Opinión

Brexit: ¿Britania en Tenebrosum Mare?

DESDE ULTRAMAR

Marcos Marín Amezcua | Jueves 30 de enero de 2020

Consummatum est, como todo indica, la salida del Reino Unido de la Unión Europea, aprobados los acuerdos de la ruptura, tanto en el parlamento europeo como en el británico. Supone así la salida ser un fracaso para el proceso comunitario europeo, sí, aquel nacido del Benelux, de Monet, de Roma y Maastricht, algo hasta cierto punto impensable y que abona al bache, al escollo, que las instituciones europeas comunitarias no pudieron finalmente salvar. Ya no digamos desde el lado británico, desde luego. El camino lleno de abrojos, continuará, como lo ha sido desde el primer día para alcanzar el ideal de unidad europea. Sí, hay quien haciendo malabares afirma que es un éxito que la ruptura no cause más estragos. Pues no señores, el brexit es un fracaso en toda regla del proyecto de unidad europea. No hay que adornarlo tanto.

Y en efecto, nos plantea la obligada pregunta: ¿y qué hará la UE de ahora en adelante? ¿cómo venderá mejor su producto, luego de escorarse a la vista de todos? La tienen cruda en Bruselas para lavarle la cara al proyecto. Más de uno se la pensará para entrar a la UE si es que queda aún alguien por añadir. Que esa es otra.

Cuando hablemos de la Unión Europea de ahora en adelante, no podremos decir solo sus éxitos, pese a que habrá quienes lo hagan y hay uno que otro corifeo en México, que solo quiere decir que todo fue sumar y aciertos. No. La sensatez y la honestidad intelectual, lo impedirían y lo sabemos absolutamente todos. Nadie se tragará el cuento de color de rosa.

Apegándonos al latín clásico, ese Mare Tenebrosum –me parece más dramática y acorde esa denominación que la edulcorada Mare Tenebrarum, que también podía endilgarse al título de la presente entrega– adelanta una verdadera interrogante. Un verdadero enigma, un dudium, duda por no saber bien a bien qué sucederá de ahora en adelante. No aludo a calendarios, sino a las concesiones y a las consecuencias reales, palpables, directas derivadas de este trance.

Hace años se decía que el brexit costaría el 7% del PIB al Reino Unido. Más que la salida estrepitosa, atropellada, fulminante de Harry y su esposa que ahora le atribuyen un verbo nuevo: Meghan Marklear, como diciendo: cambio de opciones, y tal vez “todo se me resbala” o me voy. Quisicosas de la prensa rosa y el chismarajo de ocasión, ya sabe. Pero no nos distraigamos, que estamos en el brexit.

Y es que el Reino Unido no es cualquier cosa. No se marcha el que sea. Es un referente no solo para la UE, sino para el mundo. A veces queda la irremediable sensación de que Bruselas nunca pudo o no quiso comprenderlo, tan ensimismada mirándose al ombligo. También hay que decirlo, como culpar al excepcionalismo británico, tan Caballo de Troya de los Estados Unidos. ¡Ahhhh! y aún falta ver qué tanto ganarán los yanquis con este fracaso europeo. Y los británicos ¿con qué rellenarán los faltantes de las ayudas europeas? No parecen tan autosuficientes al final de cuentas, como alardeaba el discurso antieuropeo británico, como que Escocia hasta ha pedido ahora sí marcharse del Reino Unido, como a partir del espectáculo de su plebiscito de 2014. Así que no desestimemos las perdidas, no obstante que se sostenga que el Reino Unido ponía más de lo que recibía. Ventajas habría.

Un contacto en las redes sociales me preguntaba qué pasaría con la Champions. ¿Qué será de ella? Eso se preguntan los futbolistas extranjeros y comunitarios que juegan en una de las ligas más importantes del planeta, que, otra vez, lo son del mundo. Y se lo preguntan los estudiantes, los artistas frente a los inconmensurables escenarios británicos, los empresarios. Recordemos que, al día siguiente del fatídico triunfo de la opción del brexit, el frívolo gobierno priista de Peña Nieto desde México ya deslizaba la necesidad de firmar un atractivo tratado de libre comercio con Gran Bretaña. Acaso no era entonces oportuno, sino una ocurrencia más de la deplorable política exterior priista, tan de sin pies ni cabeza como siempre, pero de cuando en cuando alguien sugiere también hacerlo y es posible que sea muy provechoso para ambos países. Después de todo, lo británico nos entusiasma.

En perspectiva transoceánica, mientras América del Norte se afianza con Estados Unidos enseñoreándose con un T-Mec que lo beneficiará en su proteccionismo mucho más que a México y a Canadá, porque lo que no logró con China se lo enjaretó a ambos países, la UE se muestra débil con esta salida de Londres: no hay manera de presentar la retirada del Reino Unido como un éxito. El fracaso es rotundo, no solo de Bruselas, sino del espíritu unificador europeo al completo, que tendrá que prescindir de no poca cosa: el Reino Unido. Aquel ha visto triunfar de nuevo su insularidad. Ella lo ha nutrido y envalentonado por siglos. ¿Le funcionará esta vez? No lo sabemos.

Britania entra en un escenario desconocido y la UE se queda con el desprestigio de la ruptura. No al revés. No adornemos el fracaso ni nos andemos con sentimentalismos antibritánicos, también existentes. Todos son supuestos en un sentido u otro. Quedamos a la espera de los números.

Los cables de prensa de esta semana repiten que a las partes tan avenidas, tan resueltas y civilizadas les tomará el año 20 negociar las reglas de operación de aquí en adelante. No promete ser un proceso sencillo. Quizás lo sea. No lo sabemos. Y en 2021 Gran Bretaña estará verdaderamente fuera de la Unión Europea, dando un paso que en voz baja ciertos sectores de otros países comunitarios piden para sí. A veces a gritos, dicho sea. Pues eso: para 2021 el acuerdo definitivo. Qué curioso, ¿verdad? el año en que se rumorea desde ya que Isabel II abdique. Ella, la monarca a quien se atribuyó la frase nunca desmentida: “Dame tres razones para permanecer en la UE” y que mostrara así, su oposición a continuar dentro del espacio comunitario europeo.

Y Gibraltar queda en medio como salero. Los gibraltareños lo saben y las ven venir nada fáciles. Falta ver cómo el brexit afectará directamente a ese Peñón. Quizá se les baje el tufo de autosuficiencia que los ha caracterizado los últimos años y su desdén a España. Y no sabemos todavía qué tanto se fortalece o debilita Boris Johnson con esta meta, pues es otra incógnita a plantear.

Al final, mira tú por dónde, no fue Grecia sino Gran Bretaña la que acabó saliéndose de la UE. Sí, en efecto, la “Europa de las dos velocidades” no iba a abandonar un proyecto que la benefició tanto, aunque haya olvidadizos que lo nieguen, donde acaso pudieron más las ayudas comunitarias europeas que los esfuerzos nacionales para limpiar, adecentar esos países y darles una peinadita a esas naciones atrasadas del continente; aquellos países receptores de tanto beneficio y por tanto tiempo. Claro que no se iban a marchar. Y sabemos bien que en ese renglón se inscribían España, Irlanda o Grecia. Sabemos que es uno de los varios argumentos británicos para marcharse de una vez por todas y no seguir traspasando tales capitales de los contribuyentes de esa nación. Y lo que nadie alcanza a dibujar con claridad es cómo se desbalancean los poderes europeos, que por fortuna no se basaron en la UE como parte de los pactos de la Posguerra. Que si no….