Opinión

Cataluña 2020: después del incendio

ESCRITO AL RASO

David Felipe Arranz | Lunes 10 de febrero de 2020

Tierra quemada y Govern quebrado. Los rescoldos del otoño caliente, la revolución de octubre del 3%, aún humean en los bulevares de Barcelona y las vecinas pueden bajar al Eixample sin tirarse en paracaídas a la Corea de Torra a por una barra de pan. El vicepresidente Pere Aragonès sigue diciendo que la continuidad de Sánchez en el Gobierno dependerá de la autodeterminación y la amnistía, que es la coartada coercitiva. Iceta dice en la playa de Aro que la suelta de presos independentistas tiene que producirse. Oriol Junqueras es la musa de la poesía secesionista, una criatura de Victor Hugo, un rescoldo gótico de los segadores: la leyenda incandescente en mitad de lo cotidiano.

Ocho años dura el “procesismo”, cuyos resultados no es otro que la quiebra económica y la ruina empresarial de la que fue una de las regiones más prósperas del país. Porque en realidad lo de Cataluña ha sido una operación de vanguardia, una pintura de Joan Miró, la esclerosis de la democracia con más de dos millones de votantes independentistas que lo pasarán mal. Uno de los últimos informes del Ministerio de Fomento sobre el impacto económico de las algaradas por el juicio del “procés” con las que cerramos el año es de 7,3 millones de euros.

Esquerra explora todas las vías posibles por ocupar el lugar del candidato amortizado y le hace guiños a los comunes; mientras, la número dos del PSC, Eva Granados, quiere un gobierno de las tres des: derechos, descarbonización y digitalización, y un frente común con los partidos constitucionalistas contra la inmersión lingüística que combata el monolingüismo en catalán. El problema es que los políticos en el territorio catalán han tomado el lenguaje como estrategia y las mentiras como lenguaje, con el mantra “España nos roba” como enseña de sus batallas, con la comisión del 3% de Convergencia y Unió y los cuatro millones de euros de Jordi Pujol que acabaron en Andorra: el abrazo del oso a la Cataluña desvalijada y ya desvalida. Al rebufo del socaire de cada líder independentista, nace una genealogía con un cheque pagado al portador.

El Tsunami Democrátic es ya lluvia fina y helada de febrero, y los Comités de Defensa de la República gravitan en lo que queda de las barricadas de Pau Claris. La Cataluña secesionista es un paisaje después de la batalla. Y podría ser un éxodo perdido que no se atreve a cruzar los Pirineos como hizo Puigdemont, en este 2020. La obsesión antiespañolista de los líderes secesionistas disfraza la realidad: la próspera Cataluña de vanguardia e industria singular está moribunda. Pregunten al “president” dónde ha ido a parar todo el oro catalán. La miseria solo emerge por contraste, Amore. Después del incendio, regeneración en Cataluña… o nada.

Twitter: @dfarranz