El pasado 3 de marzo celebraban los búlgaros su fiesta nacional. Todo comenzó entre el siglo VI y el siglo VII con la llegada al Bajo Danubio de pueblos procedentes del norte del mar Caspio. Hablaban turco. Tenías líderes llamados «kanes». En 681, el emperador de Bizancio concedió al kan Asparuch los territorios al norte de la cordillera balcánica. Desde Pliska, este pueblo al que los autores llaman «protobúlgaro» dominaría las rutas que, desde el norte y hacia el sur, recorrían la cadena montañosa. También controlaban una franja costera que les daba acceso al mar Negro.
Sin embargo, el nacimiento de los búlgaros como pueblo con el nombre con que hoy los conocemos -y que han mantenido desde entonces- se da en el año 865 con la conversión del rey Boris I al cristianismo. Con ellos vio la luz una Iglesia búlgara autónoma que, en el siglo X, ya tendría patriarca. Clemente y Nahún, discípulos de Cirilo y Metodio, introdujeron la liturgia en eslavo antiguo. Quien dice Iglesia dice monasterios como el que fundó san Clemente en Ohrid. Por toda la región florecieron las iglesias bellísimas cuyos muros ascienden cubiertos de pinturas policromadas que representan a Cristo en majestad, a la Theotokos, a los apóstoles, a santos y a reyes. Es imposible abarcar todos los colores de estas paredes que se iluminan con velas perfumadas y lámparas de aceite oloroso. Simeón, hijo de Boris I, recibió la corona de «basileus» en 913 y tomó el título de «zar», es decir, de césar. No, el Imperio romano no cayó con las invasiones bárbaras en Occidente. Sobrevivió en Constantinopla, en Bulgaria, en Moscovia… Allí donde un rey tomaba el honorable título de césar, se reivindicaba la herencia de Roma y el legado de su civilización.
Así hizo el Primer Imperio Búlgaro, a quien los bizantinos combatieron por todos los medios posibles. El emperador bizantino Basilio II pasó a la historia con el apodo «Bulgaróctonos», es decir, «el que mata búlgaros». El 29 de julio de 1014, derrotó al ejército del zar Samuel en Kleidion, tomó más de 14.000 prisioneros y mandó cegar a 99 de cada cien. Al restante de cada centuria, lo dejó tuerto para que guiase a sus compañeros a la presencia de Samuel. Cuando el zar vio la espantosa visión de las columnas de hombres cegados, murió de horror a los dos días. El Primer Imperio Búlgaro apenas duró cuatro años más. Después llegó el dominio bizantino, que vio el paso de los Cruzados camino de Tierra Santa y las incursiones de los pechenegos y los polovtsianos, pueblos seminómadas que vivían a caballo entre las actuales Ucrania, Hungría, Rumanía y Bulgaria.
A finales del siglo XII, los búlgaros se sublevaron contra unos bizantinos que atravesaban un periodo de debilidad. Aprovechando que los normandos atacaban Grecia y la costa del Adriático, los búlgaros se alzaron en armas. La grandeza del imperio de Simeón resurgió en el Segundo Imperio Búlgaro, cuya capital se asentó en Tarnovo. La Iglesia recuperó su autonomía y su pujanza. El zar Kaloyan expulsó a los magiares del noroeste de Bulgaria y firmó en 1202 la paz con Bizancio. Entonces volvieron los cruzados, que tomaron Constantinopla en 1204. Kaloyan los venció en Adrianópolis en 1205. A Kaloyan lo sucedió Iván Asen II. Fue la cima del Segundo Imperio Búlgaro. Admiren los frescos de la iglesia de Boyana, a las afueras de Sofia, cuyos santos nos miran desde la eternidad que representan estos fondos oscuros y, sin embargo, iluminados. En el siglo XIV llegaron los otomanos. En 1360 ya habían tomado Adrianópolis. En 1389 derrotaron en la batalla de Kosovo a la flor y nata de la caballería serbia. Tarnovo cayó en 1393. Los otomanos encerraron al patriarca en un monasterio, destituyeron al zar, se anexionaron el imperio y sometieron a los búlgaros a un dominio que duraría hasta el siglo XIX.
