En España los robos en las casas particulares se están multiplicando de mes en mes. No sólo (cum) por la mejora técnica de los criminales profesionales, sino sobre todo (tum) por la lenidad penal que tiene este delito en nuestro país. Los ladrones casi actúan con impunidad, pues si el robo se perpetra sin agresiones a los moradores de la casa, el ladrón no suele acabar en la cárcel. Pero saquear una casa, espoliarla, no sólo es quitar con violencia en el asalto las propiedades ajenas, sino también profanar, manchar y violar la intimidad de sus residentes. El robo es siempre una violación y profanación contra la persona y su libertad – fundamento de la ciudadanía y de la dignidad – que se nos aparece como rudimento brutal de épocas precivilizatorias. El saqueo de casas particulares, cuando se sistematiza, es comunismo. Y como decía San Agustín, de ladrón a emperador la diferencia sólo estriba en la capacidad de violencia y saqueo. Cuando se tiene la mayor potencia de violencia y saqueo eres un dictador comunista, cuando es pequeña esta rapacidad eres chusma criminal.
A Unamón los piratas le robaron en Dor varios lingotes de plata ( minas ) destinados al pago de la madera de Biblos y con un peso total de casi 3 kg. Egipto los tuvo que sustituir por un valor equivalente en copas de oro y plata. Esto es, los ladrones obligan a relacionar constantemente el dinero con el valor de uso de los bienes, e incluso a hacer moneda con los mismos bienes. La teoría marxista responde a la exigencia del robo, tanto de dinero como de bienes. Y se diría que se fundamenta también en ellas las Compañías de Seguros de las casas, marxistas doctrinarias sin saberlo. El botín de los ladrones y el tributo desaforado de los Estados comunistas son complementarios y, a menudo, lo mismo. Como subapartado del robo se encuentra el secuestro perpetrado por bandidos, la esclavitud a tiempo parcial y el servicio militar obligatorio. François Crouzet sostuvo que 1797 fue uno de los años más lúgubres de la historia de la raza humana: los británicos inventaron el impuesto sobre la renta y los franceses el servicio militar obligatorio. Afortunadamente España tiene todavía algunos políticos, como Isabel Ayuso, que aún nos defienden de la voracidad ilimitada de políticos como el opulento tribuno de Valencia.
Lo mismo que el Estado con sus coacciones impositivas o con sus levas de abusiva diuturnidad, el ladrón roba la parte de tu vida más valiosa, aquella que mediante el esfuerzo del trabajo propio o de tus ancestros, se ha plasmado en bienes, y en ellos y en tus descendientes perdura. Toda propiedad es una cantidad de vida entregada al esfuerzo ilusionante de un objetivo. Es así que el ladrón te asesina un poco, lo mismo que extermina la memoria tangible de bienes de tu prosapia. Después del asesinato, el robo es la más grave transgresión moral, porque aniquila el praemium de nuestra actividad como homo faber, sive creator, la que nos humaniza y nos imprime un destino. El verdad que junto al robo trangresor e ilegal existe el robo estructural, sistémico, amparado a veces por la misma ley y la moral desaprensiva, como el político que se sube a sí mismo desconsideradamente el sueldo, y que a veces este robo estructural trae un grave desaliento moral a los ciudadanos; pero nunca el pecado o el delito de los otros puede justificar nuestra caída en el mal, y menos ser coartada de nuestra alianza con el mal. De hecho se nace ladrón sin remisión ni cura, y como diría Erasmo, a partir de un adagio griego, “lignum tortum haud umquam rectum”.
Mahoma castiga sin ambages a los ladrones y a las ladronas con la amputación de sus manos rapaces. El castigo, efectivamente, es desproporcionado y diríase que precivilizatorio, bestial y draconiano, y el Profeta, de gran sutilidad moral, no llegó a conocer la argumentación ilustrada de un Cesare Beccaria, expuesta once siglos después, ni tampoco la sensibilidad cristiana: el bien no se pude poner nunca a la altura del mal. Pero, sin duda, es muestra del sentido devastador que da al robo el elegante e inteligente aristócrata Mahoma. Porque, además, una cosa es no cortar las manos de los ladrones, y otra que sus infames acciones contra la propiedad no tengan ninguna consecuencia penal, como ocurre hoy en España.
El Mundo Clásico estaba horro de robos entre particulares. Si leemos la oratoria forense de la época clásica vemos que los casos eran de lo más variado; de asesinato, de compra de votos, de adulterio, de heridas causadas con intención de matar, de sacrilegio ( “ierosylía” ), de impiedad conspirativa contra la democracia, de la destrucción de olivares públicos, de injurias y calumnias, de estafa entre socios, de exención del servicio militar en determinadas circunstancias, de cobardía ante el enemigo, de crímenes políticos, de disputas por herencias, de ejercer la homosexualidad por dinero entre ciudadanos libres, de construcción de edificios en espacios públicos, etc., pero apenas de robo con asalto de la casa. Este crimen corresponde a las épocas de barbarie.
El Séptimo Mandamiento establece el derecho a la propiedad privada. La apropiación de bienes es legítima para garantizar la libertad y la dignidad de las personas. Y la promoción del bien común exige el respeto a la propiedad privada, de su derecho y de su ejercicio. Toda forma de tomar o retener injustamente el bien ajeno, aunque no contradiga las disposiciones de la ley civil, es contraria al Séptimo Mandamiento de la Ley de Dios. Finalmente, la Iglesia ha rechazado las ideologías totalitarias y ateas asociadas en los tiempos modernos al “comunismo” o “socialismo”. Hoy no es progre atacar a los ladrones y a las ladronas, y pedir que suban las penas por robo, aunque este delito aumente sin parar. Todo un símbolo de donde nos encontramos los españoles.