Opinión

Sudar tinta o convertirse en calamar

TRIBUNA

Manuel Gálvez | Viernes 21 de febrero de 2020

Con la siempre reciente muerte de David Gistau no solo el columnismo político o de actualidad ha quedado un poco huérfano sino que también lo ha hecho el deportivo. Son muchos los columnistas que no han podido ni han querido evitar que se le vieran los colores, y no hablo del rojo izquierdista o del azul conservador, sino de los verdaderamente importantes que son los del equipo que defiende la camiseta del deporte que les gusta.

David Gistau, ese oso enorme tan bello como humano, daba zarpazos de madridismo en muchas de sus columnas y los peces que atrapaba se transformaban en goles en la columna. Pero un oso no solo vive de la saludable afición de comer pescado, necesita la miel que deja en la boca un directo de izquierda cuando es ejecutado de manera perfecta, la armonía de un brazo que se alarga y recorre un espacio que termina en el rostro del contrincante. En el boxeo tu rival no es el enemigo, sino la persona necesaria para practicar el deporte que más se parece a la vida. El enemigo es quien critica este deporte donde la palabra respeto está bien incrustada en las cabezas de todos los que tienen algo que ver con este noble arte. Y Gistau bien sabía, animado por su amigo José Luis Garci, que hay que amar este deporte en el que los golpes son tan necesarios como los latidos del corazón para saber que estamos vivos.

Como todo noble arte, el columnismo deportivo también tiene sus contradicciones, y es que el primero de todos ellos fue Matías Prats abuelo, pues ya van por la tercera generación de periodistas y que además han tocado todos los palos. Retransmisiones taurinas, futbolísticas y pugilísticas, información general y deportiva en telediarios. Pero con quien empezó todo como diría Piqué, fue con el primero de ellos. Una España en blanco y negro necesitaba una voz potente que la tuviera en vilo por cosas menos grises que la realidad más evidente que veían sus ojos. Era necesario ilusionar al pueblo con las gestas del Madrid en Europa, de la selección en el año 1964 o nuestros boxeadores que luchaban por campeonatos mundiales o europeos. Creer que no era éramos un país de perdedores sino uno donde la victoria no estaba tan lejos. El año 1975 se veía en un horizonte cada vez más cercano. Utilizaba gafas negras, pues sabía que a la realidad no se la puede mirar directamente a los ojos. Risto Mejide con talento, la oscuridad solo en el color de las cosas, pero la luz a la hora de explicarlas. El primero de todos ellos tenía la oportunidad de ser el más moderno y clásico a la vez, ejerció el columnismo con su voz. En él la palabra hablada tenía la estructura perfecta de la frase sobre el papel. Su magisterio nacía en un lirismo de lengua que serpenteaba sedosa con las palabras que salían de su boca. Utilizaba el adjetivo exacto, la definición precisa de lo que sucedía en el campo o en el ring, los movimientos eran más gráciles contados por él que lo que sucedía en la pantalla. Su imaginación sí que valía las mil palabras que utilizaba para explicarla. Su voz que retumbaba en esa gran caverna que era España, un poco como la de Umbral, pero éste prefería utilizarla para besar la página.

David Gistau como ya he dicho amaba el boxeo y en España quien mejor lo contó fue el maestro Manuel Alcántara, el único deporte que como el bien sabía no se le podía llamar juego. Golpeaba la Olivetti como Urtain hacía con sus rivales, sin piedad, desgastando las teclas hasta hacer de ellas frases perfectas. Le tocó escribir sobre la edad de oro del boxeo español y lo representó con su certero movimiento de piernas, ese baile de palabras que explicaban una guerra en quince batallas. Alcántara que escribió un artículo diario durante setenta años, algunos literarios, otros de cine y de deportes, pero muchos políticos, donde los golpes si son bajos y no hay tiempo para la lírica, como no iba a hacer arte con algo tan bello como la vida llamado boxeo.

Que no todo iba a ser fútbol en el imaginario del columnista ya ha sido explicado en este texto. El boxeo y la épica que siempre va unida a él, con Alcántara en España y Norman Mailer en los Estados Unidos, y Gistau contando sus peripecias en el gimnasio y qué sentía al entrenar Un
recuerdo a esos gimnasios de barrio que no tienen figuras mediáticas y exboxeadores de prestigio, necesarios para hacer visible este deporte tan denostado, pero que hay muchos otros donde se hace un trabajo sordo y ciego en el que el boxeo está en el centro y la luz solo va a parar a los guantes y al calzón del deportista, y un buen ejemplo de ello es el club de boxeo Suanzes en Madrid. También existe el ciclismo como bien sabe Jesús Nieto Jurado, que lo escribe y lo practica, también en sus columnas, cuyos demarrajes dejan secos a los frutos podridos de nuestra política o nuestra sociedad.

Y si no solo existe el fútbol en la cabeza de los columnistas que ha habido y que hay en nuestro país, tampoco todo va a ser el Real Madrid si se habla de este deporte. Está claro que ahí están los magníficos Jabois, Bustos y compañía, pero también está el atlético Ruben Amón, con ese estilo donde llorar no es papel mojado, sino literatura seca que deja costra y que hace “pupa”, cuando está tan bien hecha como lo hace él. Esa enfermedad llamada “barcelonismo” de la que no se curó Vázquez Montalbán, una lástima que por su bigote no le picara la pulga de Messi y que sus gafas no se empañaran en el vaho provocado por los olés, catalanes por supuesto, de la afición del Camp Nou, cuando coreaban las melodías creadas por los pies de Iniesta y Xavi. Enric González sigue sufriendo la enfermedad que será terminal cuando el argentino silencioso, todo es raro en ese club, y que conste que yo soy zaragocista y nada más, y que ya es bastante, decida marcharse a platicar (dícese de contar la plata que ha ganado todos estos años y contárselo a sus allegados) al río de la Plata.

El columnista es un deportista que como todos debe entrenar todos los días, buscar su talento y esforzarse en mejorar las características que no le acompañan. Sudar tinta o convertirse en calamar.