Los búlgaros atravesaron ese periodo de casi cinco siglos manteniendo la fe, la cultura y la lengua. Por no cambiar, ni su país cambió de nombre. La iglesia se helenizó y abandonó el eslavo eclesiástico, pero no desapareció. Tampoco se convirtieron la mayoría de los campesinos. Sólo en el suroeste del país hubo cierta islamización que dio lugar a un grupo de búlgaros musulmanes que se mantiene hasta hoy: los pomacos. Muchos monasterios cayeron en decadencia y muchos otros se fundaron como el de Juan de Rila, erigido donde el santo había vivido como ermitaño y que recibió sus restos en 1469. Entre Sofia y Rila, floreció la pintura sacra a lo largo del siglo XVII. Para entonces, funcionaba una escuela eslava en Zografou, en el monte Athos, que serviría de modelo para otras ya en la Bulgaria histórica. La lengua se mantuvo viva. Los monjes copiaron vidas de santos y libros religiosos. De los 162 textos búlgaros que se conservan del siglo XVII, señala Crampton en su «Historia de Bulgaria», 46 mencionan santos búlgaros.
A lo largo de los siglos de dominación otomana, no dejó de haber sublevaciones. A veces, las alimentaba la esperanza de una ayuda de los Habsburgo. En otras ocasiones, confiaban en que los zares de Rusia acudirían en su ayuda. El renacimiento nacional del siglo XVIII sentó las bases del alzamiento definitivo. San Paisii Hilendarski (1722-1773) escribió en 1762 en eslavo eclesiástico la «Historia eslavo-búlgara de los pueblos, zares, santos y sus actos, y la forma búlgara de vida» en que resumía los motivos del orgullo nacional tal como lo cita Crampton:
«De todos los pueblos eslavos, los más gloriosos eran los búlgaros; fueron los primeros en llamarse a sí mismos zares, los primeros en tener un patriarca, los primeros en adoptar la fe cristiana y los que conquistaron mayores territorios. De este modo, eran los más poderosos y reconocidos de entre los pueblos eslavos, y los primeros santos eslavos brillaron entre el pueblo búlgaro y se expresaron en la lengua búlgara».
No era poca cosa.
Hubo otros estudiosos y modernizadores de la cultura búlgara como Yuri Venelin (1802-1839), que publicó en 1829 «Los búlgaros antiguos y de nuestros días en sus relaciones políticas, etnográficas y religiosas con los rusos. Investigaciones históricos-críticas». La aparición de una burguesía autóctona impulsó el interés por la cultura nacional. Se volvió a la liturgia en eslavo eclesiástico. Los patriotas búlgaros en el exilio se fueron organizando. En 1876 estalló una sublevación que los otomanos ahogaron en sangre. El sultán se negó a conceder a Bulgaria una autonomía. El zar de rusia acudió en auxilio de los sublevados, declaró la guerra a la Sublime Puerta en 1877. Un ejército ruso entró en Bulgaria acompañado por una legión búlgara y tropas rumanas. En enero de 1878, estaban a las puertas de Constantinopla. En virtud del Tratado de San Estéfano, nacería la Bulgaria moderna. Esa es la fecha que marca la celebración de hace unos pocos días.
Por supuesto, luego sucedieron muchas cosas, pero Bulgaria ya no desapareció. El viaje emprendido cuando el rey Boris I abrazó la fe de Cristo había entrado en una nueva etapa después de casi cinco siglos de desaparición del mapa, pero no de la historia. Ahí seguían los libros, los monasterios y los muros relucientes de pinturas que anticipan el Paraíso. Ahí seguían los vestidos coloridos de los campesinos y los coros cuyos cantos recuerdan que el búlgaro sigue resonando en Europa. Bulgaria seguía viva. El 8 de mayo de 1910 establecería relaciones diplomáticas con España, que en 2020 cumplen 110 años.
Esta columna hoy lo celebra.