Opinión

De frente al coronavirus

TRIBUNA

Roberto Alifano | Domingo 22 de marzo de 2020

La hipocondría es un trastorno que muy a menudo aparece asociado con la ansiedad, por lo que el principal síntoma es la preocupación exagerada que el individuo siente por su salud. El hipocondríaco medita constantemente sobre sus síntomas, reales o imaginarios, y llega a percatarse de signos funcionales que habitualmente escapan a la conciencia. La característica esencial de la hipocondría es el miedo a padecer, o la convicción de tener, una enfermedad grave, a partir de la interpretación personal de uno o más signos o síntomas somáticos. Quizá el caso más conocido de la literatura es el del personaje que Molière describe en su obra Le malade imaginaire (El enfermo imaginario, 1672), pero existen muchos otros ejemplos, ficticios y reales, de esta patología en la cultura y en la historia. Mi recordado amigo, el poeta español Carlos Barral expone en unos versos la raíz del problema hipocondríaco, ese temor casi insuperable, fundamento de esta patología:

El miedo, tan extraño,

decrépito, infantil,

peor que lo temido.

Si bien no me considero un hipocodríaco, al momento de empezar este artículo el panorama del mundo es aterrador. Y, como todos, no dejo de pensar en aquellos que fueron atacados por esta pandemia del coronavirus que se ha cobrado, al momento que escribo este artículo, casi 11.000 vidas humanas y el total de casos asciende en el mundo a más de 260.000; afectando a 171 países. Lo cual es una tragedia, que nadie puede soslayar. La peste, para hablar sin eufemismos, nos concierne y atraviesa en estos momentos a todos en el planeta poniendo un estado de alerta ecuménico a la sociedad, y amenaza con una crisis sanitaria de dimensiones inéditas, que desconcierta a especialistas y a quienes conducen los gobiernos. Esta catástrofe, todo hace suponer, provocaría un estrago mucho mayor aquí, en nuestro continente, si llegara en las condiciones que se expandió en China, el hemisferio norte y el europeo.

No es novedad para nadie. Los sistemas de salud pública en nuestros países son más vulnerables y carecen de elementos sanitarios eficaces para hacerle frente a tamaña epidemia. Sólo una cosa nos ha favorecido en buena parte de este lado del Océano. No se ha llegado el invierno y nuestros gobiernos han anticipado el ataque.

Sin embargo, acaso todavía es muy pronto para saber cómo el coronavirus remodelará la sociedad global. Porque no depende solo de la biología. También actúan la economía y la política. Pero, en la pequeña escala argentina, ya se aprueban las medidas preventivas que se hacen desde el Estado ante el avance de la pandemia. Por supuesto, lo que sucede no es culpa de los gobiernos; ni de este ni del anterior; tampoco de los de más atrás. Ya que nuestra decadencia es un asunto remoto. El enervante caso viene desde muy lejos y nos involucra de una u otra manera a todos los ciudadanos. Como disculpa, diremos que la gente es muy dada fácilmente al hábito de incumplir las leyes y que somos históricamente transgresores. De manera entonces que el paradigma del poder es un asunto riesgoso, a la vez que irritante en estos tiempos de peste.

En el caso argentino existen razones para usar ciertos calificativos. Desde hace treinta años, la sociedad, debido a la ineficiencia de la política, solo piensa en la crisis económica que le afecta el bolsillo (“El órgano más sensible del hombre”, según ironizaba el general Perón); algo que incluye el pago de la deuda pública -de la que los ciudadanos se sienten ajenos, aunque no desconocen que los afecta de manera directa-. Es así como las recetas y medidas, sujetas a los acuerdos técnicos elaborados por la corporación política que gobierna, nos lleva alegremente desde medidas ortodoxas a una contrapuesta heterodoxa; es decir, vamos de un extremo a otro haciendo que dicho vaivén haga casi imposible un acuerdo común sobre los trazos esenciales de la economía nacional, sujeta a la global, obviamente. Pero esto es más grave cuando las crisis de las economías se deslizan hacia la salud pública y se extienden hasta la educación.

Hay todavía un debate no resuelto dentro del propio gobierno argentino sobre los pros y contras de presentar lo que, debido a la pandemia, es casi seguro, vendrá con dramatismo. Creemos, en este caso puntual, que mostrar un horizonte tétrico, además de la ayuda política, puede contribuir a tomar consciencia y a la prevención más eficaz para el manejo de una epidemia que desborda por su tamaño cualquier sistema de salud y, por ende, de gobernabilidad. Los expertos suponen, a la luz de la dinámica del problema en otros países, que los contagios saltarán de escala en, más o menos, dos semanas. Y el panorama que se pinta es tan desolador como espantoso.

Pero volvamos al temible asunto del coronavirus, que es lo que nos ocupa. Aun cuando no se lleguen a igualar los antecedentes de otros países afectados, hay que prever que habrá una presión inédita sobre el sistema de salud, que durará, es casi seguro, entre 6 y 10 semanas. La demanda amenaza, en el mismo contexto, con desbordar los hospitales y sanatorios, y para calibrar la dificultad se debe contar con una cantidad suficiente de respiradores que no posee ni la ciudad de Buenos Aires ni tampoco la provincia. La alarma es grande y todo es poco, poquísimo, cuando la naturaleza se desmadra.

