siempre podrá dirigirlos hacia el bien o hacia el mal. De ahí vienen la responsabilidad, la imputabilidad y la culpa. La libertad positiva tiene la última y definitiva palabra en la acción humana.

La independencia de la libertad positiva respecto a todos los condicionamientos del cuerpo y de la psique fue expuesta con toda claridad por Kant en la Tercera Antinomia de su Crítica de la Razón Pura. La formalización de la lógica ha ratificado de una vez para siempre esta doctrina kantiana.

Pero no se trata sólo de independencia, sino sobre todo de la capacidad positiva para crear el bien o el mal. El hombre crea de nada el bien y mal, en el mismo sentido en que decimos que Dios creó el mundo de la nada. Es un creador en pequeño, como decía Hartmann. Ein Schöpfer im kleinen.

En consecuencia, cualquier razonamiento serio sobre economía tiene que arrancar de la radical distinción entre ambos mundos. Lo que se censura a todo socialismo, noble o innoble que sea, es justamente la ignorancia de esta separación teórica, previa a cualquier afirmación sobre la persona o la sociedad.

Por ejemplo, se comete este error cuando se establece un salario mínimo, porque lo que ganan muchos no les da para vivir. O cuando se concede un crédito por razones morales y extraeconómicas. Se están mezclando absurdamente ambos mundos. Con ese error de entrada sólo se consigue entorpecer el buen funcionamiento de los mercados y aumentar la cola de los parados. El fracaso de los planes quinquenales soviéticos debiera ser la prueba definitiva de esta afirmación.

Como teoría, el socialismo ha muerto. Es la tesis que expongo con mayor amplitud en mi libro El socialismo ha muerto y el liberalismo está naciendo. (Ed. Ultima Línea, Madrid 2019). Otra cosa es que siempre habrá tontos ilusos que esperen del socialismo el remedio a todos los males sociales. Esos no morirán nunca. Stultorum infinitus est numerus.

Un ejemplo emblemático de socialismo noble fue el Padre Piquer. Hizo una obra social excelente al fundar el Monte de Piedad de Madrid. Como son indudables los méritos acumulados durante dos siglos por Caja Madrid, hasta que cayó en manos mercenarias y todo terminó lamentablemente en el escándalo de Bankia.

El artículo de Marcos Eguiguren nos relata el caso también reciente de la GABV, Shorebank Corporation, de Chicago, que tuvo que cerrar sus puertas en 2010 después de 40 años como banco dedicado a una actividad inspirada en los mismos laudables principios del Padre Piquer. Es práticamente imposible que prospere a largo plazo un negocio en que la finalidad de ganar dinero esté mezclada con miras altruistas.

Obviamente la finalidad primaria de un banco tiene que ser ganar dinero, algo que pertenece al mundo de naturaleza causal. La mitigación de las injustas desigualdades sociales pertenece al mundo de la libertad y los valores. Por tanto, no es extraño que instituciones bancarias, en que sólo a medias el ganar dinero sea su finalidad primaria, acaben fracasando más pronto o más tarde. La nobleza de sentimientos de sus fundadores y gestores se estrella al final con la cruda realidad. Lo mismo que fracasaron los planes quinquenales soviéticos.

Así pues, la verdadera justicia social sólo puede lograrse distinguiendo de entrada entre distribución económica, que se sitúa en el mundo de la naturaleza causal, y redistribución axiológica, que está en el mundo de los valores y la libertad positiva.

Las leyes económicas, que gobiernan la producción y distribución de bienes, y se sintetizan en las ecuaciones de Walras-Pareto, pertenecen al mundo de la naturaleza causal tanto como puedan hacerlo las leyes de la gravitación de Newton. Nada saben de justicia o de injusticia. Son completamente ajenas a valores o antivalores. Sólo cuenta el mejor aprovechamiento de los recursos en el primer caso, o de la energía física en el segundo. No hay que sorprenderse de que la distribución económica produzca injusticias. Lo asombroso sería que no las produjera.

Pero nada impide corregir después esas injusticias mediante la redistribución axiológica, que se realiza en el mundo superior de la libertad y los valores.

Por poner un ejemplo, es lógico que a un obrero discapacitado se le pague menos salario por la sencilla razón de que produce menos. Esa es la dura pero exacta distribución económica. Hay que respetarla, como debemos respetar la naturaleza en todos sus aspectos. Sólo en el plano superior de la redistribución axiológica tiene sentido dar luego a ese discapacitado, no sólo la diferencia con el salario de las personas sanas, sino incluso más, si su situación personal así lo exigiera.

Como consecuencia de todo ello he propuesto un Modelo universal de Renta Básica gestionado por la Agencia Tributaria. Lo he abreviado por MAT. (Cfr. El Imparcial, 27 mayo, 10 julio y 8 noviembre de 2019).

El complemento de la Renta Básica gestionada por el Estado debiera ser la beneficencia o el mecenazgo privado. Y no sólo en la promoción de valores éticos, yendo más allá de la Renta básica, sino también de valores estéticos, los que más enriquecen a la persona humana.

En esta tarea complementaria habría que excluir en principio al Estado. El Estado metido a benefactor es tan ineficaz y torpe como el Estado metido a empresario. Y lo mismo vale, mutatis mutandis, para todas las instituciones públicas inferiores regidas por políticos. La tarea del Estado se agota en la Renta básica del MAT.

Todo mecenazgo debiera ser privado. Y dentro del mecenazgo privado, es preferible el de las personas privadas al de las empresas o corporaciones. Sigue siendo ejemplar la promoción de la Opera en Estados Unidos por personas concretas. Los aficionados al cine sin duda recordarán a Gary Cooper en la película Mr. Deeds goes to Town, que en español se tituló El secreto de vivir. Las fundaciones culturales de las grandes empresas no son en el fondo más que publicidad indirecta o disimulada. Se busca un retorno material. En cambio, el tycoon americano, que se saca el dinero de su propio bolsillo y no espera retorno material alguno, actúa sin segundas intenciones.

Volviendo al tema de la banca ética, vaya por delante mi sincero aplauso por las buenas intenciones de quienes la promueven o gestionan. Pero la palabra banca está en el mundo de la naturaleza causal y el adjetivo ética en el de la libertad y los valores. Una banca ética es socialismo noble sin duda, pero equivocado por la razón dada al principio.

Por ejemplo, mucho mejor que el arriesgado camino emprendido por la actual Alianza Global para una Banca con Valores, con sus 60 bancos y 12 socios estratégicos, tan alabada por Eguiguren, sería dedicarse abiertamente a ganar todo el dinero posible, ser un banco rentable y próspero. Y que luego a título particular sus promotores y gestores creasen fundaciones personales como la de Amancio Ortega.

Todo quedaría mucho más claro y seguro. El penoso iter desde el Padre Piquer hasta el escándalo de Bankia debiera ser una lección definitiva para todo socialismo noble.