El 'pin parental' que se prepara en Murcia para que los padres puedan decidir sobre los contenidos educativos que cursan sus hijos, y que ha suscitado la fuerte oposición del Gobierno central, se ha convertido en uno de los asuntos más comentados en la prensa.
En El Mundo, Santiago González va ad hominem: “La ministra Celaá estudió en el Sagrado Corazón y llevó a sus hijas a las irlandesas, un buen colegio, lo digo con oncocimiento de causa, mi nieta va allí”.
En La Razón, escribe Eduardo Inda a favor del ‘pin parental’: “A mí me parece tan bien que no impartan clases extracurriculares en materia LGTBI por parte de personal no docente como que los progenitores hagan uso de su sacrosanto derecho a decidir cómo ha de ser la educación de sus hijos”. Cita a Josef Stalin: “Debemos socializar a los niños obligando a la madre a entregarlos al Estado”, por lo que sugiere que lo que intenta el Gobierno es “reeducación comunista”.
Almudena Grandes, en El País, recuerda que los colegios concertados se financian con dinero público, un “detallito”, según escribe, que da derecho al Estado sobre la educación. Se pregunta: “¿Por qué tendría yo que verme obligada a consentir que le dinero de mis impuestos contribuya a formar a los españoles machistas, homófobos y racistas del futuro?”
Juan Manuel de Prada, en ABC, se desmarca: “El ‘pin parental’ –como artilugio liberal que es, aunque disfrazado de resistencia socrática- sólo contribuirá a arraigar (¡todavía más!) en las conciencias que no hay un orden moral objetivo que garantiza el bien común, sino que cada uno puede montarse su propia moral subjetiva y buscar su interés particular, propiciando a la postre una más encarnizada intervención del Estado Leviatán”.
Isabel San Sebastián, en las mismas páginas: “La ofensiva contra el ‘pin parental’ no defiende la libertad, sino el monopolio del pensamiento políticamente correcto”
Gabriel Albiac, sobre el asunto: “Hitler y Stalin dieron a esa metodología de apropiación de la infancia función primordial para la invulnerabilidad del régimen. La Camboya de los Jemeres Rojos condujo esa convicción hasta el delirio”.