Opinión

Cruzar un puente

TRIBUNA

Miguel Ángel Gómez | Lunes 03 de febrero de 2020

Hace unos días pasé por aquel puente por el que tantas veces crucé en la adolescencia, cuando paseaba con mis amigos contándonos batallitas. Siempre me han gustado las construcciones. Son una cura para la ira y la frustración. Yo viajaba cuatro veces por semana en el tren de cercanías y siempre atravesaba el mismo paisaje camino de Nueva Montaña, donde tenía mi trabajo. El trayecto duraba tres cuartos de hora que a veces me pasaba, para escapar a la dureza del mundo, leyendo versos de Czeslaw Milosz: “Estuvimos paseando a través de los campos / en un vagón al amanecer. / Una herida rosa roja en la oscuridad. / Y de pronto una liebre atravesó la carretera. / Uno de nosotros la señaló con la mano. / Eso fue hace tiempo. Hoy ninguno de ellos está vivo”. En ese entonces me daba miedo, un miedo grandioso atravesar aquel puente a pesar de su gran resistencia. Poco antes de llegar se avistaba una casa que estaba aislada, de una vejez considerable. Era una de esas casas blancas, con los contornos de las ventanas y los zócalos de rojo oscuro. Tenía un par de pisos; en el de arriba había tres ventanas, y en el de abajo, dos, entre las cuales estaba la puerta, a la que conducía una escalera de cuatro peldaños. Y algunas veces presentía a alguien haciéndome una seña desde una de las ventanas. Se trataba de un niño muy pálido, de unos ocho o nueve años que ofrecía la impresión de permanecer alejado. Tenía en sus manos un juguete y miraba pasar el tren con expresión triste. La meta de todo viaje es que no desaparezcan ni el arte ni la magia de la vida, que no sean aniquilados, de modo que en cada trayecto mis ojos se fijaban primero en el niño y después en la ventana de la derecha, donde veía a un anciano con un transistor, como abstraído, pues lo escuchaba sin distracciones. Al anciano, que estaba como en otra clase de realidad, lo veía siempre; me hacía sentir confuso su rostro pálido por lo que intuía que era el abuelo del muchacho, aunque no estaba convencido. A menudo me proponía ver también el interior de la casa, pero mis ojos casi de forma automática quedaban clavados en aquel anciano indiferente y serio. Esto sucedía los lunes, martes, miércoles y viernes, a las ocho y diez, pues los trenes por aquel entonces eran puntualísimos. Cada día a la misma hora esperaba el mismo momento. Mejor o peor, lo demás del viaje poco importaba, ni la vida, ni el murmullo de la multitud en el vagón. Por un lado me inquietaba el hecho de que aquellas personas estuvieran inmóviles, en el mismo instante, con idéntica expresión, con gesto de desesperanza, los días en que yo hacía el viaje. ¿Sería casualidad? No puedo decir que no me extrañase aquella casa fría y antigua, de hecho me obsesionaba porque me encontraba solo, o porque no sabía comunicarme con los demás; me volví taciturno, y a causa de eso descuidé mi trabajo. Hasta que un día, al fin, decidí ir al fondo del asunto y acercarme a investigar. Procedí metódicamente, pero lo hice de jueves, a ver qué sucedía. Cogí el tren de las ocho teniendo el pensamiento de leer algo diferente a lo que leía normalmente. Me llevé a Giovanni Quessep: “Felicidad en ruinas / lo que ha visto mi alma en el encanto / Amara yo el olvido / y el reino de las hojas que he encontrado”. Al cruzar el puente, tuve una cierta sensación de inseguridad. Descendí del tren en el pequeño apeadero y me dirigí a aquella casa que respiraba a través del claro y delicado verde de algunos árboles. Busqué un timbre, pero la puerta estaba entreabierta. Sentí un escalofrío, todo estaba en penumbra. Un olor a falta de ventilación se empeñaba en trepar hacia mí. Observando más de cerca contemplé con asombro que estaba en una sala polvorienta, mucho más grande de lo que la casa aparentaba ser por fuera. En cada habitación de techo inclinado había baúles, muebles rotos, viejos libros y personas anónimas por todas partes, con tristeza de voz alta, de pie, sentadas sobre bultos o en el suelo. Hombres, ancianos y niños. “Pst…”, murmuró un niño pequeño y gris. “¿Ya has llegado?”. “¿Llegar a dónde?”, pregunto. “A tu destino, a qué si no”. “¿Yo?, pero ¿qué hacéis aquí?”, pregunté al cabo de un minuto. “Qué vamos a hacer. Esperar”. “¿Desde hace mucho?”. “Sí”, dijo inquietante el niño, “desde hace mucho”. El corazón me latía violentamente entre aquella gente eternamente igual. Era como estar en la orilla de otro mundo. “¿Quiénes sois?”, pregunté, y un hombre mayor, sin afeitar, respondió: “Somos las posibilidades…”. De repente vi a una mujer joven, que me recordaba a la Medea de Feuerbach, por su mirada perdida. “¿Qué esperáis, un tren?”, pregunté. “A ti, tú eres el último”, dijo muy cordial. Había en todo aquello un misterio que me oprimía. Un momento permanecí al lado de la ventana, contemplando con expresión cansada y triste…”¿El último? ¿Y qué hay del anciano de la ventana?”. “Él es quien podrías haber sido…”. “Ya lo has visto todo”, añadió, “hasta lo que nunca has visto y lo que nunca verás…”.

Entonces comprendí de golpe, la carcoma no está dispuesta a ceder ni a abdicar, jugando al juego de la muerte y el poder. Me fui de allí como pude, como el animal que huye de su cepo, nada queriendo y nada deseando.