Opinión

Fernando del Rey: una cerilla y un bidón de gasolina

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Diego Medrano | Viernes 17 de enero de 2020

Fernando del Rey es catedrático de Historia del Pensamiento y de los Movimientos Sociales y Políticos de la Universidad Complutense de Madrid. Especialista en historia de Europa y España (siglo XX) es también una autoridad en la temática y nuevos enfoques de la Segunda República Española (Propietarios y patronos, La defensa armada contra la revolución, El poder de los empresarios, Paisanos en lucha, etc). Su nuevo libro debería ser texto obligatorio en institutos y media docena de tertulias televisivas: Retaguardia roja: Violencia y revolución en la guerra civil española (Galaxia Gutenberg). En el actual Congreso de los Diputados cada escaño es un bidón de gasolina, la confrontación hará que el mínimo roce, la luz de una cerilla, haga que todo salte por los aires. Fernando Rey hace una historia de la violencia unida a la política, en una España agraria –la de los años 30- donde el golpe del 18 de julio del 36 dio paso a las respectivas matanzas, políticas de limpieza selectiva, donde controlar los territorios en disputa y neutralizar a los sublevados permitía toda clase de abusos. El adversario se deshumanizaba, el combate político pedía experiencias traumáticas y todo fueron represalias y ajustes de cuentas entre hermanos, cegados por una política de la fuerza.

Dice en el capítulo tratado como Violencia caliente: “Por tal se extiende aquí la violencia desplegada de forma más o menos improvisada al calor de la extrema agitación, tensión y agresividad generadas en respuestas al golpe militar”. Están claros los destinatarios del golpe del 36: “A su vez, en virtud de las víctimas afectadas, cabría distinguir tres grupos destinatarios de esta violencia: en primer lugar, la población religiosa; en segundo lugar, los ciudadanos que, de alguna forma, en las calles o en los domicilios, resultaron agredidos cuando iban a ser detenidos por las milicias y, por último, el grupo de los que decidieron resistir –o expresamente se sublevaron con las armas en mano- frente a la ocupación del espacio público por las milicias”. Los estudios de Fernando del Rey se engloban en lo que Niall Ferguson llamó la “Edad del Odio”: un siglo XX sangriento, absoluto, con dos guerras mundiales, varias guerras civiles y conflictos que fueron dilapidando Europa a través de las matanzas propias de insurrecciones, golpes de Estado, revoluciones y un amplio etcétera. Añade Rey: “La extrema violencia de ese periodo fue muy diversa y no adoptó sólo la modalidad de un choque entre soldados uniformados. En muchos lugares las muertes afectaron por igual, si no más, a la población civil que a los ejércitos en campaña”. La Gran Guerra 1914-1918 brutalizó la política (George Mosse dixit) y el gansterismo político y las tiranías asolaron el continente en las décadas siguientes (Francoise Furet dixit). Se llegó a la época de la “guerra total” (Eric Hobsbawm dixit) y nuevas guerras religiosas secundaron a ideologías contrarias sedientas de sangre. Acabó hoy el espíritu de la Transición (el diálogo entre contrarios) y el fantasma de todo lo anterior está más vivo que nunca, por eso es imprescindible el libro de Fernando del Rey: la chispa de la violencia, ocasional y efímera, que llega para quedarse y levanta incendios interminables.

Sigue Del Rey: “Tras el triunfo de los bolcheviques en la Rusia de 1917 una oleada revolucionaria barrió el planeta. Mirando a ese país, Richard Pipes indicó que aquellos que habían experimentado y sobrevivido a la revolución no verían nunca más la vuelta a la normalidad. Por su parte, Stanley G. Payne ha señalado que las guerras civiles revolucionarias inspiradas en aquel acontecimiento se concibieron como combates entre civilizaciones antagónicas, de ahí que a menudo condujeran a represiones de carácter masivo”. La guerra ruso-japonesa llevó a violencias de retaguardia contra la población y el monstruo no se detuvo. Es siempre el mismo esquema: “los nuestros” y “el enemigo”: el interés de un mundo polarizado donde el enemigo es objeto que permite la atrocidad como política. ¿Podemos hoy perder la democracia? La Gran Guerra, sin gran esfuerzo, lo consiguió. Sentencia Del Rey: “La mayoría de los españoles de los años treinta, de los colores ideológicos más dispares, no entendían su presente y su futuro en clave democrática. Sólo cabe excluir sectores muy minoritarios. Las mismas luchas obreras de entonces –y ello vale tanto para anarquistas y comunistas como también para la mayoría de los socialistas- no miraban a la defensa de la democracia, sino más bien a su destrucción como inevitable paso a la conquista de un mundo nuevo”. Cuidado con los profetas.

