Opinión

Ausencia ideológica y neoporfirismo

LETRAS DESDE MÉXICO

Rafael Cardona | Viernes 31 de enero de 2020

Lo más opuesto a un político de acción es un hombre de ideas. O al revés. O se cultiva el intelecto o se ponen barricadas. O se toman plazas o se toman clases de filosofía, pero ambas cosas no son posibles. Pueden ser compatibles pero el tiempo necesario para una, le roba tiempo a la otra.

Todo lo anterior se demuestra solo. Salvo en casos como Napoleón, quien fue un genio de la campaña y la guerra y al mismo tiempo un pensador capaz de crear el código cuya base aun rige en buena parte del mundo, los activistas, los ahora llamados con eufemismo para la agitación, “luchadores sociales”, sostienen sus ideas en dos o tres líneas sencillas y comprensibles para las masas. Mientras más elemental sea el pensamiento, más lineales los dogmas, mayor será el éxito. No es necesario probarlo más allá de la vista cotidiana.

Los reyes sabios, como Alfonso X o los ilustrados del despotismo, ya pasaron la historia. Por eso en la actualidad el conocimiento se miura con desdén. No es inmediatamente útil, ni aplicable; es prescindible, no acarrea masas ni logra votaciones abultadas.

Arrastran las locomotoras, los “verbomotores”, los oradores de dos horas diarias de discurso, machacón y reiterativo. No arrastra la biblioteca.

En este sentido mucho teóricos ha querido hallar el hilo de Ariadna en el laberinto donde todos estamos extraviados como Terseo. Pero los oscuros pasadizos no tienen hilo conductor. La confusión, la mentirijilla, la audacia de negar la realidad, las tesis y las antítesis en una sola frase, el paso adelante y el paso atrás, son recursos, no ideas.

Y ahora vivimos en un país sin ideas. Quizá por todas esas razones el discurso básico es incontrovertible.

Las ideas tienen un punto fijo. Las ocurrencias, no. Muy difícil pescar una trucha con el bastón de un ciego. Y en la confusión deliberada, todos estamos ciegos.

Sin embargo, en la movilidad política en sustitución de la carencia de ideas, el gobierno promueve la ventilación de la cosa pública. “Hacer lo público cada vez más público”, se nos ha pedido. Decirlo todo, no esconder nada, abrir puertas y ventanas, colocar vidrios claros, hacer de la transparencia la arquitectura del Palacio.

Pero no siempre es así.

Hacer públicas las cosas, no es hacerla democráticas. Lo colectivo no es lo democrático. La democracia es –o deberías ser--, una forma de gobierno. Lo demás, el montonerismo, el populismo, la colectivización, la muchedumbre, la dictadura del proletariado, la marabunta, son formas de hacerse del poder para después averiguar sus funciones.

Por tal circunstancia el populismo arrastra en su camino toda clase de fauna, especialmente la de los resentidos, los faltos de oportunidad, los excluidos. Y no me refiero al campo social sino a la actividad de gobierno. La calidad de los servidores públicos, cuya sabiduría, conocimiento o experiencia es sustituida por el compromiso de lealtad o por la suerte en una tómbola para repartir posiciones.

Noventa por ciento honestidades, diez por ciento capacidades es la fórmula mágica para controlar a los devotos y subordinados, pero no para hacer bien las codas. Es el verdadero camino del empobrecimiento. Muchos de ellos son incorruptos no por bondad sino falta de oportunidades para dejar de serlo. Ya desquitarán el tiempo perdido.

Pero esas son divagaciones. Mejor regresar al tema de las ideas y las acciones. La teoría y la praxis, como se decía antes.

El gobierno mexicano –para poner un ejemplo de lo de hoy--, delineo en sus inicios un programa de contención migratoria mediante el estímulo al crecimiento económico de los países expulsores de personas, básicamente El Salvador y Honduras. Guatemala en menor escala. La idea de ese “meso americanismo redentor” tiene un sustento ideológico: poner tanto en las personas como en las naciones, primero a los pobres.

Buena o mala esa idea es una idea.

Pero el desarrollo es un proceso. La migración es una urgencia. Quienes quieran esperar veinte o más años para cortar los árboles maderables del programa de siembra de vida de nuestro gobierno, ya habrán visto pasar la vida y no quieren mirarla en sus actuales condiciones, prefieren jugársela en el camino a los Estados Unidos donde hay muchos retretes por lavar a cambio de ocho o 10 dólares la hora.

La ideología fraterna, humanista y redentora, se ha estrellado con la dura realidad. La única contra la cual ni el líder ni sus empleados más ágiles de mente, como Marcelo Ebrard, tienen recursos: el poder de los Estados Unidos. Ahí se dan tres sentones en una biznaga.

Los americanos han dicho; si los pobres tus semejantes, parduzcos, cafés, frijoleros, espaldas mojadas y demás, se me acercan a la frontera mientras tú te cruzas de brazos y les prometes un paraíso temporal y solidario, yo te reviento la economía con impuestos progresivos. Esa es otra ideología. La más yanqui de todas: la hegemonía actuante.

Y México, con un doble discurso (contrario a su imaginaria ideología de ocurrencias) agacha la cabeza y obedece. Coloca soldados en la frontera y por las buenas o las malas; a veces mediante ambos métodos, contiene a los migrantes. De paso viola Derechos Humanos (la migración es uno de ellos) y disimula su conducta con un recurso práctico: negar la realidad.