Opinión

Metafísica de Sánchez

TRIBUNA

Fernando Muñoz | Jueves 20 de febrero de 2020

Sorprende la ausencia de sorpresa, aunque entiendo que nada nos sorprenda. Hemos visto pasar de una posición a la contraria en la misma frase, impasible el ademán, gesto de acero. Una cara de hormigón armado que esconde el hueco deshabitado del corazón y un vacío sin esperanza en la cabeza. El auditorio atiende sin pasmo al orador rígido, entablillado, tosco.

Un ministro ofrece un puñado inarticulado y contradictorio de versiones sobre un acontecimiento, presentándose como el héroe de la diplomacia capaz de evitar un conflicto internacional. Un presidente autonómico – que se quisiera emperador interestelado – es inhabilitado, pero hábilmente rehabilitado por el transformista asombroso capaz de defender en una frase lo que fue atacado en la anterior. Donde no es no resulta que es sí, porque es fácilmente sí y no a la vez. No porque estemos ante el hábil dialéctico que lleva al límite la contradicción, nada más lejos de la verdad. Este discípulo soberbio de Proteo ha descubierto que la verdad sólo existe mientras la nombra y muda de nombre según su voluntad. Hace falta, naturalmente, una muchedumbre de “cretinos militantes” que saluden sus vaivenes de danzarín enloquecido. Y ahí están, bien atentos a sus evoluciones insustanciales, nada por aquí, nada por allí, resulta al final una brillante y estupefaciente nada.

El futuro es suyo, porque el futuro justamente no es. Él es el vacuo señor del desierto interminable. Convenientemente progresista, desea conducirnos a un horizonte que se desplaza siempre hacia mañana. Nada actual es suficiente. Su reino no puede realizarse porque lo bloquea el peso real del pasado que gravita sobre un presente inaceptable. Es que el gran visionario quiere existir en el espacio sin forma de la completa posibilidad. La España posible ha de negar la España real: el mundo grave y positivo en que somos. Por eso hay que abolir la realidad que limita y contiene ese anhelo de progreso. Nada actual debe limitar el fantástico universo sin centro, ni periferia, en que rige su indefinible voluntad. Autócrata, señor de la verdad, ejecutor de cualquier posibilidad. ¿Quién se atreverá a exigir cuenta de sus actos? Su acción se erige sobre sí misma, su fundamento se encuentra en su propio ejercicio. En algún momento le oiremos gritar: “España será lo que a mí me dé la gana”. Yo, me, a mí… esa posición se deja ver en el gesto ante la cámara, en la manera de posar y portar el traje. Venerable señor en su corte ministerial de rutilantes constructores del nuevo orden: sin pasmo, sin contradicción, sin límites que acoten la acción creadora. Ese futuro sin límites, supone reinventar cualquier pasado. La historia es un conjunto de páginas en blanco, dispuestas para el novelista fantástico que desee definirnos; sin otro límite que un futuro abierto a los cuatro vientos de una voluntad inarticulada. El pasado se escribirá como el futuro, que se hará mañana. Todo el que pretenda fijar una verdad histórica, será acusado de obstaculizar y gravar ese reino de posibilidades inesperadas.

Pero la impotencia de esa voluntad es evidente y un resentimiento atroz se dibuja en el gesto torcido del señor de todo esto. Incapaz y mentiroso, pero muy peligroso porque el resentimiento es el más terrible de los vicios. Coronación del mal que no es sólo privación, sino negación absoluta de toda constitución. El resentido reconoce el valor real de lo que niega. Sabiéndose incapaz de realizar un valor, que no puede dejar de reconocer, solo puedo negarlo. Aquí el valor lleva el nombre de España. Pero su reconocimiento se le impone y sabe en su fuero interno que su negación es impostada. La impostura tratará de ocultarse enfatizando el desprecio de lo que no puede dejar de apreciar. Es el peligro del sonoro y hueco progresismo. Incapaz de estar a la altura del pasado consistente y real, es preciso negar el valor de ese pasado y señalar a un futuro que admite cualquier ensoñación porque carece de realidad. Vive así en el desorden, en la mutación constante, en el caos.

Una sociedad arrasada y en ruinas admite sin asombro ese vendaval de contradicciones, esta locura de programa que no conduce a ninguna parte, ese sinsentido de una pluralidad de sentidos incompatibles que quieren definir la nada y acaban haciendo de su deseo toda la realidad o midiendo la realidad por su deseo. ¿A nadie pasma este héroe de la voluntad, cuya única virtud es una acerada tenacidad en su propia defensa? Pero, ayuno de realidad, fantasmal e imaginario, esa tenacidad es la exaltada consagración de la contumacia. La lucha de un fantasma por realizarse a costa de la liquidación de la realidad que lo alimenta.