“Guerra entre vecinos y familiares, entre iguales y cercanos”, según Enrique Moradiellos, último biógrafo de Franco. Del Rey enfatiza a Philippe Beraud y el asunto pone los pelos de punta: “Cuando los adversarios viven en un mismo territorio o pertenecen a la misma población los discurso de odio y desprecio alcanzan su punto álgido, resultando indispensables para saltarse las normas sociales que regulan en épocas normales las relaciones de vecindad e incluso de parentesco. La intensidad de la violencia simbólica que se pone en marcha entonces hace más probable la aparición de comportamientos crueles o degradantes. Cuanto más fuerte es la demonización del chivo expiatorio, más suele practicarse la violencia sin freno y sin ley”. Deshumanizar al enemigo para cargarse el sistema, para volver a regímenes totalitarios, el crimen masivo que justifica al enemigo interior, el discurso profiláctico ya hecho veneno.

Fueron “tierras de sangre” (Timothy Snyder dixit) las traídas por el stalinismo y el nazismo, a caballo entre el Báltico y el Mar Negro. Las guerras civiles, más artesanales, tuvieron su caldo gordo en la “violencia revolucionaria” y “no republicana”, en cuanto fue inspirada y amparada por las fuerzas que protagonizaron el proceso de cambio acelerado abierto tras la insurrección militar en los territorios que los golpistas no consiguieron doblegar tras el 36. Sentencia Del Rey el objeto de su bello libro: “La insurrección revolucionaria destruyó la legalidad vigente y, paradójicamente, al devenir en guerra tras su fracaso abrió las puertas a una revolución, circunstancia que aprovecharon las organizaciones de la izquierda obrera para poner el marcha el sueño igualitario acariciado desde tiempo atrás. El golpe, la guerra y la revolución fueron, pues, las circunstancias que enmarcaron las matanzas en la retaguardia republicana, una suerte de política de limpieza selectiva que respondió al objetivo inicial de controlar el territorio en disputa”. Violencia revolucionaria, regada y abonada, que lleva al terror rojo. Dos violencias de retaguardia (revolucionaria e insurgente, incontrolados y delincuentes) que solo hace crecer la misma violencia espontánea que sujeta todo el mecanismo previo. Estudien, al detalle, la supremacía de los anarquistas en las matanzas, los vectores soviéticos como eternas promesas, el exterminio de religiosos, la responsabilidad gubernamental de la República, el intento de superioridad moral en los ambos bandos (Payne dixit) para seguir con ejecuciones que fueron intencionadas, criminales y masivas en los dos lados.

Hay un fuego que siempre busca el más siniestro de los negocios. Menos Revolución, hoy día, palabra comodín de uso masivo, y menos violencias (franquista, revolucionaria) a favor de mayor normalidad en la vida cotidiana presidida por el esfuerzo personal donde el triunfo de lo conseguido sea leyenda auténtica de una democracia y paz plenas, siempre duraderas. Menos propaganda, menos altavoz y más esfuerzo sin sonajero. El conflicto es el negocio –lo sabemos- pero la responsabilidad mayúscula es huir del odio sin hacer caso a los cantos de sirena que, por ejemplo, ya hundieron a los principales países latinoamericanos. Lean Retaguardia roja: una España de pueblo, de campo, buena y pacífica, saqueada y puesta del revés por cuatro perras, siempre a través del eslogan ocasional.