Estimada doña Cayetana Álvarez de Toledo y Peralta-Ramos -por nombrarla cual caballero español que a veces soy-:
Permítame, siendo vos XIII marquesa de Casa Fuerte, que quizá sea fuerte esta misiva, pues Casa es mi Escritura y marqués soy de lo que digo como opinión, observador, voyeur o quebrantahuesos. Perdón le pido por este inicio.
De entrada le obsequiaré con esta lindeza: no acostumbro a escuchar todo lo que dice en las teles, en su actual portavocía del Partido Popular o en su escaño retirado o exiliado, vaya usted a saber, de una Barcelona cuyo color de pelo es que no gusta, qué le vamos a hacer, pues que los indepes -fruto de esa dirección del Área Internacional de la FAES que todavía mantiene vos como se mantienen las costumbres del gaucho y su amor por los caballos allá en su Argentina (argentinita a medias, digamos, que ya Lorca tuvo su verdadera Argentinita)- han aumento de peso y altura por culpa de dónde estabas entonces. Otras cosas peores se obsesan en este lo fatal del mundo de la política, ya sabe vos, señora.
Y no escucho sus afrancesamientos de bella Hélène a lo Ronsard por ser excesivamente imprudentes, inexactos, incómodos o luxación para estos mis oídos. Sin embargo, a veces, mientras voy escribiendo en mis cuadernos amarillos mis cosillas literarias o mientras leo aquella “Despedida” de su compatriota Alejandra Pizarnik teniendo en la tele un programa de humor -pues ya humor sólo sirvo para valerme de los aconteceres de este múndico virus que es este machetazo de lo económico: borro lo de lo político- atiendo a sus hablares o cantares o a esa macedonia de plata y ocre con la que macela su pundonor vociférico. Y es ahí cuando la risa me entra y me penetra con tal belleza que inevitable es mirarle fijamente y muy adentro de sus dos ojos, preciosos y de una luz que fue la luz escrita del poema aquí citado. Esto es: “Mata su luz un fuego abandonado. / Sube su canto un pájaro enamorado. / Tantas criaturas ávidas en mi silencio / y esta pequeña lluvia que me acompaña.”
No tome a mal esta ironía, pues vengo de lo socrático -lo entendés, marquesa-. Y no tome a mal lo que aquí le sigo escribiendo en esta misiva romántica cual fueron y son las cartas de puño y letra de su gran amado y estadista que nombra con musculatura menorquina don José María Aznar. Cartas de notario las mías, no vaya vos a pensar otra boludez mía.
Señora marquesa de Casa Fuerte, XIII legislatura en ambos dones, como aristocrática y como diputada:
Somos muchas las que le pedimos con educación que mida y controle su amplia sabiduría de este país nuestro. Porque sucede que, a lo peor, vos no tenés mucha travesía por estas culturas nuestras de esta bellísima Península Ibérica y sus históricos modos, sus sonetos fechos al castellano paladín o esta sociología que nos une a todas y todos, a los más, por contentarla un algo. Respeto sus comentarios -si bien no reglamentariamente acertados-, pero no puedo evitar que noticie día a día con norteña palabra, manca y coja, esta Tierra de Conejos -según Catulo así nombraron los romanos a Hispania- en la que somos y en donde estamos, vivimos, compartimos, leemos, nos fraternizamos e incluso amor por amor en amores con rimas y estrofas nos soñamos. De modo y manera que haga costura y teja con más noble ordenación sus flemas fortachonas, aunque disimuladas con esa vocecita de Tristana. Le recomiendo que vea la película de Buñuel sobre la obra de Galdós.
Esta patria y unidad y tuberculosa, incluso patricia España que sinfoniza, le digo que no hay caso. Pues viene al caso que vos se remonta a principios del siglo XVI, ¿recordás? Le informo: tiempo aquel de la colonización española ya máxima en toda Sudamérica. Y existe en su sangre aquellas células vivas que tanto dolor causaron a unas tierras que hoy en día continúan siendo arrasadas por aquella historia capital que hoy es un presente de verborreico neocapitalismo y globalización por culpa, tal vez, de estas actuales legiones de seniles emperadores, reinas con sinarquía o una muchachada indignada a la que se le alienta a continuar con estos campos de concentración en donde ya no se usan crematorios; en todo caso, guerras bacteriológicas, que es la razón de la sinrazón de esta paranoia internacional ocasionada por quiénes me sé y me callo están haciendo usanza de este bichejo de nombre COVID-19.
Señora marquesa: podés vos llamarme pelotudo o tobogán de piojos, incluso, si vos deseás, cementerio de choripanes. Pero debo adelantarle que la colonización y esta patria que vos llama España acabóse tiempo ha. Fueron sus antecesores -como por otra parte entiendo- los que habitan en vos. Esto es, aquel conquistador español de nombre Blas de Peralta o del otro Peralta, sí, aquel Patricio P. Ramos, los cuales fundaron la ciudad de Mar del Plata. Desconozco si la actual Argentina, siempre malograda por el Fondo Monetario Internacional y la corrupción de sus dirigentes, hoy brinda con mate y tango aquellas épocas pretéritas y sine die. Ahora mismo llamo a mi amiga Cecilia Roth por ver qué piensa ella de todo este maderismo y ramerismo, perdón, ramosismo.
Finalizo ya por una cuestión de estética personal, esto es, por no perder mis letras en vos, pues prefiero ganarlas en la auténtica fuerza de este país de países que es la musulmana, judeaizante y castellana Hispania. Esa fuerza emana del pueblo, de la gente, de esta ciudadanía variopinta y frágil, aunque dura como un tejón de miel, el animal más inteligente y persistente de todo el animalario universal. Y es que fue Antonio Machado el que lo dijo: “Lo mejor de España es el pueblo español, los pueblos de España”.
Me despido de vos, marquesa, con esta ebrio-anarco-trovadoresco poema mío, escrito con pluma de ave ayer mañana mismamente: