La literatura habla a veces de la vida enclaustrada y retirada. Otras no es más que un compendio de conversaciones bellísimas y deslumbradoras. Ser poeta es experimentar todas las partes del yo, vivir todos los planos posibles. De un autor que lleva casi cuarenta años de hábitos, de gustos, de filosofía, de arte y de libros, no esperamos que esté respirando cien aires diferentes cada día.
El nuevo libro de Emilio Amor, poeta y pintor, repite en la editorial BajAmar dirigida por Pascual Ortiz, editor errante y espontáneo, que no seduce ni engaña a los espejos ni quiere obtener respuestas falsas de los lectores. Emilio Amor explica bien el título de su libro, Las libélulas sueñan con los ojos abiertos, en el prefacio: “Dentro de los innumerables animales a los que se hace referencia en este libro, las libélulas no aparecen por ningún lado. Si, como mantenía Mallarmé, nombrar un objeto es suprimir las tres cuartas partes del placer del poema, aquí se está cumpliendo a rajatabla este precepto simbolista”. Sus poemas están cargados de un ritmo ondulante como el de las olas del mar. Las palabras se abren y se cierran pálidas y frías. Hay versos que se levantan en su brevedad, avanzan, caen, refluyen continuamente. Muchos ejemplos llenan este libro: “Estandartes / para la destrucción / y / un anticipo de la luz. / Solo el mar fue mi patria”; “Un murmullo en la orilla del diamante. / La bisectriz de la madera / y los humildes moradores del caucho”; “Decidme si las mareas llegan hasta el sur / atravesando sueños imposibles”; “El mar es otra historia. / Vivo como un casuario / en las playas del aire. / Las olas tienen forma de desierto”; “El mar que brilla / y da paso a la lumbre”; o, por último, “Con el exilio de un iris apacible, la claridad del mar / es todo lo que nos hace fuertes / en la herida”.
Mucho de animalismo y de fábula tienen también estos poemas que hablan de sueños y del lenguaje y son conscientes a la vez de la soledad. “El camaleón / siente el frío del fuego, la derrota / del búho”. Hay poemas con un jugueteo estilo Dalí que pintaba a todas horas sin parar nunca de silbar y cantar: “Horribles pájaros disfrazados de azul / descienden en la noche”. Muy distintos son otros que recorren corrientes subterráneas aunando pasado y lo que está por venir: “Mi futuro es una blanca torcaz / y tiene el dulzor de la leche materna”. Los principios y los finales se parecen a los poemas de Emilio Amor de otras épocas. Contaba Jim Morrison: “Te estoy hablando a ti, mi yo”. A partir de una edad, los poetas, si son poetas, siempre tienen la casa llena de invitados que llevan muertos varios siglos. Lo visitan por turnos. Existir es hacer dibujos muy bonitos en las cómodas, trazar complicados bosques de flores. La poesía de Emilio Amor confía en caminar honradamente por su isla vital, en ocasiones le visita Chagall para mirar las cosas a trasflor sentado en un sillón grande, genuinamente bielorruso, sin renunciar al fauvismo que tanto ha estilizado. En tan fructífero proceso nuestro autor vuela por encima de ciudades antiquísimas o glaciares inmensos, da vueltas sin cesar para dar ejemplo a nuestra noble ignorancia. Algunos le dicen a Emilio: ‘¿Qué le ves a ese pintor que te hace plasmar la lasitud de un ala, / la liviandad del aire, / el alma de un jilguero?’, y él dice: ‘Eh, tiene vacas voladoras, violines enloquecidos’. Sus últimos títulos: Trasgresión del Edén, Territorio perdido, Manual de pájaros extintos indican que no hace falta que el poeta esté en guardia contra sí mismo. Solo quiere mostrarnos su obra con agudeza y su delicado sentido del equilibrio.
La realidad verdadera nos hace ser analíticos y observadores. Las libélulas, con su vertiginoso vuelo, pasan entre vagabundos que duermen debajo del puente. Simbolizan, se nos dice, “poder, valor y equilibrio, capacidad de renovación y la imperiosa necesidad de vivir el presente”. El pensamiento no soporta no mantenerlo todo vivo. En Emilio Amor es fundamental el paso del tiempo: “Todo hombre vuela con la palabra, / talla misterios en el abismo / y muere como un cachorro en la ceniza”, escribe en uno de sus poemas en el que explicita algo de su poética. Es un hombre que piensa en subir y bajar cautelosamente montañas, contempla el mundo sin dejar de gozar del decorado o de las pinturas. Hay que vivir porque “tras la derrota de la noche / hay que volver los ojos / para observar las limaduras de los sueños”. Quizá esa palabra –limadura- no abunda en demasía pero nos hace ver que los sueños no deben convertirse en una carga.
Libro a libro Emilio Amor se va consolidando como una voz firme a pesar de la brevedad entrevista por las calles de su lirismo. Las libélulas sueñan con los ojos abiertos es un intento de poesía para tratar de explicarse lo ocurrido en estos años, para dejar todo lo esencial y para que el sentido interno emerja claramente. En esta nueva entrega no sobran las vueltas y revueltas sobre los estorninos medio despiertos ante la soledad (“forman figuras poliédricas / como defensa”), Teseo se muestra desconfiado de los cambios del arte de vivir (“Sus pasos corresponden al desamor”), Afrodita está triste en la arenisca (“es solo una palabra”), la muerte se instala en el fulgor azul de la aurora (“Ya no hay playas donde incubar la vida”). Emilio Amor, una vez leído, nos acompaña para siempre sin cerrar la puerta a ese vasto mundo al que entramos por el camino del sueño.