Alicia Huerta | Miércoles 13 de agosto de 2008
Las guías turísticas siguen señalando, no podía ser de otra forma, el mercado de San Miguel como punto de destacado interés a la hora de visitar la capital. Por eso, es normal encontrarse con fatigados turistas, patrios o internacionales, que consultan su librito o su mapa coloreado y luego miran a las lonas que cubren el mercado con expresión desolada. También interrogante, porque cuando se acercan, en un intento de que la caminata no caiga en saco roto, se encuentran con que las lonas que cubren las obras del precioso edificio tienen unos pequeños agujeros que invitan a mirar a través de ellos.
“¡Asómate!” es el eslogan publicitario que se lee en los grandes carteles que anuncian “Una zarzuela con mucha miga”. Y claro, uno va y se asoma. Para los de fuera de nuestras fronteras y nuestra cultura, no creo que resulte fácil encontrarle la gracia a unos panecillos que disfrazados de chulapos cantan al son de la verbena de la Paloma, o mejor dicho, de la verbena de la Tahona, que es así como se llama la mini función, cortesía del ingenioso dúo Gomaespuma, creador de los vídeos promocionales del proyecto que pretende hacer del viejo mercado un centro especial de la cultura culinaria. La sociedad “El Gastródomo de San Miguel” es la actual dueña mayoritaria del mercado y, tras años de luchas con algunos tenderos insurrectos que se negaban a dejar unos puestos en los que llevaban generaciones, pudieron por fin dar inicio a las obras que habrán de convertir el lugar en una especie de Covent Garden a la española.
En el solar que hoy ocupa este mercado estuvo en tiempos la antigua iglesia parroquial de San Miguel de los Octoes, así llamada por una familia de feligreses muy unidos a la parroquia y que procedían de un linaje que comenzó en un vecino de la villa ricamente hacendado con ocho hijos varones, de lo que le venía el nombre. Sí, era otra época y a las cosas se las llamaba tal cual eran. Pero aquella iglesia, donde fue bautizado Lope de Vega, también desapareció, a causa de un virulento incendio que dejó el lugar completamente arrasado hasta que se fue transformando en plaza pública en la que se celebraba un mercado de productos perecederos, para lo que se disponían hileras de cajones de madera y tenderetes. Con el tiempo, siempre el tiempo que todo lo cambia, se buscó remediar los problemas de insalubridad de los mercados callejeros y en 1916 se inauguró el que, hasta que empezaron las actuales obras, fue uno de los mercados más castizos y con mayor solera de la ciudad.
Hoy continúan llegando los turistas a la búsqueda de ese pedazo de historia que les narran sus imprescindibles guías y sólo encuentran una publicidad, muy simpática, no digo yo que no, pero que nada les dice de aquello que en realidad vienen buscando: su historia. Eso sí, estoy convencida de que cuando los andamios dejen paso a los productos delicatesen y los agujeritos se cambien por apetitosos escaparates, llegar a San Miguel les volverá a merecer la pena.