Opinión

Días de playa

Montse Fernández Crespo | Jueves 14 de agosto de 2008
Sombrillas multicolores. Arco-iris que se clavan. Lisas y uniformes. Rayadas. Con la marca de tu banco o del refresco de temporada.

Bebés que se mecen en sus canastos ajenos al sordo vaivén de las olas.

Niñas sirenas de pelo largo, meciendo su melena.

Lolitas lloronas con pose lascivo al borde de la marea.

Mujeres soñadoras, con sombreros pajizos que las mantiene altaneras.
Mujeres enteras. Arrogantes. Que dejan estela.

Mujeres vencidas, resignadas, enterradas en cuerpos que les son ajenos.

Hombres dormidos. Barrigas prominentes que no sueñan.
Hombres despiertos. Ávidos de pieles morenas. De estampadas miniaturas de tela.

Vendedores de gasas soportando un peso extremo. Exiliados forzosos. Negros portando relojes de marca ajena.

Parejas que pasean de la mano. Añorando su primer momento. El consuelo.

Enfermos y lisiados. Familias deshechas, arrastrando músculos muertos. Con cariño indefinible. La entrega.

Amantes del mismo sexo acariciándose con el pretexto de extenderse crema. Factor 20, al menos.

Aspirantes de busto en las revistas. Caminantes orgullosas. Seguras de su cuerpo.

Padres uniformados. Exploradores auténticos. Con gorro, sandalión y petaca a juego. Un clásico.

Buscadores de conchas. Grandes, pequeñas, medianas, redondas, ovaladas, grises, pálidas, rugosas, seccionadas, enteras, rajadas, queridas, menospreciadas… La sempiterna colección del verano que termina sus días en la papelera.

Captadores de instantáneas. La felicidad que no debe esfumarse. Un álbum. ¿Recuerdas? Dice él en invierno.

Aprendices de gigoló con gafas Miami-Vice y bañador Calvin Klein rosa. Se pavonean, gozan ligeras glorias.

Obesos de enormes carnes blandas. Entre su piel de naranja, vacunas que no se olvidan, que dejan huella. Y en su contra, desafiantes, anoréxicas desfilando con mirada sospechosa.

Gente que porta con orgullo de clase sus gafas Dolce&Gabbana.

Maduros con vicios importados. Que fuman Marlboro y beben cerveza.

Abuelas y abuelos blancos, sin corteza.

Cuando la marea es alta, hombres sabios levantando escuetos diques en la arena. Intentan detenerla.

Acarreadores de sudor. ¡El Camarón. Agua, coca-cola light, patatas!, vociferan descalzos pies sobre la ardiente arena.

Pequeños abandonados construyendo fortalezas. Efímeras rocas sobre la tierra. Porque el mar, el tiempo, borran y llevan.

Y esa niña, que resplandece, con su lazo destacado de organdí y seda, atenta a sabias instrucciones maternas.
Esa niña, inocente, agudizó todas las diferencias.

En la playa también hay clases. Gruesos mares de vergüenza.


Montse Fernández Crespo
Agosto de 2008


PD. Entre los pobres y los ricos existen más tramos que en el IRPF de la declaración de la renta. Paupérrimo, pobre, medio-pobre, normal o clase media, clase media-media, clase media-alta, clase alta, clase alta-alta, clase altísima, rico, muy-rico, extremadamente-rico, millonario, extra-millonario… La historia del hombre y su cartera. Lo verás en cualquier playa.

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