Opinión

Gary Snyder, en el borde de lo auténtico

FRACASA MEJOR

Miguel Ángel Gómez | Lunes 10 de febrero de 2020

Con esta vocación en el salón de los horrores, escribo sobre llanuras en las que bailo una danza alegre. Trincho grandes trozos de felicidad desde mi ventana fresca y nueva. Sin alterar la rutina, el Libro de las Mutaciones de Enrique Bunbury, baja a saltos por las escaleras. Mi viejo nombre en cualquier parte, mi nombre colectivo y anónimo por entre la gallofa que no lee libros con su aspecto cansado. Escritura en la que poder mirarse como en un espejo. Sueño con una verja como obra maestra: impedirá el paso de ciertos fantasmas con llaga. Ahora, en este domingo, mientras escribo esta página íntima de mi sección Fracasa mejor me sueño para altas empresas. Cualquier vida es una búsqueda del esplendor. Ya de nuevo en mi café preferido me sorprenden los poemas de La mente salvaje (Ediciones Árdora), de Gary Snyder. Sin saberlo antes, tengo mundos paralelos con él, mundos conmovedores y terribles que no carecen de belleza.

Cuando hablamos en el hotel es como si lo hiciéramos sin estar profundamente hundidos en las entrañas de la tierra. El espectro de Gary Snyder está metido en nuestro interior. La bruma respira belleza y gracia. Pocas obras tan variadas como la del premio Pulitzer, menciona colibríes que no tratan de trascender la vida del lector sino vivir su vida individual: “Comenzó ahora mismo con un colobrí / aleteando a dos metros del porche / hasta que se fue: / me hizo dejar de estudiar”.

Los encantadores bailan en las aceras. Hace días nos hemos metido en el agua de febrero. En no menos de trescientas páginas Gary Snyder habla de mundos corredizos y potros capados curándose y pastando bajo un sol ardiente. Hay humo y las aves sollozan queriendo conocernos bien. Tienes fiebre empezando a trepar por problemas prácticos y quieres desafiar el nado de la alegría en el lago de la vida. La obra literaria de este autor no solo está en sus poemas, también en sus ensayos. En uno titulado “La escalada” nos dice: “Caminando por las crestas cercanas y asomándose a los riscos de las montaña Coldwater mencioné el volcán superior. El Gran y Pequeño Lagarto (crestas con la punta mirando hacia arriba), la Cabeza del Perro, con una amplia turgencia de roca marrón”. Luz inervante diferente en el Este y en el Oeste. Cuando estoy en tierras cántabras me siento como Gary Snyder en las montañas atrapado como un oso demasiado real, es una poesía brillante, completa, deslumbradora la suya.

Por ejemplo, las prosas. Hay una prosa con brillantes dientes de oro que quiere salir, una prosa que platónicamente había soñado, algunos enloquecen por tenerla. Las estrellas se chapan en oro dentro de mi cabeza, yo miro con cara de póker, mi ojo no holgazanea por la página. Anoto lo que recuerdo del final de mi pesadilla. Alguien decía: “La realidad necesita expresar con estilo suntuoso lo que pasa”. Me gusta ponerme a prueba y en menos que canta un gallo mis pensamientos salen de la angustia con más angustia recordando unos versos escritos por Marilyn Hacker: “La pena anda kilómetros al lado del río / contaminado, / la pena cuenta los días que el solsticio de invierno se tragó”.

Gary Snyder, ¿no es duro cuando aumenta la confusión y el forastero rumia lo perteneciente al pasado como una vaca mirando de reojo? Bendita sea la Guardiana del maíz balanceante, que no quiere dejarlo como está y me ata los zapatos. La llevo en la sangre, quiero enterrar enseguida la corona de oscuridad. He terminado y firmado mi artículo del desierto leyendo a Gary Snyder: “Nunca pensé en aprovecharme del budismo para escribir. El budismo sirve para saber qué es lo que está sucediendo en el mundo. Es útil para cualquiera, sea poeta o no”.

La escritura es darle un aire de novela a lo que pasa evitando los negros nubarrones. ¿Qué es el silencio de la naturaleza dentro? El camino es todo lo que pasa, no tiene objetivo en sí mismo. Apuntes como nudos que están desenredándose. Un escritor es un desconocido que llevamos dentro. La máquina de novelar de Gary Snyder –voy por la mitad- es una tentación que nace de las sierras y de las pequeñas hierbas. Escribir es que los párpados se cierren sobre la retina y las imágenes inicien un desfile lleno de nocturnidad. Parecemos confinados en ciertos cuerpos, ciertas frases largas, ciertas verdades, ciertos secretos enterrados profundamente en partes aisladas, ciertos momentos que devanan la bobina.

Leamos versos que llegan por el aire: “Nieve en los tocones frescos y los montones de maleza. / El generador arranca y ruge / en el amanecer helado. / Despierto de sueños amargos, me levanto y enciendo un fuego”. Con Jack Kerouac comparte las hendiduras de los acantilados, la seducción del silencio de la naturaleza dentro. Manzana en la mano, troncos, crujir de dientes, taladros. Me pongo el traje de terciopelo para la cena mientras el vendaval sopla sobre los puentes de la ciudad y el hombre del tiempo se ríe con un brillo en la mirada.