Opinión

UNA NUEVA ERA PARA PARAGUAY

Viernes 15 de agosto de 2008
Después de más de 60 años de hegemonía del Partido Colorado, la toma de posesión de Fernando Lugo como presidente de Paraguay escenificó el inicio de una nueva etapa en Paraguay. Casi un centenar de delegaciones extranjeras y el Príncipe de Asturias entre otros mandatarios internacionales, acudieron al acto. Lugo, que se hizo con la victoria en las elecciones que tuvieron lugar el pasado mes de abril, se convierte así en el sexto gobernante de Paraguay desde el derrocamiento del general Alfredo Stroessner en 1989.

El ex-obispo se enfrenta a grandes desafíos. El primero de ellos es manejar la bomba de relojería sobre la que se asienta su gobierno. Su histórica victoria frente al Partido Colorado la consiguió encabezando la Alianza Patriótica por el Cambio, coalición que engloba a todos los sectores de la izquierda, desde la más radical, representada por el Movimiento al Socialismo, pasando por la socialdemocracia moderada del Partido Liberal Auténtico. Así, mientras Lugo está muy cercano ideológicamente a la teología de la liberación, su vicepresidente, Federico Franco, se declara admirador de Aznar. El objetivo de derrocar a un Partido Colorado que llevaba demasiado tiempo gobernando el país a su antojo sirvió de aglutinante para la victoria de Lugo. Pero, alcanzado el triunfo y una vez en el poder, las tensiones entre las diferentes sensibilidades que existen dentro de la alianza serán un problema con el que el nuevo presidente tendrá que lidiar.

La otra gran duda es si, tal y como auguran sus enemigos, Lugo se situará en la onda bolivariana encabezada por el presidente venezolano, Hugo Chávez, o si abrazará las opciones más moderadas de su partido, imitando el modelo a la occidental de Bachelet o Lula. Su discurso hasta ahora ha apelado a los sectores más pobres de la sociedad, usando un lenguaje de tintes chavistas, flanco por el que sus adversarios políticos han tratado de atacarle.

Pero, por encima de todo, la gran cuestión que planea por la cabeza de los paraguayos es cómo se las va a arreglar este ex-obispo para gobernar un país que lleva 61 años acostumbrado a unos modos de hacer política completamente alejados de los suyos. El escenario político paraguayo pedía a gritos un soplo de aire fresco, ahogado por el ANR, una especie de partido estatal que utilizaba los recursos nacionales para sus propios fines, a través de un sistema clientelar. En los últimos tres años, el ANR instauró el fraude electoral y la manipulación de las actas electorales como método, ante la indignación de la sociedad paraguaya.

Así pues, hacía falta un cambio que demostrara que el Partido Colorado ni es imbatible ni, mucho menos, constituye la única opción posible. La alternancia limpia y justa, base fundamental de un sistema democrático, si no garantizada, se ha hecho posible con la victoria de Lugo, que tiene en sus manos el reto de terminar de asentar la legitimidad de una joven democracia, instaurada hace menos de 10 años, por encima de los partidos políticos. Ahora, está por ver si Lugo será capaz de manejar con responsabilidad el definitivo asentamiento de una auténtica democracia en Paraguay.

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