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TRIBUNA

Juan Carlos Barros | Lunes 10 de febrero de 2020

Érase una vez hace mucho tiempo, a mediados del siglo XX, en un país muy lejano de Europa occidental que había dos reinos gobernados, uno por un rey que era un fenómeno y otro por una reina fenomenal. Él era muy sabio y su reino muy grande, es más era el principal, pues era como si dijéramos una confederación de reinos y además estaba en el centro y todo el mundo quería entrar. Mientras que ella era muy rica, y también era muy sabia, solo que su reino era más pequeño y estaba más lejos del centro, en un lateral. En vista de tal geopolítica, ella quiso hacer intercambios con el gran reino y conocer cómo era ese gobierno tan especial y se desplazó hasta allí con ese ánimo y con una caravana de riquezas de tamaño excepcional.

Él aceptó encantado, pues siempre estaba dispuesto a demostrar sus conocimientos y en los intercambios propuestos aportó su sabiduría ya entonces legendaria y de fama mundial, frente a tal cantidad de riquezas que ella traía que ni por la puerta cabían ni parecían tener final, tan legendaria era su riqueza que ha llegado hasta el tiempo actual. Piedras preciosas, especias, raros minerales se decía que había en su reino y dispuesta la reina como estaba a exportar ¿qué mejor que ir a la capital? Es decir, resumiendo, que lo que ella aportó al intercambio fue una muestra no fueron riquezas sino la presunción, ¿presunción por presunción, pues? pero ¿no se le llama a eso hacer el fantasma? ¿Quién era más listo de los dos?

A los fantasmas se les combate con sortilegios, pensó el sabio rey, y expuso sus amplios conocimientos de gobierno que tan infrecuentes eran en aquella era como lo son ahora. Tales eran que se decía que eran mágicos, pues hablaba con los animales, dominaba los elementos y convocaba a los genios. El caso es que tuvieron un intercambio de acertijos y regalos, de tretas y aspavientos. Su relación duró un tiempo, no llegó a haber unión de reinos; bueno, quizás en parte y a ratos, pero no todo el tiempo.

Delante de una interminable fila de elefantes, del brillo del oro, de los perfectos diamantes, las brillantes dotes de gobierno fueron puestas a prueba para que lucieran. Y ¿lucieron bien o lucieron mal? Mitad y mitad. La capital quedó donde estaba y en las relaciones internacionales se mantuvo la distancia entre los dos reinos que tampoco es poco.

El mayor genio que aquel rey había descubierto era “la mano invisible”, el genio del mercado, quien cuando era convocado era capaz de regir toneladas de mantequilla, servicios a raudales, dirigir los peces como si fueran cereales, hacer circular a los hombres y hasta a los capitales. Todo eso podía el rey sabio, pues, según decían había dado con la fórmula para dominarlo y tenerlo contento. La cuestión no obstante era ¿Se puede hacer un templo con eso? ¿Es válido un estado edificado solo alrededor del mercado? ¿No es eso un pecado?

Los genios invisibles pueden adoptar formas antropomorfas o también jurídicas, son guardianes de lugares inaccesibles, desarrollan rituales, fórmulas, conjuros, hechizos, invocaciones, sortilegios: ¡Abracadabra! en arameo significa «voy creando conforme hablo».

¿En Albión esperaban más magia de la Unión? Puede, aunque ha habido bastante en este tiempo. Lo que ha quedado al final a cambio ha sido el intercambio ¿Quién ganó con ese planteamiento?

Seguiremos haciendo gestos y reglamentos, hechizos, conjuros y directivas, convocando genios, los románticos no tenemos remedio y los materialistas mucho apego al dinero.

Exchanges

All that I had I brought,
Little enough I know;

Little enough I sought:
But a word compassionate,
A passing glance, or thought,

Little enough I found:
All that you had, perchance!
With the dead leaves on the ground,
I dance the devil's dance.


Ernest Dowson