Opinión

Roger Swanzy, transformar el deseo

TRIBUNA

Miguel Ángel Gómez | Lunes 24 de febrero de 2020

Son muchos los libros de aforismos que defraudan. En ocasiones se quiere concentrar tanto en tan poco que es como meter lo valioso en la litera de un camarote de barco. Hay quien va a la fuente con baldes y solo trae muñecas, pipas rotas, objetos sin forma o naderías. No es el caso de La gota infinita del deseo (Amargord Ediciones), del de Texas, Roger Swanzy (Denton, 1963). Es el suyo un breve volumen que tiene que ver con el inconsciente. Los aficionados al aforismo rodeado de reflejos y contrarreflejos sin fin, no se perderán este libro delicado, suave, indirecto, que nos enseña a mirar el mundo pidiendo más, pidiendo lo inmenso, lo imposible. Roger Swanzy esquiva lo cruel, su búsqueda es la de un refugio en la fantasía.

El apogeo de los aforistas en España se llena de múltiples papeles. Se protegen a sí mismos indefinidamente, se asocian con los de su clase sintética, aumentan y se multiplican. Swanzy es simbolista y cernudiano. Con él reconocemos la vitalidad poderosa del género. Él dice cosas sin atacar, ridiculizar o destruir cuando la vida misma se hace más insoportable. ¿Cómo lo consigue? Su secreto tiene que ver con el manejo de los éxtasis sutiles. Le basta una gota para escribir un aforismo de amor: “¿Cuántas vidas caben en una vida? ¿Cuánto deseo cabe en una gota?”. O una piel para encontrar una sombra con aire de haiku: “Tu piel es mi única noche, la sombra que busco”. El autor permanece siempre confinado en sí mismo.

El título, La gota infinita del deseo, nos descubre el aforismo de la caricia y nos anticipa la poética sedienta de realidad del aforismo: para cada persona el deseo es algo diferente, o cada uno tiene su propio deseo particular. Costumbrismo y alocadas fantasías, magia y naturalidad. No escabullirse de sugerir, de vivir sin seguir una pauta en cada lectura es lo que se nos propone aquí, unido a las posibilidades infinitas como gotas de experiencia. Ejemplos claros son: “Hay miradas que nos desnudan más que las manos”; “Su mirada era pura hambre, apenas disfrazada”; “Tus ojos caen en mi ser como piedras en el agua”. Por la grieta que abre Roger Swanzy, se cuelan recuerdos íntimos, regalos, muestras de amor. Es La gota infinita del deseo una selección de aforismos con candelabros de plata y jardines de lilas; nos hace ver que el arte es el don de revelar lo que no se descompone. Sobran algunos -los hay de poca intensidad-, la selección no pretende alcanzar el yo más grande, sino darnos tonos transformados en joyas caleidoscópicas.

A Roger Swanzy le gustan: la noche (“En la noche larga e interminable de tu oscuro cuerpo, vamos a convertirnos en una hermosa alba, un lugar donde la luz misma puede despertar”), la seducción (“La seducción tiene su propia Academia de la Lengua”), los ojos de las cerraduras (“El ojo de la cerradura es la mirada ancestral del erotismo”). Gusta de hablar de muchas cosas, aunque hay ocurrencias menos afortunadas. Entre éstas: “En el onanismo, el amor siempre está a mano”, “Ser virgen es no conocer el placer más allá de las propias manos”, “Eres la gota que colma el beso”, no ayudados por la muleta del rigor. Son los menos pues el resto tendrán vigencia durante mucho tiempo. ¿De qué nos habla Roger Swanzy en su primer libro aforístico? Nos lo comenta Juan Pablo Zapater en su parte final, Roger tiene “una sensibilidad especial, una delicada pasión por el arte y por la vida” (…), y un deseo de defender “legítimamente la posibilidad de dar a conocer al público lector los resultados de su escritura paciente e intuitiva”. Con material disperso y sin revisiones, puede armarse una obra que adore el momento del milagro. Roger Swanzy hurga en su bolsillo secreto, que no tiene reparo en exponer a las miradas de la gente, y saca su libro, que pone sobre la mesa, abierto por cualquier página, a guisa de presentación.

Hace un año, recibí una invitación a participar en la primera de las Semanas del Aforismo como ponente. La gentil propuesta llegó desde Sevilla de la mano de José Luis Trullo. -Claro -le respondí-, no es una invitación que se reciba cada día; el del escritor es un trabajo que te hace ir de Sevilla a Villaviciosa, de Guadalajara (México) a San Sebastián. Tuvimos la oportunidad de acercarnos a hurtadillas a la pizarra del género y garrapatear con la tiza lírica en las moradas con piedras preciosas. Tras la conferencia, nos quedamos un rato con Roger Swanzy, Erika Martínez, Carmen Canet, Elías Moro o Manuel Neila, entre otros, y luego nos acompañaron hasta el hotel. No dejó de ser un maravilloso regalo estar allí. Fue cómo ver crecer las plantas del aforismo quitando la tierra de la maceta para ver el proceso en directo.

Como un estribillo por mi cabeza cruzan las palabras dichas por Vila-Matas la semana pasada: “Es imposible ser un buen artista y a la vez capaz de explicar de manera inteligente tu trabajo”. El tema del aforismo me atrae con fuerza, trato de explotar las vetas desconocidas en la actualidad, como se ha dicho de mí. Callo, y leo después a Roger Swanzy cuyo lirismo tiene que ver con su miedo a la pérdida, algunos de sus aforismos están fuera del alcance de mucha gente. Podemos empezar a leer La gota infinita del deseo por cualquier parte y encontrar algún feliz hallazgo literario que sirva para compartir ese temor. Todo lector pensará que el arte “es una herramienta para transformar el deseo”.