Opinión

El veto "parietal"

ESCRITO AL RASO

David Felipe Arranz | Lunes 20 de enero de 2020

Cuando el diablo no tiene qué hacer, mata moscas con el rabo. Abascal ha escandalizado al mundo con los juegos eróticos que se les enseña a veces a los niños en el colegio por algunos docentes, pero ya sabemos desde que Freud habló de las imágenes obsesivas infantiles que permanecen en la edad adulta o de aquellas maravillosas películas, como Jeux interdits, de René Clement, o Los últimos juegos prohibidos, con Marlon Brando, que los niños no son ningunos angelitos. En La mala semilla o El pueblo de los malditos, unos rubicundos amorcillos se las hacen pasar canutas a los protagonistas, aunque en el segundo caso vengan del espacio exterior, y esto es un “espóiler”, como dicen los ultramodernos.

En español a esto se le llama simplemente adelanto, y en el caso del cine o las teleseries, el “espóiler” no es sino el anticipo del contenido de una obra que puede resultar sorprendente. Por eso el niño, cuando conoce el sexo, queda no solo sorprendido, sino estupefacto, boquiabierto y sobrecogido, como es natural. No se concibe fácilmente que la génesis de uno provenga de tales actos, y aun algunos no nos acostumbramos a imaginarnos a nuestros progenitores en el mismo momento de nuestra concepción. Por eso Abascal ha inventado un veto a la educación sexual en las edades tempranas, con el que ha preparado su jarana habitual y particular, y se ha formado una cortina de humo que oculta el verdadero debate: cómo el Ejecutivo más bisoño trata de inmiscuirse en el poder Judicial.

El “pin” o veto parental, cuya aplicación ha sido aprobada en Murcia, consiste en la potestad de los padres para que sus hijos no reciban cierto tipo de educación en la escuela pública; el derecho a la educación está recogido en el artículo 27 de la Constitución española, así como los derechos fundamentales de los niños y adolescentes, como el derecho a la información, a la libertad ideológica, a la libertad de expresión; el derecho a ser oído y escuchado, y el derecho a la participación, asociación y reunión. Todos estos derechos se le vulneran al niño permanentemente, porque los padres modernos siguen pensando que al niño lo tiene que educar Internet o las redes sociales. Antes a los niños se eles vestía de marinero o de soldado romano y a las niñas de virgen o de manola en las fiestas y carnavales. Hoy uno ya sabe que lo importante es que se busquen un avatar en los videojuegos online y así nos ahorramos mucho dinero: todo lo que pase en la red es virtual.

A los niños españoles solo se les presta atención en campaña o el día de Reyes Magos, porque el resto del año no existen para nadie, mucho menos para los políticos. La orgía epicúrea la montan algunos niños en el patio, y da igual lo que uno quiera que aprendan, porque los más pícaros “informan” a los más pequeños de las cosas del sexo, la huchita y el pirulí a los más inocentes. Esta apoteosis del cinismo alcanza su cénit cuando analizamos el verdadero problema: España es uno de los países con mayores índices de pobreza infantil, según los últimos informes de Save The Children España y departamento de Sensibilización y Políticas de Infancia de UNICEF Comité Español. Y esto no se debate, que se sepa.

Mejor que el veto parental recomendamos el pin parietal, que consistiría en la obligatoriedad del estudio de la biología humana, del tejido óseo compacto del cráneo, hecho de dos caras, una externa y otra interna, que cubren una región media de tejido óseo esponjoso denominada “diploe”, por ejemplo. Del descuido de los huesos provienen todos los males del mundo, ya que, a fin de cuentas, es el retrato de aquello en lo que nos vamos a convertir no tardando mucho, y fuente de reúmas y artrosis. Viva el calcio parietal, que cubre un área del coco, que es donde habitan las neuronas pensantes, esas que se funden con facilidad.

La educación de los hijos debería empezar por la de los padres, muchos de ellos ignaros con respecto a cómo se ha de desarrollar con buena salud un infante. Es de muy mal gusto convertir a los niños en emisarios de nuestra impotencia política, porque los niños y las niñas, como diría el doctor Freud, ya nacen con voluntad erótica. Redimirlos de esa realidad y hacerlos adultos sexualmente activos de golpe puede desencadenar en un trauma infantil. El mismo del que hacen gala sus señorías cada vez que abren la boca.

Twitter: @dfarranz