Hace dos semanas dediqué mi artículo al Coronavirus. Hoy vuelvo sobre el tema en un segundo capítulo aún a costa de hacer realidad aquello de “segundas partes nunca fueron buenas”. Muy a mi pesar debo reconocer que las expectativas para ir a peor se están cumpliendo.
El catedrático Adolfo García Sastre, uno de los virólogos españoles más reconocidos del mundo, cree que es inevitable que el coronavirus se convierta en endémico. Ya me gustaría a mí enfrentarme a mis propias sospechas para no caer en desavenencias de mal gusto frente a voces tan acreditadas y rebatir lo contrario; pero a estas alturas del problema uno tiene que cuestionarse muchas cosas. No voy a retroceder hasta mi anterior artículo para contar lo mismo porque hoy me he levantado con el pie izquierdo y en esta ocasión contemplo otras cuestiones de mayor calado, como por ejemplo el económico.
Vaya por delante mis condolencias para los familiares de cuantos vienen falleciendo, mis mejores deseos hacia aquellos contagiados, así como para todos nosotros que en definitiva formamos parte de esta grosera indefensión. Conste que tal desabrigo nada tiene que ver con nuestro sistema sanitario en general compuesto de brillantes profesionales a todos los niveles. Mis dudas ahora se centran en el monopolio productivo que maneja la tercera dimensión, que no es otra cosa que el reino del dominio y la responsabilidad. Y es en este punto en donde mi teoría ya expuesta en otras ocasiones desemboca en el resultado de multiplicar 7.500 millones de habitantes por el precio que el dominante tenga a bien asignar a la vacuna que vendrá a hacer las delicias de las cuentas de resultados de cuantos forman parte de ese susodicho reino.
Esta especie de novela negra que hoy respalda mi artículo, contiene los ingredientes necesarios para justificar mi argumento. En primer lugar, ustedes y yo, es decir, la humanidad planetaria. En segundo lugar, un virus mortal. Y en tercera posición, las víctimas, el miedo, la vacilación, la intriga. El desarrollo de la trama lo es alrededor de la tragedia humana, tanto en el devenir de fallecidos como en el contagio. El mal se extiende y las piezas van desgranando la voluntad de los dominantes hasta que los mercados financieros saquean los bolsillos de los ahorradores y el pánico cierra filas alrededor de los poderosos.
Y en medio de la trama relumbran los daños colaterales representados por una mayor pobreza para el 99% de la población mientras que el restante 1% seguirá haciendo ensayos para no perder su hegemonía entre ricos. Aunque sea de mal gusto por mi parte les contaré el final: caos y desolación, pero el antídoto llegará in extremis para los supervivientes que darán gracias por la suerte de sentirse a salvo. Alguien se pondrá medallas desde el balcón de una de esas multinacionales para honra y gloria de la gallina de los virus de oro. Para entonces ya habremos sacado lo peor de nosotros mismos.
Para suavizar el día que hoy les estoy dando, les diré que la cosa está entre la aceptación de los hechos, así sin más, o convivir con la indigencia de lo que somos frente a un simple virus, cosa ésta que nos ha de servir para una buena cura de humildad. Yo, por ejemplo, soy menos que nada y ni por esas me considero inmune a cualquier cosa obra de la providencia o de la mano del hombre. Si hace un par de semanas el coronavirus parecía ser asunto de otros, a día de hoy ya es cosa de todos; vean como ejemplo el hacer de nuestro gobierno y demás simpatizantes y simpatizantas tratando de desviar el problema como si España formara parte de un sistema planetario diferente al de la Tierra. Celebrar el día de la mujer era una prioridad de interés tan partidista como innecesaria por los riesgos ante posibles contagios; y ante eso, ni las propias mujeres ni el resto de los mortales merecemos el tener que pagar peaje alguno de salud pública, sobre todo cuando horas después idéntico gobierno cambia el discurso pasando del “no hay riesgo de infectarse” a la “contención reforzada” y al “haré lo que haga falta”. Y entre el dominio de unos y la responsabilidad de otros llega Vox y remata la faena celebrando un mitin como si el coronavirus entendiera de colores e ideologías.
Pero no conviene culpar a terceros por cuestiones tan perturbadoras como la que nos ocupa, pues si no es este virus lo será otro y así en lo sucesivo, porque la mano del hombre es vibrante cuando hay riqueza de por medio. Para esa clase de poderes oscuros las víctimas preocupan menos que los déficits y no digamos las cuentas de resultados. En definitiva, que somos el experimento de las guerras frías, ese entramado de intereses que origina el descalabro mundial protagonizado entre países obligados a odiarse por cuestiones de macroeconomías. Es el resultado de nuestra propia miseria como seres terrenales, igual nos da un roto que un descosido y de eso se aprovechan los codiciosos tejedores de la abundancia atrapándonos para sus experimentos y lucrativos fines. A decir verdad, nosotros somos nuestro peor enemigo y de eso se aprovechan los que carecen de escrúpulos.
Aún con la absoluta certeza de que mis teorías de cuarto milenio no servirán de nada, no por ello voy a dejar de sostener mi punto de sospecha, eso sí, consciente de la novela negra que les he montado con este artículo, pero esa es la grandeza de quienes escribimos con la finalidad de entretener al lector. A fin de cuentas les he contado hasta el desenlace de la obra, cosa que no acostumbro, pero es que ustedes me caen bien.