Es una idea que cada cierto tiempo regresa al debate público en España: suprimir las carreras llamadas “de letras” -en realidad, se refieren a las de contenido humanístico- como forma de reducir el desempleo. Detrás de esta propuesta, hay toda una concepción de la universidad que debería preocuparnos: un lugar al que sólo se va para la cualificación laboral. No le quito importancia a esta dimensión de la “empleabilidad”, pero el papel de la universidad no se agota en formar a los alumnos para un empleo. Escribía Benedicto XVI que «el verdadero e íntimo origen de la universidad está en el afán de conocimiento, que es propio del hombre» para añadir más adelante que «en los tiempos modernos se han abierto nuevas dimensiones del saber, que en la universidad se valoran sobre todo en dos grandes ámbitos: ante todo, en el de las ciencias naturales, que se han desarrollado sobre la base de la conexión entre experimentación y presupuesta racionalidad de la materia; en segundo lugar, en el de las ciencias históricas y humanísticas, en las que el hombre, escrutando el espejo de su historia y aclarando las dimensiones de su naturaleza, trata de comprenderse mejor a sí mismo». Por supuesto, cabría plantearse si ese conocimiento de sí mismo, entre otras cosas, no mejora la “empleabilidad” de un alumno, pero no creo que debamos aceptar un debate en términos meramente utilitaristas. En realidad, ese enfoque centrado en la sola utilidad es el punto de partida de muchos errores.
Las humanidades forman el espíritu, desarrollan el sentido crítico y nos elevan por encima de la mediocridad. Enriquecen el lenguaje y, con él, la visión del mundo. Nos enseñan de dónde venimos gracias a la historia y la belleza que podemos crear gracias al arte. La literatura es, al mismo tiempo, una inspiración y una guía. En Homero, descubrimos el heroísmo, el sacrificio y la nobleza. Hace unos años, Andrea Marcolongo escribió un libro bellísimo -me refiero a «La lengua de los dioses. Nueve razones para amar el griego»- que subrayaba cómo los aspectos verbales nos muestran distintas formas de pensar que dividen «los acontecimientos del mundo y de la vida entre “cumplidos” y “no cumplidos”, “perfecta” e “infecta”. O sea, comienzo y final». Sin esta diferencia, es difícil percatarse de que una promesa no se cumple por su anuncio, sino por su realización. La claridad en los aspectos verbales mataría la mitad de las mentiras de los políticos que anuncian cosas que nunca terminan de cumplirse por completo. Como recordaba Nicola Gardini en «¡Viva el latín! Historias y belleza de una lengua inútil», en la lengua de roma palpita «la serenidad de decirlo todo». Es un bello regalo para un tiempo en que hay tantas palabras que ya no significan nada.
Las carreras humanísticas, pues, amenazan a los dictadores y a los tiranos. Quien estudia las “polis” griegas o la República romana aprende que la libertad dista de ser gratuita. Hay que defenderla hasta morir por ella; a veces, con las armas en la mano. Aprende que hay cosas por las que vale la pena arriesgar la vida y entregarla. Ya lo dejó escrito Horacio: «Dulce y honorable es morir por la patria». Cabría añadir a la tierra de los padres, el amor, la libertad, la justicia. Todos ellos son conceptos que las humanidades llenan de sentido hasta el punto de que, cuando se vacían, una buena formación humanística puede llenarlos de nuevo. En el fondo, Occidente es eso: una tradición humanística clásica cristiana, una forma de ver el mundo inspirada en la cultura grecorromana y en la tradición bíblica que concibe al ser humano como una criatura dotada de dignidad y redimida por Cristo. En su «Oratio ad adolescentes», allá por el año 370 aproximadamente, San Basilio de Cesarea decía a los jóvenes: «puesto que debemos lanzarnos a esta vida nuestra por medio de la virtud y que a ésta la han cantado, y mucho, poetas y prosistas, y mucho más aún los filósofos, habrá que prestarles atención, sobre todo, a tales obras». No cabe mayor temor para los regímenes totalitarios que un pueblo consciente de qué es la virtud.
De esto se trata en el fondo. Las Humanidades resitúan la vida en lo que verdaderamente importa y nos recuerdan quiénes somos. Por encima de la producción, la gestión y el consumo, somos criaturas llamadas al Bien, a la Verdad y a la Belleza. Si queremos reducir el desempleo, no deberíamos enseñar menos contenidos humanísticos, sino muchísimos más. En la secundaria, deberíamos tener más horas de filosofía, literatura, historia, lengua española, latín y griego, historia del arte y, si me apuran, francés o alemán además de inglés. En las universidades, deberíamos tener más asignaturas humanísticas clásicas transversales para todas las carreras y de contenido obligatorio para todos los alumnos.
Por desgracia, el retroceso de la cultura clásica cristiana en todos los órdenes de la vida ha ido paralelo al avance de la irracionalidad, el fanatismo y la ignorancia. Al igual que sucedió en la Alemania de Entreguerras, vivimos un auge del ocultismo, la superstición y la charlatanería bajo la máscara de “terapias alternativas”, “identidades fluidas”, “autorrealizaciones” y otras cosas similares. Estos ataques, que no sólo se dirigen contra el ser humano sino contra la noción misma de “realidad”, privilegian invenciones y disparates por encima de los fundamentos de nuestra misma civilización. Sin las Humanidades, sólo queda la persona abandonada al albur de las modas culturales y la ingeniería social.
Frente a la ofensiva contra las Humanidades, por cierto, deberíamos hacernos la pregunta que popularizó Cicerón: «Cui prodest?», ¿A quién beneficia?.