Opinión

Ortodoxia de Carnaval

TRIBUNA

Fernando Muñoz | Sábado 22 de febrero de 2020

Los pensadores de nuestro tiempo encuentran inaceptable la discriminación de género que se manifiesta en la oferta de disfraces de carnaval. Exigen una carnaval políticamente correcto y respetuoso con los principios en los que hemos de ser educados.

El Carnaval significaba una ruptura de los límites, una exaltación de la desmesura que respondería a un largo período de contención y ascesis. Escondía asimismo una respuesta de desprecio y burla de las formas del poder o de la autoridad, desde las instituciones seculares a la profunda autoridad de la Iglesia. Tras la Cuaresma, atormentada y cenicienta, se presentaba como una celebración vitalista y exultante, se decía, una incursión en el riesgo de la hybris.

No discutiré aquí esa comprensión de la tolerancia carnal y la violación de las formas. Digo que he escuchado durante años celebrar el arrebato bacanal y la exultante confusión de géneros y categorías como una fiesta de la libertad. Pese a mi reluctancia a concederme ese, para muchos, saludable desenfreno, siempre he reconocido el sentido que tiene el escarnio del poder, la burla de toda autoridad mundana, el menosprecio de las vanidades iluminadas. Quizás no he necesitado travestirme u ocultar el gesto de burla hacia las formas del poder porque siempre he visto el rostro deforme del juez, del señor, del amo del mundo. No tiene necesidad de tomar irónica distancia del enorme poder quien siempre ha mantenido hacia el poder una distancia infinita.

Ahora bien, es condición de la burla la defensa de un centro sustantivo e inviolable, de una fuente absoluta de autoridad que se estima inatacable. Me ha repugnado siempre y me repugna el desprecio del humilde, la burla del hambre del pobre o del sufrimiento del inocente. Si es saludable mofarse del poderoso, es morboso el desprecio del desvalido, la agresión al inerme, el esputo lanzado contra el menesteroso. La aversión inmediata a esas formas del escarnio o la sátira supone que hay un elemento intocable. La violación de la santidad, el desprecio del mártir, el sarcasmo sobre el vencido y el humillado no me han parecido nunca aceptables. Nada tiene que ver con el clericalismo y me parece adecuada la burla del soberbio que oculta una sotana, o del lujurioso bajo la mitra, o del avaro tras la máscara de la casulla… Pero si esas figuras (mitra, sotana o casulla) pueden esconder un rostro agusanado es porque son símbolos de una Verdad intangible y perfecta, símbolos de ese elemento que se muestra en el vencido o el humillado, en el indefenso o el torturado. Si la burla alcanza ese núcleo inviolable pierde su eficacia y empieza a resultar asfixiante y opresora. En resumen, me parece que el Carnaval alcanza su expresión más completa como fiesta moralmente liberadora y se convierte en lo contrario como fiesta inmoral. Me opondré al que celebra el asesinato o la violación, el hambre del pobre o el sufrimiento del inocente y de ahí – como decía – los riesgos de la hybris.

Preservar ese núcleo es condición de la existencia de un mínimo antropológico y es el sentido de la fe en la potencia del brazo – como dice el Magnificat – “capaz de dispersar a los soberbios de corazón, de derribar de su trono a los poderosos y enaltecer a los humildes”. La burla saludable del poder eclesiástico no debiera confundirse con la burla de la sagrada autoridad del Inocente. La burla de una iglesia impostada no debe confundirse con la sátira contra la Iglesia. A menudo, sin embargo, los librepensadores de nuestros días confunden la dimensión humana y el poder mundano de la institución con su dimensión intocable y sagrada. Diríamos que con ello el carnaval pierde la Gracia.

Por eso resulta tan ridículo que los mismos que ayer elevaban esa fiesta de la liberación indeterminada a la categoría de catarsis colectiva o de purga saludable, se muestren hoy preocupados por la preservación de un elemento humano, demasiado humano o meramente político. Es hilarante ver a los defensores de un carnaval como su dios manda, su dios político y correcto que sobre un pedestal de barro – al modo de las viejas divinidades políadas – exige disfraces que no infamen sus teorías de género. Esos artistas de la libertad pretenden impedir la oferta de disfraces femeninos, según el canon de una feminidad que se estima equivocada. Enfermeras de prostíbulo, monjas seductoras, policías pornográficas… Disfrazados todos de “sastisfyer” cumplimos el mandato de un ordenado carnaval, de un carnaval políticamente correcto.

Pero el Carnaval ha de ser políticamente incorrecto, para lo que sólo ha de preservarse una corrección sagrada. No será fácil perdonar a nuestros librepensadores y gobernantes por haber cegado la fuente real de la alegría negando, por una parte, la fuente inviolable de la rectitud y exigiendo, por otra parte, el cumplimiento de su orden neo-burgués y normalizado. No hay nada que celebrar en sus tétricos carnavales, ordenados y correctamente burocráticos.