Opinión

Antonio Gamoneda escribe con un pie en el estribo

MENÚ DE POBRE

Diego Medrano | Martes 25 de febrero de 2020

Gamoneda, premio Cervantes y Reina Sofía, premio Nacional de Poesía y Castilla y León de las Letras, publica el segundo tomo de sus memorias: La pobreza (Galaxia Gutenberg). Toda la primera parte del texto es una deliciosa tentativa de escritura, tanteos léxicos y gramaticales, apuntes cercanos al boceto, la lucha de un anciano y veterano escritor por llegar a alguna verdad, a la mínima luz, a la llama que justifique todo el frío anterior. Desde el principio su temperatura es caduca, nada hay perenne y la hoja tiene latencia que estorba y toda una alquimia: “ (…) Incertidumbres. Apenas he escrito una página y ya me advierto indeciso. Vuelvo a decirme que no sé si puedo, si voy a escribir hasta alcanzar un final. Es la misma situación de mi trabajo anterior, el fracasado. (…) La escritura responde a una necesidad que incluye temor y que, probablemente, no incluye deseo”. Todo es ausencia, todo desasosiego lucha contra la inmovilidad, liberación memorística entre purga y calma, la quietud sin motivo es inquietud y electricidad, el milagro cotidiano viene de lo definido como escritura viviente: “Hay escritores –no digo literatos, digo escritores- que crearon realidad: Kafka, Juan de la Cruz, César Vallejo”.

Pasión del lenguaje como aventura real, el texto como única posibilidad desechadas todas las demás rutas, confusión e imposibilidad como magma del volcán octogenario, confusión como verdad y no artificio, sí. Lo que separa al error del fracaso. Gamoneda cuenta sus días leoneses de muy viejo y sabio (primera parte) para después levantar en pie al botones de banco, al meritorio de oficina, a los años del frío donde el óxido de sus poemas viene de lo mucho que mordía los hierros del balcón, a los tragos negros, a las traiciones laborales, a su labor como gestor cultural, al perro negro de la depresión que nunca pudo despistar. Su conjuro lleva dentro mucha presión: “Necesito la realidad como es y como no es”. La vigilia es despertar incompleto y así el instante precisa subjetividad: “La existencia de un lenguaje otro no establecido, no registrado ni consabido; potencialmente inteligible, pero ajeno a cualquier inteligibilidad normalizada”. Es escritura por el alambre, violenta y desorientada, pacífica a la sombra de la clausura y la soledad, donde el acero templado es intimidad sobrecogedora. Realidad intransitiva de las palabras, tiempo que nos falta, lenguaje insurgente: “Yo trato de liberarme de una opresión; quizá de recuperar un despojo”.

Irracionalista, en la línea de Bousoño, y hermético en la de tantos otros, siempre “lenguaje abierto” desde su grito metálico para la palabra poética: “Abierto a la polisemia y a la significación instantánea, la creada en el instante en que la palabra se dice”. Anuncia el último libro, un pie ya en el estribo, anecdotario rico y popular, trato con algunas primeras espadas, mucha soledad y vida apasionada lejos del rebaño. Café negro, tintos de Ribera del Duero, pastillas para dormir, relajantes y somníferos donde el fracaso es sorpresa y susto juguetón. Gamoneda no busca el libro sino una escritura, una realidad del mismo: “La realidad ha de estar en el cuerpo de las palabras y manifestarse en el temblor de sus límites. La poesía se cumple en la percepción, y la percepción es comprensión”. No es un profeta: “Contrariamente, no querré admitir ni entender que mis búsquedas consistan en mover cargas teóricas; no querré admitirlo ni entenderlo, aunque sea cierto. Estoy llevando mi escritura con usura y esfuerzo. Es mi necesidad y es mi asunto hasta la carne (no es una metáfora; he sentido frío alguna vez), y mi asunto es anterior y posterior a la literatura”. El perro negro, sí, al acecho.

Gamoneda es militar: “Creo en la contradicción. No borro nada”. La perspectiva es el trampolín desde el vértigo de la escritura: “Necesito escribir y no me detengo a hacer distinción entre oposiciones que puedan ser la mejor o la peor. No es una perspectiva deseable, pero habiendo llegado a aceptar la imposibilidad como cauce y el fracaso como fin, ¿para qué abandonar una perspectiva, cualquier perspectiva, cerrada o no?”. Sílabas negras, sintaxis bruja, extravío y negación, último canto del cisne, aprendizaje de la tortura envuelta en ropa herida, cigarro del viento, mirada como hongo que a veces azulea, el poeta no deja de bracear para no hundirse y poder salir a la superficie. La pobreza es mucho más que un vacío: testamento sin maquillaje, vida sin renuncia a la escritura, inmortalidad de las palabras cuando convienen otros amparos, insectos y no letras, entrecejo muy apretado en el entresueño. Antonio Gamoneda es príncipe de otro ludibrio: escritura que saja y celebra el unto. Milagro miserable de rascar con tal de encontrar realidad bajo el barro y entre las ruedas. Posguerra, herida, hambre, interrogante de sangre cuando a la madre había que llevarle dinero, inventario acostumbrado a la desaparición simple, barbitúricos con sabor a sal y siempre un loco cerca al que querer como a un hijo.

Todo en el poeta leonés es cata y bramido de aire acorralado, otra forma de apretarse los dientes, ojos ocupados por el aullido, el fuego de la escritura contra todo hogar y conciencia, contra toda comunicación. La pobreza es una barra de taberna, con puta limpia y barata al otro lado, donde todos los relojes se ponen de acuerdo para acorralar a la voluntad, fotocopia del alma negra como el vino. Su esposa, Angelines, peto y espaldar de otra Ilíada, la cosecha o siembra mejor en el hombre de un carro entero de pensamientos impensados. Todos los cuervos cantan el sabido sortilegio: “La poesía es generación sucesiva de un lenguaje transfigurado en su origen; un lenguaje otro del que siempre hablo”. Su defensa de la escritura viviente, en el mayor rango biológico, llega a cimas insospechadas cuando torna divulgativa: “ (…) La escritura de Kafka no es imitación ni descripción, ni siquiera comunicación (aquella tontería suprema de Aleixandre, poeta grande que, afortunadamente, no sabía lo que decía); no está referida a un espacio existencial o a un sufrimiento: ella misma es el espacio y sufrimiento. Juan de Yepes, Juan de la Cruz, fue un inmenso poeta. Su escritura poética no se distingue de su experiencia mística, una experiencia viviente y vivida; y, necesariamente, una experiencia poética”. Pinta Gamoneda el camino de Vallejo para explicar el propio: “Estando especialmente destrozado, se paró esencialmente a destrozar el lenguaje que tenía. Con un lenguaje destrozado, añadiendo los restos inútiles de todas las lenguas, echando mano directamente a sí mismo, sintiéndose enfermo de enfermedad mundial, mundialmente hambriento, volvió a escribir. Escribía César Vallejo que no tenía más que un lenguaje harapiento y algunos días de hambre y de juventud encarcelada”. Mágico ese Vallejo bajo la lluvia y noche parisina, solo en la repetición delirada, por la que se erizaban las fieras en lo profundo de todas las alcantarillas: “Allá ellos, allá ellos, allá ellos, allá ellos”. Allá Antonio Gamoneda, con este bello telón de obra, sobre el que comienza una nueva ética en la polisemia de la pobreza: “La pobreza tiene más nombres de los que nunca he pensado”. ¡Cuánta magia y esperanza!