Opinión

Mi investidura

TRIBUNA

Juan José Vijuesca | Miércoles 08 de enero de 2020

Confieso que las investiduras cuando son para bien de las mayorías o siquiera guardan estrecha relación con el beneplácito del interés general, hay que plegarse al beneficio de la duda de cuantos se esfuerzan, juran, prometen o simplemente se remangan para el desempeño de una buena gobernanza. Lo contrario es aliarse con el diablo y de éste solo cabe esperar el obligarnos a caminar por el alambre de un precipicio sobre los infiernos. La diferencia es clara porque la historia en España vuelve o hay quienes se encargan de que así sea haciendo buena aquella frase: “Quien olvida su historia está condenado a repetirla”

Permitan que retroceda en mi propia historia y les hable de mi última investidura. Fue a mediados de 1971 cuando me incorporé al servicio militar. Justo al día siguiente de llegar me entregaron un uniforme de idéntica forma como se suele seleccionar el calibre de los melones piel de sapo. A voleo. Seis tallas más de lo que mi propio tipo daba de sí. Aquello me ilusionó tanto que me fui a ver al Comandante: -“Se presenta el recluta vestido para la ocasión, mi Comandante” Por su cara de asombro me pareció que algo en mí no encajaba en cosa de uniformidad.

-¿Cómo se ve usted, recluta?

-Con todos los respetos, mi Comandante, confío en que esto encoja seis tallas en el primer lavado.

-Está usted ridículo.

-Si mi Comandante, siendo sincero sería bochornoso para el cuerpo de ingenieros que el enemigo me hiciera prisionero en tal estado.

El Comandante hizo llamar de inmediato al Cabo: -“Lleve al recluta ahora mismo al sastre del Regimiento y que luego vuelva a presentarse ante mí”

El sastre del Regimiento no era otro que un veterano entregado a labores de composturas con la misma experiencia que la mía en poner vacunas contra la difteria. Cosa que me tocó hacer a los pocos días de estar por allí. La única ventaja, si se puede calificar así, era que a cambio de un par de cajetillas de tabaco te cortaba el uniforme como podría hacerlo Eduardo Manostijeras. En cuestión de minutos me encontré metido en un nuevo uniforme, pero esta vez encogido en las seis tallas sobrantes más otras dos de propina que se inventó aquél cortador de trapos a discreción.

-Mi Comandante, se presenta de nuevo el recluta vestido para la ocasión.

-¡Joder!, pero si ahora se parece usted al mismísimo Rudolf Nureyev interpretando El Lago de los Cisnes!

–Señor, permita que vuelva a insistir en mi teoría del enemigo.

Me preocupaba la imagen de España, no la mía; pero gracias a aquello todo cambió para bien, porque no tuvieron más remedio que equiparme con mayor decoro castrense. Juré bandera y esa fue mi investidura. Lo hice por España en beneficio del inventario que representaba formar parte de casi todo un país con los mismos ideales e idénticos valores que los míos. De aquél orgulloso servicio que presté a España han transcurrido cincuenta años hasta que ayer día 7 de enero del 2020 se ha consumado en el Congreso de los Diputados una investidura con predio sirviente y doliente en favor de alguien cuya ambición y tenebrosa conducta ha borrado de un plumazo todos y cada uno de los servicios a la patria realizados por cuantas generaciones contribuimos a lo que España necesitaba.

Nunca antes habíamos presenciado una falta de cordura tan desigual y lo peor de todo es que al amparo del progresismo o de una progresía exprés tratan la manera de efectuar cambios radicales al margen de lo que sea y al precio que sea; eso sí, siendo incapaces de explicar el por qué es bueno para España lo que era malo hace unas pocas semanas cuando al mismísimo don Pedro decía que todo lo proveniente de sus odiados oponentes, los mismos que hoy son sus socios, le quitaba el sueño impidiéndole dormir por la noche junto al 95% de los ciudadanos de este país.

El Gobierno de Sánchez consiente, traga y deja a millones de españoles a las puertas de la Inclusa, nos convierte en españoles expósitos, porque bastará con presenciar el brindis del compromiso de cargos para darnos cuenta de hasta donde los nuevos regidores se pasaran la Constitución, la bandera, el país y, en definitiva, a todos los que somos simples y correctos contribuyentes vitalicios. Les importamos la nada más absoluta. Cuando fui investido sirvió la enseña de España para honrar, ahora me estoy figurando la toma de posesión de los nuevos cargos: “Se lo dedico a mi tía Amparo, que me estará escuchando” o “Se lo brindo a mis colegas del barrio” o quizás, “¿Veis cómo sin oficio, se puede?

En fin, a la clase política en general, salvo honrosas excepciones, una vez más queda demostrado que el ciudadano de ley y orden les importamos un carajo. De aquellos barros, estos lodos. Por cierto, me quedo con la mía. Me refiero a mi investidura.