Así, desde el punto de vista científico, la dimensión del desafío es inédita. Ningún profesional argentino enfrentó algo similar; tampoco en el mundo, que se muestra desconcertado en demasiados aspectos. Un espeluznante panorama que, por su intensidad, trastorna la vida de los hospitales y hace que, salvo las emergencias, todas las demás actividades queden suspendidas por semanas; es decir, las cirugías programadas y otras formas de atenciones menos o más riesgosas que rutinarias. Habrá, se afirma en nuestro caso, una regulación muy cuidadosa de las transfusiones de sangre; que también cabe suponer se volverán un bien escaso, ya que es muy probable que baje el número de donantes. Otra incógnita es si aquí, como se ha hecho en Italia y España, se pueden equipar hoteles para que funcionen como nosocomios de emergencia. Esto aún, al parecer no se ha contemplado entre nosotros.

Dentro del oficialismo hay quienes postulan, sin alentar el alarmismo, que aún bajo el peso del temor de los ciudadanos se pueden tomar decisiones estrictas; y que esto, aunque desate una corriente negativa o de egoísmo en el afán de cada uno por salvarse, termine distorsionando el vínculo social. Es sólo un temor, obvio. La prueba más evidente se da ahora en la compra de productos farmacéuticos, que conjuntamente con los alimentos movilizan a una muchedumbre con largas colas por temor a un desabastecimiento.

Los antecedentes de la paranoia colectiva han sido bastate registrados por la literatura a lo largo de la historia. En su descarnada investigación sobre la peste (un volumen acaso tan aterrador como la novela de título homónimo del prodigioso Albert Camus), el filósofo argentino Leiser Madanes, consigna el asombro de Guy de Chauliac, el médico del papa Clemente VI, ante los efectos de la “epidemia negra” o “peste bubónica”, que entre 1348 y 1352 arrasó con casi media Europa. “Fue algo tan aterrador -enfatiza Madanes-, que no sólo por la proximidad, sino incluso por mirarse unos a otros, la gente contraía la peste; de manera que los hombres morían sin asistencia y eran enterrados sin la extremaunción de los sacerdotes. En tal situación un hijo no visitaba a su padre ni el padre al hijo, y cada cual se libraba a su suerte”. Dicha peste es la que relatan Giovanni Villani en su Nova crónica y el célebre Boccaccio en el Decameron. En esas circunstancias la caridad estaba muerta y la esperanza hecha añicos. Salvo un pequeño grupo de elegidos, que tenía los medios económicos para aislarse; como él mismo Boccaccio, claro, que con tres amigos y siete bellas muchachas buscaron refugio en una casa ubicada en la montaña.

Hay quienes creen que sólo extremando las alertas se consigue que la gente tome distancia y adopte prevenciones adecuadas. Ese alejamiento y esos recaudos higiénicos pueden disminuir, siquiera un poco, la cantidad de casos, quizá abrumadora, para que el aparato de salud pueda funcionar sin un colapso. Con más precisión, en todo caso, para que no suceda lo de Italia y, en cierta forma, lo de España.

No caben dudas de que la escasez puede ser peor que la enfermedad. Como señalamos al principio, nadie desconoce que las consecuencias económicas de la pandemia serán dramáticas, por no decir arrasadoras. Por eso los gobiernos están reaccionando con paquetes de ayuda fiscal y financiera en mano, como lo hace Donald Trump en su país. Sin embargo, hay zonas de la sociedad que son difíciles de alcanzar. No se puede olvidar que en la Argentina, entre el 35 y el 40 por ciento de la población económicamente activa trabaja en la informalidad. Y ese sector, que vive “el día a día”. Será, sin duda, el más afectado por la parálisis económica que se nos viene encima. Ni qué decir del daño que puede causar el coronavirus entre los más desprotegidos; concretamente la pobre gente que vive en barrios humildes, hacinados y con servicios cloacales deficientes o nulos en la mayoría de los casos. En la Argentina, es harto sabido que los problemas del conurbano son estremecedores, la mayoría habita en casas a las que ni siquiera llega el agua potable. Por lo que está a la vista y se advierte con la debida claridad, que los funcionarios destinados al acercamiento del Estado con esos suburbios carenciados no están preparados para una emergencia de tamaña magnitud.

Estos contratiempos se inscriben, repito, en una macroeconomía exterior también mutante y poco sensible. Por lo que se ve, la contracción china afectará el precio de las commodities y, de ese modo, tampoco caben dudas que incidirá sobre las exportaciones. La reestructuración de la deuda o “reperfilamiento” (neologismo rebuscado si los hay, que solo se le podía ocurrir a un técnico en finanzas), nos impone observar el precio que ayer tenían los bonos argentinos, y quizá se podría imaginar que hoy el canje sería más fácil que hace 15 días. Pero no sé si es tan así. La misma oferta de entonces se volvió más atractiva y los mercados, saturados de malas noticias, tal vez festejen un acuerdo a contramano. También es cierto que la incertidumbre juega en contra. Es probable que, en ausencia de precios estables, los comités de inversiones de los fondos desaconsejen cualquier operación con la Argentina. En fin, sin querer ser alarmistas, junto a la pandemia, todo conspira contra la reactivación de un país fundido.

Por último, que yo sepa, a pesar de haber actuado con la premura correspondiente que imponía el caso (lo cual está muy bien), no se puede negar que la situación en el orden económico es compleja y atemorizante y tiende a complicarse más. Esta epidemia sin vacuna y sin cura, avanza por el momento como un ejército invisible y despiadado hacia poblaciones indefensas. Una extendida leyenda acerca de Marcel Proust le atribuye la melancólica creencia de que cada día era su último día. Sin hipocondría, pero con la peste que ya está encima, nos puede suceder lo mismo. Me contó Gabriel García Márquez que soportó durante años una extraña plaga que al aproximarse la primavera lo llenaba de granos en el cuerpo. “En Cien Años de Soledad, se los contagié a uno de mis personajes, el coronel Aureliano Buendía, y no me volvieron a salir”. La literatura es un remedio aconsejable para las cuarentenas.