Alberto Míguez | Miércoles 30 de enero de 2008
A estas horas, miles de personas intentan atravesar en condiciones penosas la línea fronteriza entre Gaza y Egipto cargando con lo imprescindible que suele ser su única riqueza. Es una imagen conocida: miles de carretones y camiones de ocasión recruzan en la carretera que une los dos países. Egipto ha puesto como única condición para aceptar a estos desgraciados que no lleven armas. Pero, precisamente, ellos huyen por las armas.
Este éxodo es apenas uno más de cuantos en los últimos treinta años ha marcado la historia de Mesoriente. El éxodo de 1948 fue definitivo en la “invención” de Jordania y en la constitución de lo que es hoy Israel. Entre Israel y el Líbano hubo también huidas en masa como las hubo entre Irak y Siria. En principio, la segunda guerra de Irak, que todavía no ha terminado, debería haber provocado una verdadera estampida. Todo estaba preparado en las fronteras con Jordania y Siria. Pero, finalmente, el éxodo temido no se produjo. Es difícil explicar por qué pero no cabe excluirlo en el futuro: Irak sigue siendo uno de los lugares más peligrosos y amenazadores del mundo.
Kurdos, palestinos, drusos, sunnitas, chiitas y cristianos forman parte, en zonas, este éxodo generalizado. Lo malo es que, en cualquier momento, puede reproducirse en zonas imprevisibles sin que en ello intervengan razones políticas, militares, económicas o humanitarias. Si los palestinos de Gaza tuvieran que convivir con los palestinos de Cisjordania, al enfrentamiento, seguro seguiría otro éxodo hacia Egipto, Israel o Jordania. La gente escapa porque no desea seguir viviendo en la miseria y la violencia.
¿Quién parará la estampida? Imposible predecirlo o siquiera sugerirlo. Quien sea capaz en aquella conturbada región de frenar todos estos éxodos habrá rendido un servicio impagable a los árabes, cristianos, judíos o drusos que la pueblan. Pero, por ahora, nada indica que exista ni la persona ni las fuerzas políticas y sociales capaces de acabar con esta permanente dispersión. Lo que está sucediendo en la frontera entre Gaza y Egipto puede repetirse e incluso multiplicarse.
Ni las grandes potencias, ni las monarquías del petróleo ni siquiera Israel pueden hacer nada. Y no lo harán. Ni quieren ni seguramente pueden.
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