Opinión

LAS FARC ENMASCARAN SUS DERROTAS CON SANGRE

Sábado 16 de agosto de 2008
Como una bestia herida, las FARC han demostrado con el atentado del jueves en la localidad colombiana de Ituango que, a pesar de los duros reveses que han sufrido en los últimos meses, con el colofón de la liberación de Ingrid Betancourt, su afán asesino y violento sigue vigente. La crueldad del atentado, que provocó varios muertes y decenas de heridos, y su "modus operandi" –el artefacto estaba colocado frente a una discoteca repleta de gente- dejan bien a las claras que la narcoguerrilla deseaba provocar una carnicería, como finalmente ha ocurrido. De esta forma, el grupo terrorista se sitúa frente a la sociedad de la única manera que sabe, a través de la violencia, tratando de influir sobre los ciudadanos atenazándolos con el miedo.

Precisamente la capacidad de matar –afortunadamente cada vez más limitada- y el ansia de sangre es lo único que le queda a un grupo que ha visto como su potencial y protagonismo han ido descendiendo gracias a las eficaces medidas del presidente colombiano, Álvaro Uribe. No sólo han sido importantes las muertes de Raúl Reyes o Tirofijo, las detenciones de guerrilleros históricos como "Karina" o la liberación de rehenes como Ingrid Betancourt. Más indicativas, si cabe, de la situación de decadencia que atraviesan las FARC son las continuas deserciones que le afectan. Hace pocos días se hacía público que 282 miembros de la narcoguerrilla habían entregado las armas y la infiltración de miembros del ejército colombiano en el interior de la guerrilla es considerable y eficaz, a la luz de los últimos y espectaculares reveses infligidos a ese sindicato del crimen disfrazado de progresista.

El atentado de Ituango ha sido un duro golpe para la sociedad colombiana, cansada ya de esta lacra que lleva demasiados años lastrando el avance del país. Sin embargo, más allá del dolor de las víctimas, hay que ver el ataque como una muestra del acorralamiento y debilidad de la organización y no como una prueba de fuerza. Por primera vez parece que se ve luz al final del túnel colombiano y atentados como el del jueves, a pesar de su dolorosa crueldad, no pueden ni deben empañar la visión de un panorama crecientemente esperanzador.

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