Opinión

Los males de la bondad

José María Herrera | Sábado 16 de agosto de 2008
Bernard de Mandeville publicó en el año 1705 un breve escrito, La fábula de las abejas, con el que pretendió demostrar que el bien común depende más de los vicios de los ciudadanos que de sus virtudes. La tesis que defendía es, en líneas generales, esta: el progreso de una sociedad depende menos de la abnegación, generosidad o benevolencia de sus miembros que de su codicia, su ambición de poder o su egoísmo. Se comprende, por supuesto, que dentro de un orden, bajo ciertas reglas mínimas, unas normas sin las cuales no sería viable la vida social y que, por razones obvias, suelen encarecer con más fervor aquellos que más provecho obtienen de ellas.

Mandeville fue considerado en su tiempo un cínico, un defensor de la hipocresía, pero la idea de que la verdadera utilidad de la ley no consiste en impedir ciertas cosas que se juzgan malas, sino en dificultarlas para que, sin perjudicar al conjunto, sólo los más decididos puedan sacar partido de ellas, lo convierte también en un visionario.

Imaginemos un país enriquecido repentinamente. El dinero circula como nunca. Los especuladores llegan de todas partes. Las oportunidades se multiplican sin cesar. La ley, nacida en una situación anterior, aparece de pronto como un impedimento para el despliegue de las fuerzas más dinámicas de la comunidad. ¿Qué hacer?, ¿quebrantarla o renunciar a la prosperidad? Es una elección difícil porque las personas encargadas de velar por su observancia coinciden con aquellas que han de velar por el bien común. Por supuesto, se elige lo primero, aunque cuidando las formas. La confianza es también un valor importante. Si alguien tiene problemas de conciencia es invitado a abandonar el juego y si, a pesar de todo, apela a los principios o acude a los tribunales, no importa: se hace lo necesario para que estos funcionen de manera que no funcionen. El bienestar de la comunidad depende tanto de que haya ley como de que no se cumpla estrictamente, aunque siempre guardando las apariencias.

En una situación como la descrita, manifiestamente imaginaria, sólo un hombre que alimente un profundo resentimiento hacia la sociedad puede querer volver las cartas boca arriba de forma que todo ocurra de acuerdo con los principios que ella misma se ha dado. La mayor parte de los individuos tiene muy claro que esos principios están muy bien mientras no estorben la realización de sus propios sus intereses. Lo creen sin duda a título particular y, también, aunque esto jamás se admitiría en público, respecto de los intereses colectivos. El pragmatismo exige también, sin embargo, que de vez en cuando la ley, más como advertencia que como escarmiento, haga sentir su peso cayendo sobre alguien. El chivo expiatorio tiene que pagar por las pequeñas o grandes transgresiones que se realizan a diario a fin de que siga alimentándose el fuego de la virtud, un ideal que resulta tanto más sagrado cuanto más decidida es la voluntad de traicionarlo. De la misma manera que en épocas hedonistas las buenas maneras obligan a ocultar las ansias de placer, el encomio de la ley no está reñido con el hecho de que se desconfíe de ella. Fuera de esto, exigir el cumplimiento de los principios a sabiendas de que su descuido constituye la principal garantía de la paz y la prosperidad social es como pretender desenmascarar a la gente que ha acudido a una fiesta de disfraces pretextando que no se las reconoce. Mandeville lo tenía muy claro: a efectos prácticos, es mucho más útil el engaño y la hipocresía que la verdad.

Pero, ¿cómo interpretar entonces los momentos de crisis y estancamiento?, ¿son éstos consecuencia de un giro moral de los ciudadanos, el resultado de haberse vuelto la gente íntegra y virtuosa? Mandeville no dice nada acerca de ello, como buen ilustrado estaba interesado sólo por la prosperidad y el progreso. La pregunta queda en el aire. En todo caso, si su tesis responde a la verdad, la parálisis de una sociedad tal vez indique que ésta ha entrado en una fase de regeneración moral, de mejoría ética. Digo esto medio en serio, medio en broma, simplemente por darme el gusto de preguntar si no habremos empezado a recoger ya en España los frutos de la tan controvertida Educación para la Ciudadanía.

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