La situación de la pandemia por el coronavirus, la desafección creciente de los ciudadanos hacia los gobernantes, buena parte de los partidos y políticos, así como la amenaza continua del secesionismo y ruptura de la integración territorial de España, aconsejan un Gobierno más representativo. Son factores opuestos a lo conseguido en más de cuarenta años de convivencia democrática. Estamos horadando la cohesión y coherencia adquirida sin nada que justifique esta inquietud social. La pérdida de confianza política se convierte poco a poco en principio desestabilizador del Estado. Desde el final de la Guerra Civil (1936-1939) hasta el día de hoy han transcurrido más de ochenta años. Período suficiente para asumir una experiencia trágica y la transición democrática. Y para fundar un Estado moderno en el ámbito de su raigambre histórica. La incorporación de España a la Unión Europea (1986) supuso un nuevo panorama. La asumimos con esperanza. Y el resultado fue más que satisfactorio. España se convirtió en referente de países con problemas similares al suyo.
Frente a este panorama se intenta introducir ahora una tendencia a la “retromanía” desde un revisionismo histórico acotado para lo que no interesa. Y lo hacen partidos que rechazan la revisión como virus ideológico. O la promueven para reivindicar un pasado relativamente próximo. Pretenden convertir los cuarenta años de democracia en herencia franquista. La Constitución de 1978 sería una coartada de las clases sociales que sostuvieron la autocracia e incluso indujeron el conflicto bélico de 1936. Rechazan la idea de que la Monarquía parlamentaria, homóloga de la inglesa y otras europeas, haya sido una síntesis de Monarquía y República concertada por todas las fuerzas políticas de los años setenta, incluidas las que hoy rechazan aquel pacto histórico. El sufragio libre le resta lastre a la tradición monárquica y al modernismo republicano.
Hubo un intento de sellar históricamente esta síntesis proponiendo como primer presidente de Gobierno a Enrique Tierno Galván. Se pensaba que la figura del profesor socialista podía conciliar conciencias incómodas, resentimientos, rencillas, previsiones y, sobre todo, convencería, con su marxismo moderado, a los países europeos dudosos de la madurez democrática de España. Asimismo, a quienes recelaban de la figura de Juan Carlos como Rey sucesor de Franco en la jefatura del Estado. La operación fracasó. Los motivos son inciertos. Se habría opuesto Estados Unidos y con informe de personas próximas a Tierno Galván.
La decisión de instaurar un sistema democrático sólido era clara. Y hoy pretenden algunos minarlo desde un republicanismo no europeo, más bien bananero y sujeto al narcotráfico. Así hemos de entender la banalización de las instituciones, el auge de la miseria intelectual en los medios de comunicación, partidos y representantes políticos. Se quiere crear un contexto sociológico de incertidumbre, relativismo jurídico, descrédito democrático, pobreza moral, palabra fácil y desconcierto de la burguesía. El objetivo es la quiebra del Estado en pro de un sociorrealismo leninista.
Razones no faltan. La principal, ausencia de personas bien formadas. Unida a ella, la reducción del hombre a rendimiento económico en una cadena insaciable de beneficios que diluyen el sentido de la existencia en un rebote continuo de publicidad y consumo innecesario. La especulación financiera promueve la corrupción sin término, cosifica la relación humana y depreda el ecosistema de la vida. El comunismo aprovecha las paradojas del capital globalizado, más relevantes en países con resortes culturales débiles o en franca decadencia de los que tuvieron. Recurre entonces a las antiguas técnicas de propaganda ideológica convirtiendo los deseos y aspiraciones del mundo laboral en tópicos básicos de impacto directo en la sociedad, fundamentalmente entre jóvenes, asalariados y desempleados. Y ante la falta de otro horizonte, la evidencia de la corrupción, el vacío de las formas institucionales y la demagogia corroboran el mensaje marxista-leninista.
Cuanto más se acentúe la quiebra del Estado de Derecho –el constitucionalismo instaurado en 1978–, más previsible se augura el vuelco del sistema democrático. Han de verse en esta dirección las críticas periódicas a la Monarquía acentuando las veleidades de la realeza en el período de la Transición. Éstas y otras sirven a su vez para tapar la corrupción y tretas de quienes la critican o favorecieron para beneficiarse de ella, amparados en una razón social que los exime de responsabilidad histórica. El fin propuesto justificaría medios y errores del pasado.
