Opinión

Un caso de desinformación

ORIENT EXPRESS

Ricardo Ruiz de la Serna | Domingo 09 de febrero de 2020

La historia la cuentan Ion Mihai Pacepa y Ronald J. Rychlak en el prólogo de su libro “Disinformation” (WND Books, 2013), que narra distintas operaciones de desinformación en la que participó el primero de los autores, coronel de los servicios de inteligencia rumanos en tiempos de Ceaucescu, antes de desertar a Occidente y pedir asilo político en los Estados Unidos.

Corría el mes de marzo de 1996 cuando dos organizaciones estadounidenses -el Consejo Nacional de Iglesias (conocido como NCC por sus siglas en inglés) y el Centro para la Renovación Democrática (CDR)- dieron una rueda de prensa para anunciar un “enorme incremento” en el número de incendios provocados contra iglesias negras en los Estados Unidos. El 8 de junio el presidente Clinton denunció los incendios en un discurso radiofónico y propuso la creación de un equipo especial para investigarlos. Afirmó que estaban motivados por la “hostilidad racial” y recordó las iglesias quemadas durante su niñez en Arkansas. El 15 de junio el FBI y la Oficina de Alcohol, Tabaco, Armas de Fuego y Explosivos dedicaron 200 agentes federales a esa nueva unidad encargada de investigar los incendios. A la altura de julio, ya habían aparecido en la prensa más de dos mil doscientos artículos que condenaban lo que el CDR denominó “un movimiento supremacista blanco bien organizado”.

El escándalo saltó las fronteras de los Estados Unidos. En Ginebra (Suiza), el Consejo Mundial de Iglesias envió treinta y ocho pastores a Washington para dar al gobierno y a la opinión pública más información sobre esta tragedia racista sin precedentes. El 13 de julio, el presidente Clinton refrendó la Ley para la Prevención de Incendios de iglesias de 1996, que tipificaba dichos incendios como delitos federales. El 7 de agosto firmó una asignación presupuestaria de doce millones de dólares para luchar contra los incendios de congregaciones negras. El NCC publicó anuncios en la prensa pidiendo donativos para las iglesias incendiadas. El 9 de agosto el New York Times publicaba que se habían recaudado casi 9 millones de dólares y que las donaciones iban a un ritmo de cien mil dólares diarios.

Los Estados Unidos afrontaban una crisis de imagen y reputación que los presentaba ante el mundo como un país de racistas violentos y supremacistas blancos.

Entonces, cuentan los autores, la burbuja estalló. La Asociación Nacional de Protección contra el Fuego declaró que en los últimos años había habido, en general, menos incendios en iglesias de lo habitual. Las autoridades policiales de los Estados del sur no podían confirmar que ninguno de ellos hubiese tenido una motivación racista. Ninguna iglesia negra se había quemado en Arkansas durante los años de niñez de Bill Clinton. Se acusó al Consejo Nacional de Iglesias de haberse inventado un bulo.

Sin embargo, nada de esto era casual. Tanto el NCC como el CDR eran organizaciones marxistas. No sólo hubo una mala práctica de los medios que no confirmaron ni contrastaron ni investigaron la información -se limitaron, en general, a reproducir lo que las ONG denunciantes afirmaban-, sino que hubo una operación de desinformación a manos de dos organizaciones que los comunistas controlaban desde tiempos de la Unión Soviética De hecho, gracias al Archivo Mitrokhin, sabemos que el Consejo Mundial de Iglesias -el que mandó a los 38 pastores y al que pertenecía el NCC- estaba al servicio de los comunistas desde 1961.

El bulo de los incendios de las iglesias negras, pues, buscaba polarizar y dividir a la sociedad estadounidense creando una crisis de legitimidad y presentándola a los ojos del mundo como una democracia estigmatizada por el racismo. Este «modus operandi» no fue exclusivo de la Unión Soviética mientras duró. Encontramos sus huellas en todos los regímenes comunistas desde Rumanía, la patria de origen de Pacepa, hasta la Cuba de Castro y la Venezuela de Chávez y Maduro. No en vano, los dos países caribeños son los principales inspiradores del Foro de São Paulo, donde se han dado cita todos los comunistas de las Américas.

Desde hace décadas, la desinformación ha servido para socavar el prestigio de los Estados Unidos y sigue surtiendo efectos en nuestros días. Ahí están las políticas de la identidad y el resentimiento, que parten de la manipulación y la reescritura de la Historia para dividir las sociedades y dinamitar los consensos sobre los cuales están construidas. De esta forma minan sus instituciones y las sustituyen por otras controladas por los comunistas y sus aliados. Paso a paso, van acabando con la libertad que dicen defender. El caso de Venezuela es un ejemplo de cómo la desinformación unida a la propaganda y la agitación termina precipitando un país rico en el abismo de la pobreza y el enfrentamiento civil.

Así operan los comunistas. En España, donde el chavismo y el madurismo han ganado una notable influencia, debemos estar particularmente alerta ante las operaciones de desinformación que, so pretexto de causas nobles como los derechos humanos, la igualdad o la libertad, tratan de dividir a la sociedad para debilitarla y, de ese modo, limitar nuestros derechos, asfixiar la libertad y acabar con la igualdad entre los ciudadanos.