Opinión

El espíritu confinado

TRIBUNA

Fernando Muñoz | Jueves 26 de marzo de 2020

Saturados de información irrelevante y repetitiva debiéramos poner en cuarentena el televisor, hundirlo en la piscina o en la bañera o – mirando bien a un lado y a otro – lanzarlo por la ventana. Podríamos luego darnos de baja en las redes sociales o, al menos, seguir el criterio de no interactuar con quien no nos hayamos comunicado, quiero decir, no admitir nada de nadie con quien no hayamos hablado de viva voz y cuerpo presente al menos en alguna ocasión. Mantener el hilo mínimo para llegar a conocer las normas que nos obligan y tratar de comer juntos, leer juntos, jugar juntos, hablar unos con otros y rezar juntos para que no nos alcance por el momento el virus que nos sacaría del círculo sagrado del hogar y nos metería en la caótica gestión de una sanidad que naufraga. Fuera de la casa no hay nadie, aunque a las ocho de la tarde se escuchen aplausos fantasmales, y salir sólo puede conducirnos a un abismo de ausencia y desesperación. Las llamadas de auxilio a los teléfonos quiméricos de la administración sólo dejan una salida: si Ud. sufre una crisis de asfixia diríjase a las urgencias hospitalarias. Allí se decidirá si su esperanza de vida le permite optar a un respirador en función del número de aparatos disponibles o de manos capaces de manejarlos. Si no tiene suerte no habrá vuelta atrás y no podrá dar a los suyos el último adiós, sus restos quedarán bajo la gestión delirante del Estado que informará, a su tiempo, a los familiares más próximos de su incomprensible deceso.

Hoy como siempre hay pruebas y respiradores para los señores del gran poder. Vemos a ministros o exministros, presidentes o vicepresidentes y sus próximos o allegados, sometidos a pruebas o dados de alta. Su importancia estratégica justifica esa prerrogativa. Al parecer los gestores públicos no podrían sustituirse, tal es su habilidad y arcano conocimiento de la cosa pública, que se me antoja tan cercana a la cosa nostra. Insustituible capacidad de nuestros gobernantes, manifiesta – hay que suponer – en la maestría con la que se decide y ejecuta en la actual situación crítica. Es evidente que ese poder salvífico no es omnipotente y que no se identifica de modo perfecto con el nivel de renta. La muerte – que sigue siendo condición de la vida – nos allana finalmente, pero entretanto seguirá habiendo diferencias entre pasillos y habitaciones confortables, entre Rúber Internacional y el 12 de octubre, entre el respirador y su carencia. La proximidad a las cumbres de la jerarquía no coincide en todo caso con la riqueza, aunque entre ambas hay una profunda cercanía. No hizo falta gran cosa para prever que, hoy como siempre, el filo caería sobre los más débiles y necesitados: viejos, pobres, enfermos… y también sobre los que viven solos y únicamente podrán contar con una misericordia que, aunque se publicita, sólo puede juzgar común quien ignore el estado de descomposición social al que hemos venido a parar. Basta ver los atascos en las salidas de las grandes ciudades al llegar el fin de semana y bajo las condiciones de este estado de alarma.

Quedan, sin embargo, entre los muros de las casas, núcleos de realidad que se acendran en el encierro para, quizás, salir mañana a un encuentro real con los más próximos, si logramos despejar el mundo de mediaciones especulativas y pantallas. ¿Queda verdadera potencia de comunicación en el interior del dominio doméstico acaso capaz mañana de confiarse de viva voz a terceros? No es imposible que la clausura despierte en nosotros una saludable suspicacia hacia el viento electrónico y las pantallas, hacia el orden virtual y la abominable telecomunicación, hoy en boca de tantos falsos profetas. Telecomunicación: una alucinatoria falsa comunicación con un efecto aterrador bien detectado por Günther Anders: “Cuando lo lejano se acerca demasiado, lo cercano se aleja o desaparece. Cuando el fantasma se hace real, lo real se convierte en fantasma”. Rompamos la fábrica de sueños, cerremos el paso al viento electrónico y regresemos a la realidad más cercana.

Recuerdo que el portavoz del superhombre, el que firmara “El Anticristo”, aquel desvalido y triste filósofo que se creía descendiente de nobles polacos, el loco Nietzsche, escribió: “Amarás al lejano”. No, si no lo aproximo realmente. Quizás podamos salir al aire libre si le rompemos la cara al telepróximo (Finkielkraut), algo tan fácil como darse de baja en el registro de telecomunicadores que no ayudan a respirar.

Porque el espíritu, el aliento, el aire vivo que transita nuestra garganta llega poco más allá de unos metros – los mismos que este virus pone entre nosotros – pero metro a metro, paso a paso y a través de terceros, puede alcanzar al mundo entero. El televisor esconde la mentira de una comunicación a distancia, las tecnologías de la telecomunicación hacen filigranas con esa impostura. Pero el confinamiento que ha levantado murallas entre nosotros, también ha debido dejar dentro de cada frontera el mínimo antropológico, el grupo elemental capaz de fraguar un espíritu real que – verdadero auxilio a la respiración – mañana acaso sople sobre el mundo a través de la voz personal y el timbre inequívoco de nuestro prójimo.