Ante esta coyuntura, España parece indiferente, como sumida en una inercia social que la embota. En realidad, bebe la pócima que le sirven a través de una red endogámica de relaciones, servil y alienante. O cae en la tentación de la retromanía antes citada reivindicando a Lenin, la influencia de la Unión Soviética en la segunda República española, a Franco o a las repúblicas americanas de inspiración marxista. El indudable progreso económico de los últimos cincuenta años –nunca se vivió mejor en nuestro país– debido a la ayuda e inversión europea, multimillonaria, al turismo y al ahorro de la emigración precedente –dato insoslayable– produjo una costra de relumbrón y apariencia cultural fatua. Momento de vivos, sagaces, aventureros, guapos, listos. Gente de mil modos mercenaria y vendida.
Fue la época del oportunismo financiero. Y oportunista es hoy el enclave social para una estrategia revolucionaria de despachos, modales falsamente progresistas y palabra fogosa, huera, no obstante, de contenido real.
La situación resulta inmejorable para un análisis de los tres materialismos, el científico, el histórico y el dialéctico. Es casi una invitación crítica. La mayor paradoja y antinomia la refleja el desconcierto actual provocado en Europa, pero sobre todo en nuestro país e Italia, por la pandemia del coronavirus. El país de origen, China, supera relativamente rápido la infección mortal porque su organización política es una dictadura que impone orden y su economía –capital de Estado– aprovecha las contradicciones del liberalismo. Y éste se beneficia, a su vez, de la masa salarial china carente de seguridad jurídica personalizada y de comercio autónomo. Empresas españolas y del resto de Europa fabrican o compran allí, con salarios bajos y condiciones laborales exiguas, el material que aquí nos falta. Pura reversión hipócrita con alto rendimiento de Capital en uno y otro sistema teóricamente opuestos, el comunista y el liberal o, más atenuado en uno y otro sentido, el sociodemócrata. No hay alternativa fiable a lo que se critica y pretende sustituir.
Proyectados en esta pantalla de cinismo globalizado, y mirando a nuestro entorno, el independentismo y el sociocomunismo son reflejos esmerilados de la historia. Ninguna parte o trozo de España, por no decir Comunidad Autónoma, sería lo que es fuera de su tradición común. Ni Cataluña ni el País Vasco tendrían relieve propio sin el marco cultural español al que pertenecen y en el que se encuadran. Tampoco una opción comunista española lograría alzarse como logo revolucionario de España y América. Y menos aún desde los partidos y con líderes que promueven una fragmentación cantonal del Estado en pequeñas repúblicas baratarias. Quedarían todos fagocitados, de la noche a la mañana, por una u otra potencia internacional. Equivocan país y fecha histórica. A no ser que una Nación y Estado entero, matriz de Europa y la América moderna, centenario, quiera suicidarse.
La realidad presente, amenazada por la pandemia del Covid-19, que puede diezmarnos, pide una representación nacional de las fuerzas democráticas no suicidas. Un pacto de Estado con la firme promesa de convocar elecciones poco después de la situación vivida actualmente. El desconcierto, la ineptitud profesional de muchos políticos, la hipocresía y narcisismo mediático de bastantes, la dualidad bicéfala de criterios en el Gobierno, el arribismo, la desconfianza generada, la presión sobre la propiedad privada, lo requieren y exigen. Sería proporcional a una representación más fiable de los ciudadanos.
Y lo mejor que podría sucedernos políticamente a todos, después de la pandemia, vivamos o no, es que surja un nuevo partido con orientación de Estado moderno, comprometido con la nueva Europa y el vínculo histórico con América. “'Tú eres mi mejor yo', piensa Europa de América”, decía Ortega y Gasset en 1911 con palabras amorosas de Percy B. Shelley.
La realidad social será distinta después de la pandemia en varios aspectos. Si la depresión financiera se convierte en bancarrota, y el desempleo aumenta, es posible un desorden social serio. Los partidos más votados tienen que dar la cara conjuntamente y arriesgarse. De ello depende el futuro del Estado.