Incapaz de mantener el equilibrio de mis sueños sobre una realidad amenazante y de alzarme al tiempo sobre las tradiciones de este oficio de escultor, decidí mutar tan primitivas herramientas y dejarme llevar.
Toneladas de arcilla desparramadas por el suelo devolvieron cientos de almas y figuras a la tierra, grandes moldes de escayola y sus pieles de silicona troceadas acabaron en los contenedores, los bastidores metálicos fueron desguazados a la espera de los chatarreros en la puerta del estudio, e incluso los palillos de modelar y las esponjas fueron igualmente desterrados.
¿Qué me quedaba ahora sino venderme a los sonrientes mercaderes digitales, como ya nos vendíamos antaño a los príncipes y sus favoritos, a los marchantes y empresarios?, ¿tanto cuesta despegarse de que el pintor pinta y el escultor mendiga para conseguir algo próspero?
Nunca antes me había sentido tan desnudo, de un vacío inmaculado, pero la naturaleza, que acecha impregnada de vivos colores aprovecha estas fragilidades para envolvernos y seducirme como al hombre que soy, al que solo materializa lo que imagina, al imaginero de nuevo cuño en un territorio inexplorado y así me trajo a Elektra.
Descubrir que la Ópera es una de las escasísimas actividades humanas donde confluimos todos los artistas pretendiendo edificar un templo y donde ya mi gigantesco Agamemnón, que llenaba el escenario en cuclillas después de ensamblarse con miles de placas impresas en 3D, a través de la luz y las tinieblas, la voz, la música y los danzantes, se erigía en algo vivo y ¡tremendo! ajeno a mis capacidades. Que en otro tipo de encargo tan solo sería una escultura gigante con chorretes de metal en medio de una plaza y en escena se había transfigurado en un sueño, mejor dicho en un trance giratorio de dos horas que nos había dejado a todos completamente anonadados. Ni me tuve que preocupar de los aplausos.
Descubrí igualmente que una escenografía no se acaba en sí misma y que cuando participa de algo tan primitivo y ancestral como esos ritos tribales a la llama de la hoguera nos arrastra a los dioses del pasado y al futuro del Sapiens. Limbo exultante donde extraviamos el sentido, la ética, el pudor y el raciocinio, para desde ahí modelar símbolos militares, religiosos, de tauromaquia, de fútbol, de caza.
Porque El Arte, no nos engañemos, apenas bebe de acontecimientos reales sino de leyendas y mitos y verdades deformadas, de contrasentidos hermanados que se van despeñando a cada rato entre los fieles partidarios y sus enemigos declarados y ahora que todos esos artilugios virtuales y de realidad aumentada nos hacen perder los estribos y recrear nuestros delirios, y ser por ello paradigma de la vanguardia, de lo que pretendemos y lo que creamos, me digo -quememos las naves, escultor, ¡quememos las naves! -
que luego ya se verá hasta dónde hemos llegado.
VÍCTOR OCHOA
https://www.victorochoa.com