Opinión

La solución migratoria y aeronáutica

LETRAS DESDE MÉXICO

Rafael Cardona | Viernes 24 de enero de 2020

Los mexicanos, expertos en perder el tiempo, ahora hemos sido convocados a un concurso nacional de memeces en torno de un avión repudiado por el actual presidente, pues significa la inaceptable y faraónica actitud de los anteriores quienes tenían la osadía, hágame usted el favor, de volar.

Y volar es contrario a la austeridad. Al menos hacerlo en aviones del gobierno. El decoro obliga a usar aviones comerciales. Puro rollo. Y en esas condiciones al avión presidencial se ha convertido en un jarrón chino: nadie sabe dónde ponerlo. Por eso esta columna, al ver la crisis migratoria de los centroamericanos, ha hallado una solución. Esta.

La llegada de miles de desesperados a la frontera de Guatemala con México, donde cientos de padres y madres ven estrellarse sus sueños contra el muro migratorio impuesto por el gobierno de Estados Unidos, en el desplazamiento de su autoridad hacia las tierras sureñas, donde pueden mandar como a su interés convenga, tiene una solución: en lugar de caminar hasta el lejano norte, se podrían ir en avión.

Y como el gobierno de México no sabe cómo resolver el problema creado por un discurso austero y morigerado, en lugar de rifar el avión se lo podría regalar a los hondureños para hacer un puente aéreo, Tegucigalpa (o San Pedro Sula)-Nueva York.

México ha apostado por la inversión productiva en los pobres países centroamericanos (tan pobres como para recibir ayuda del hermano mayor), y con ese motivo se les han entregado capitales de cooperación a los Guatemaltecos y los Salvadoreños, a quienes además se les quiere respaldar en el fomento de una industria silvícola para la cual les obsequiamos matas de especies frutales y maderables, para ir “sembrando vida” en sus lomas y colinas.

Mientras tanto el avión presidencial, ya entregado en el aeropuerto de Toncontín (así se llama) en Tegucigalpa, podría ir trasladando de cien en cien a los desheredados cuya ambición es abandonar ese país lo antes posible. No necesitarían esperar los frutos del árbol ni el trabajo de carpinteros y ebanistas y verían cómo la vida se puede sembrar en Brooklyn, Queens o de perdida, Amarillo, Texas.

El único problema consiste en el volumen, porque el avión cuya compra no seduce a nadie y cuya venta tiene indiferentes a clientes potenciales, tiene a pesar de su apariencia, un fuselaje de medianas dimensiones.

No le caben los pasajeros de un Airbus de última generación; pero si los polleros meten a los migrantes arracimados en camiones de redilas, con pisos falsos y peligros de sofocamiento, pues así como apretaditos en el gran aeroplano del dispendio prianista, se podrían enchutar por lo menos quinientos pasajeros.

Asardinados, sí; como plátanos en penca, sí, pero peor es agarrarse a pedradas con la Guardia Nacional en los playones del río Suchiate.

De esa manera se matarían varios pájaros de un tiro: se probaría nuestro compromiso con el desarrollo de Centroamérica, en este caso de Honduras. Nunca país alguno les habría dado tan notable impulso para el crecimiento de su aviación comercial, desde aquel lejano año de 1945 cuando inició sus operaciones la compañía SAHSA, la cual cerró por quiebra irredimible en 1994.

Si México coloca el “José María Morelos” en el paquete de auxilio a Centroamérica, les habrá dado una lección a los economistas de la CEPAL, quienes han propuesto el plan de fomento y jamás consideraron el capítulo de la aviación.

Otra de las ventajas de esta luminosa idea (tristemente ajena porque no se me ha ocurrido a mí sino a un lector “honduñero” cuyo nombre me reservo), consiste en el alejamiento del problema. Ya no sería cosa nuestra ni distraeríamos a la Guardia Nacional en labores de contención de miserables y podríamos dedicarla a buscar a Ovidio, por ejemplo o perseguir a los criminales cuya labor cotidiana nos regala cien muertos en la lista fúnebre de cada mañana.