En la sesión parlamentaria que invistió a Sánchez Presidente del Gobierno por la mínima, algunos diputados de la izquierda recordaron que este año celebramos el Primer Centenario de la muerte de Benito Pérez Galdós, el creador de la novela moderna en España, y forjador sin duda de nuestra conciencia nacional moderna, según Azorín. Los izquierdistas citaron a don Benito porque han oído que era de izquierdas. Esto les basta, porque no lo han leído, y tienen como único mérito una ideología que no la mantuvo siempre el maestro, honestamente heterodoxo. La ignorancia siempre ha sido sectaria, porque es de la ignorancia de donde sale el sectarismo, además de otras cosas malas. Nos llama la atención lo que ha bajado el nivel intelectual de nuestro Parlamento, a pesar de los desmedidos elogios que acaba de hacer sobre una diputada presente en el Gotha mi admirado y muy querido Luis María Anson – que nunca ha escrito nada desmedido sin alguna clara razón -. Pensar que hubo una época en que había diputados como el mismo Benito Pérez Galdós, José Ortega y Gasset, Vicente Blasco Ibáñez, Miguel de Unamuno o Gregorio Marañón, y ahora Adriana Lastra o Diego Cañamero, nos obliga a pensar que la degradación intelectual de nuestro Parlamento ha tocado fondo. Ya no puede bajar más.
Benito Pérez Galdós, descendiente de los primeros colonizadores de Las Canarias, no es patrimonio de la izquierda infumable y estrecha, sino de todos los españoles. Su epistolario, en gran parte conservado gracias a Soledad, la hija de Ortega, nos revela una persona con amigos en toda la variegada rosa de los vientos política, un hombre bueno y bondadoso y un patriota indesmayable. Su acendrado patriotismo le hizo íntimo de la familia Maeztu, a la que ayudó en muchas ocasiones, y a todos sus miembros, a la madre viuda – prototipo de la mujer inglesa -, al genial pintor Gustavo, a la gran pedagoga y filósofo de la educación María, y al trágico escritor Ramiro. Incluso llegó a pedir Galdós a Santiago Ramón y Cajal, Presidente de la Junta para ampliación de estudios e investigaciones científicas, que hiciese lo que pudiera para conceder a María una beca para poder estudiar pedagogía en el extranjero. Baroja siempre es un enfant terrible en sus cartas a Galdós. Valle-Inclán, a pesar de su acerba crítica antigaldosiana – la serie del Ruedo Ibérico es la deformación estética y esperpéntica de la España de los Episodios Nacionales – no tuvo nunca, empero, ningún pudor para solicitarle favores a don Benito “el garbancero”, cuando éste era director artístico de la Compañía del Español, despidiéndose en sus cartas como “el más devoto de sus amigos”. Y el noble y santo garbancero se los hacía porque antepuso siempre el maravilloso arte vallinclinesco a las diferencias personales.
Las cartas de Miguel de Unamuno son especialmente interesantes, en cuanto que de forma sutil señalan lo verdaderamente genial y sustantivo de Galdós, que son sus personajes tipo, que ningún otro novelista ha sabido después crear, y lo que para el bilbaíno era su punto débil, la falta de estilo individual o estilo impersonal. La idea de la religión en España une a ambos, una religión puramente socializada que apenas pasa de la liturgia y la moral, y que no se piensa para relaciones personales y directas con Dios. En una de ellas Unamuno se despacha con que “el vascuence es un obstáculo a la cultura y sobre todo al liberalismo y al espíritu moderno”. A pesar de ser de generaciones distintas ambos combatieron casi con furor la cobardía moral, buscando la verdad desnuda, “opportune et importune”, y no situándose jamás en el relativismo del centro, eso que el gran vasco llamaba “baciyelmismo”. A pesar de su republicanismo, Galdós, hombre de paz – a pesar de algunos amigos muy peligrosos relacionados con el atentado a Alfonso XIII - siempre sostuvo que “era más fácil conquistar al Rey y obligarle a una política radical que hacer una revolución”, y siempre creyó más en las personas que en los partidos. Todos los favores que le pedía Unamuno estaban relacionados con que Galdós leyese sus obras y corrigiese sus manuscritos de “las muchas deficiencias”, cosa que honra al vizcaíno. Las cartas del petulante Ramón Pérez de Ayala, recostado en la pluviosa y levítica Vetusta, son siempre pedigüeñas y babosas. Pide, por ejemplo, al maestro, que escriba a Luis Bello para que le dejen escribir en Los Lunes del Imparcial, y se despide con expresiones de esta guisa: “La naturaleza daría su primera prueba de necedad si no le conservase su preciosa vida infinitos años. Así sea para nuestro bien”. No hay ni una sola carta de Pérez de Ayala que no tenga como objetivo pedir sin pudor alguno algo muy material a Galdós, bien sea que le haga un informe laudatorio para conseguir la cátedra en literatura española en Liverpool, bien sea para poder ser colaborador de los periódicos que más pagaban en la época. Intentó también insuflar sus propios odios al maestro, pero esto nunca lo consiguió. Así, Galdós jamás participó en el linchamiento moral de Torcuato Luca de Tena, propiciado por el malicioso Pérez de Ayala. En mi Ensayo novelado de Ramiro Ledesma Ramos presento un diálogo entre María Zambrano y Ramiro Ledesma tras haber escuchado una conferencia de Pérez de Ayala. Estoy totalmente de acuerdo con lo que del asturiano pensaba el fascista zamorano.
Muy interesantes son también las cartas de Armando Palacio Valdés, que a diferencia del otro asturiano dio muchas más cosas a don Benito que las que recibió del maestro, como es propio de los amigos de verdad. El autor de La Hermana San Sulpicio se fundamenta mucho en Galdós para crear sus impresionantes personajes femeninos.
Todo el gran epistolario galdosiano nos revela que el maestro no era un hombre sectario, sino que muy al contrario sólo era atraído por la singularidad que cada ser humano tiene, y nunca por la ganadería política a la que pertenece. Especialmente preciosas son las cartas de Blasco Ibáñez, Ricardo León, Jacinto Octavio Picón, José Ortega Munilla, Gregorio Martínez Sierra, Hermanos Álvarez Quintero, Amado Nervo, Enrique Gómez Carrillo, Eduardo Gómez Baquero o Francisco Grandmontagne.
Benito Pérez Galdós es patrimonio común de todos los españoles, como la Sierra de Gredos, el Moncayo o La Sagrada Familia de Gaudí.