Opinión

Edad y melancolía

TRIBUNA

Fernando Muñoz | Jueves 30 de enero de 2020

Hay factores biográficos, supongo, que tiñen de melancolía la contemplación del presente. El curso de los años arroja un paisaje en ruinas: desaparecidos y enfermos, ausencias infinitas y desencantos, traiciones y desgarros. Pero también pueden encontrarse renuevos de vitalidad en una juventud más joven o en algunos pasos que parecen orientados hacia el horizonte que alguna vez señalamos. Pese a todo, el balance hoy se me antoja aciago. No es fácil determinar el fundamento real de mi oscura apreciación y me acojo a un escepticismo razonable pensando que acaso se trate de un simple espejismo de la edad. ¡Es tan real, sin embargo!

¿Es real el acoso percibido, directo y personal en ocasiones, pero generalmente resultado de una atmósfera de degradación social que envilece los gestos cotidianos? Un examen apresurado de la programación televisiva bastará para consolidar nuestro juicio. Un envilecimiento de los contenidos hasta el desagrado o la ofensa, con muy raras excepciones. Depravación de todos los gestos y actitudes, de ideas y de afectos, de las palabras e ideales, en una atmósfera de relativismo, vestido de democracia. La situación se hace más dura cuando se nos asegura que nuestra dolorosa percepción no tiene relación con nuestras condiciones de vida y sería ajena enteramente al paisaje en el que hemos de vivir, ni deriva de los modos de trabajo y de consumo a los que hemos de someternos. En efecto, hoy se nos quiere convencer de que nuestro dolor no responde a otras condiciones que un simple desorden neuronal o una disfunción nerviosa. Para su tratamiento bastará la dosis precisa de ansiolíticos o antidepresivos que nos permitirán respirar con normalidad esta atmósfera turbia y sobrecargada de perversas banalidades.

Un ligero acercamiento a los centros educativos nos mostrará – con excepciones tan escasas que apenas alimentan la esperanza – el depravado modo de expresión y trato mutuo, el extremo socavamiento no ya de la formación académica, sino de las formas elementales de la civilización. Una mano de obra para un mercado laboral saturado que orienta sus pasos según modelos recientes, olvidados ya los caracteres de la vieja tradición greco-latina y cristiana. Liberados hasta la náusea, enormes contingentes de jóvenes desastrados y rotos, asumen arquetipos producidos por la industria del entretenimiento, por la faramalla del fútbol o los ritmos tecnológicos de una pacotilla musical infame. Educados para afirmar como un derecho incuestionable la satisfacción de sus apetitos, para dar cauce a una voluntad que nunca ha sido gobernada por una fase primaria de verdadera educación. Su derecho a la felicidad o al bienestar no puede ser contravenido y una clase de especialistas investidos del manto de la ciencia preservan ese derecho: psicólogos positivos, pedagogos neorousseaunianos, políticos de lo correcto o defensores de un progreso interminable… Por su parte, las generaciones del tiempo viejo se extinguen silenciosamente entre bailes vespertinos en hoteles del Levante patrocinados por agencias públicas, encargadas de la dorada jubilación de los mayores. Otros, con menos años, se esfuerzan por prorrogar un tiempo de deleite en el nuevo orden polimorfo y exuberante, plástico y cambiante, del disfrute sin culpa. Merodean en busca de placeres intrascendentes que se pretenden hoy al alcance de la mano. Como efecto son millares los que, envejecidos y estragados, se hunden en una vida melancólica sostenida de nuevo por los fármacos.

El vaivén de la política se mueve en otro plano, pero cuenta con este detrito social que le permite actuar impunemente, dotándose de la masa capaz de sostener la insensatez más inconsistente o la más olorosa fermentación. La masa social de esta era fármaco-pornográfica es la condición necesaria para el ejercicio de un poder político dulcemente totalitario, según los modos de una blanda dictadura para-democrática que se cierne sobre nuestros gestos más sencillos y nuestros hábitos más íntimos.

Sin duda existen factores biográficos que explicarán esta profunda melancolía. Al fin y al cabo, los nacidos antes de los años ochenta nos revelamos fácilmente – dicen – como criptofranquistas y reaccionarios. A menos que una constitución especialmente apta para respirar esta atmósfera mefítica – hasta juzgar el hedor un agradable aroma a progreso – nos haya convertido en auténticos luchadores por la emancipación infinita y el advenimiento del hombre nuevo. Un esfuerzo para el que, según nos dicen los señores de la cultura, hace falta dinero, mucho dinero público. Todo será poco para acabar con el fascismo melancólico que no sabe ver los grandes logros del nuevo siglo. Pero no me cabe duda, deben ser los años.