Opinión

La dulce militancia

TRIBUNA

Carlos Díaz | Sábado 29 de febrero de 2020

La razón dignada: dos rinocerontes embistiendo entre sí no lograrán otra cosa que dejar herida la tierra; dos indignados burgueses se calmarán cuando acomoden sus quejitas asimilables, dos poetas tonitronantes que braman fuego y plomo solo marearán palabras esdrujulísimas. Todo eso es una ventilación emocional del ego descompuesto por parte de aquellos que dal cul fanno trombetta, un pedo existencial. Nunca indignatio fecit versum, porque el verso surge cuando es versus, cuando deja de berrear y se pone a hacer una versión que es con/versión, llanto y canto y esfuerzo y donación de sí con los otros, aquellos otros que están tan derrotados por la poquedad de su palabra, que ya no se quejan ni indignan, llegando incluso a convertirse en la voz de su amo.

Pero el más elemental gesto de energía protestataria (antítesis del postureo eticoide, artificial e hipócrita, burbuja narcisista: voy a la manifa porque es diver y me ven) de quien lucha -y no hace como que lucha- es salir a la calle y concitar su aliento con los de otros que alientan, que unen, aunque sea diversificando, pero dejándose si es preciso jirones de la piel desnuda sobre el asfalto, y no por ocioso belicismo, sino porque debajo del asfalto está la playa: “La vida no vale nada/ si no es para perecer/ porque otros puedan tener/ lo que uno disfruta y ama” (Pablo Milanés).

La dulce militancia, tan guapa, tan vestida de azul en la protesta, tan uniformada con su corsé revolucionario y su tapabocas y su palestina, viviendo para joder a falta de no poder joderse a sí misma, tiene un problema: “el problema de vivir a la contra es que, en una suerte de profecía autocumplida, esa necesidad de conservar las referencias para seguir manteniendo el equilibrio puede llevarnos a alimentar monstruos y cadáveres que acaben tomando forma y vida”. ¡A mí la legión, a mí todos los derechos sin deberes! ¡Y biban las redes sociales! Y, después de bien enredados los abajo firmantes, el más emredador se lleva la casa la red y la pecera, se compra un chalet de lujo, sus fans le bendicen, ingresa dos nóminas de ministro-ministra, claro, y la nana mece las cunas de las mellizas, no faltando los voluntarios aspirantes a algún carguillo que se ofrezcan para cuidar a las criaturas. ¿Y si no podemos seguir con el gasto de nuestras hazañas bélicas? ¿Cómo que no podemos? El Estado es una nursery para pagar mis facturas, sí podemos.

En fin, dulce militante, tú a lo tuyo, tú se tú mismo, continúa con esa política de identidad egorrelativa, visibilízate, contonea, trabaja los movimientos de tu culo tan sentimental, tan vulnerable. El militante dulce se derrite, es puro victimismo, y lo que está gritando es ayuda barata, fácil, couchinología, pues una víctima está autorizada para decir “no es mi culpa, no es a mí a quien se deben pedir cuentas, una víctima no tiene deudas, sólo créditos… La victimización nos empuja a la dinámica de la queja y a su vez nos encierra en la lógica de la victimización”. Y cierro con estas sabias palabras de un libro sabio: “En suma, la victimización lo que hace es convertir la frustración, el miedo y la pérdida en algo en algo consentido e incluso en algo con sentido, reconocido, aunque sea precisamente por el hecho de que es desconocido. Con lo cual fomentamos la experiencia de un vacío que sólo el resentimiento puede llenar”. Un resentimiento llamado novolatría, que se extiende como una mala peste.