Opinión

Recuerden a estos héroes

ORIENT EXPRESS

Ricardo Ruiz de la Serna | Martes 31 de marzo de 2020

Se habla poco de ellos. No se los suele mencionar en las convocatorias de aplausos públicos en los balcones y las ventanas de nuestro país. Tampoco ellos lo buscan. No siempre curan el cuerpo, es cierto, pero siempre alimentan el alma y eso es mucho. De hecho, en momentos terribles como los que atraviesa la sociedad española, puede serlo todo. Hablemos, pues, de estos sacerdotes, de estas monjas y estos monjes que ya estaban allí sirviendo a los más necesitados cuando el coronavirus llegó a recordarnos que somos finitos y que nadie sabe cuándo llegará su hora.

Están por doquier. Uno puede verlos en los hospitales confortando a los enfermos, consolando a los familiares de quienes han perdido a alguien a quien aman, rezando en silencio. Si usted enciende su ordenador, en algún lugar de este planeta desgarrado por el dolor, hay un cura trayendo a Cristo al mundo en la eucaristía y retransmitiéndolo para que puedan asistir quienes están recluidos en sus casas. Piénselo un instante: en medio del sufrimiento, Cristo sigue viniendo. Él sigue vivo entre nosotros.

¿Y dónde está?

Está crucificado en las residencias donde los ancianos contagiados se cuentan por docenas. Tose en los pasillos atestados de las urgencias colapsadas. Sostiene la mano de los conductores de ambulancias. Solloza junto a los médicos y los enfermeros que deben decidir a quién se le pone el respirador primero. Repone los alimentos en los supermercados. Limpia los pasillos y recoge las basuras. Hace guardia junto a quienes cuidan de la seguridad ciudadana. Se multiplica en los hogares donde la distancia de los enfermos va haciendo mella. Él, que lloró por su amigo Lázaro, en fin, llora por todos esos hermanos nuestros que enferman y mueren.

Como Él, lloran también esos curas que imparten la unción de enfermos y confiesan a quienes están en trance de muerte. Ya lo dijo el cardenal Newman: “Si vuestros sacerdotes fueran ángeles, hermanos míos, ellos no podrían compartir con vosotros el dolor, sintonizar con vosotros, no podrían haber tenido compasión de vosotros, sentir ternura por vosotros y ser indulgentes con vosotros, como nosotros podemos; ellos no podrían ser ni modelos ni guías, y no te habrían llevado de tu hombre viejo a la vida nueva, como ellos, que vienen de entre nosotros”. También ellos sufren junto a Cristo, al pie de esa cruz donde hoy padecen tantos.

Al pie de esa cruz están también las monjas que confeccionan mascarillas y las que donan alimentos, las que cuidan a los ancianos desafiando a la muerte porque, cuando uno sigue a Cristo, sabe que no hay mayor amor que el de quien entrega la vida. Muchas de ellas están acostumbradas. Llevan como veinte siglos atendiendo a los enfermos, a los agonizantes, a los familiares de los difuntos. Hay médicos, personal de enfermería, auxiliares y todos ellos siguen hoy a Cristo a su paso por este calvario que atravesamos.

En todo el mundo, la Iglesia se vuelca con ayuda material, pero contribuye también con la oración por la humanidad entera. Quizás a usted le parezca poca cosa. No se lo critico. Hablamos tan poco de Dios que nos hemos acostumbrado a vivir como si Él no existiese. Sin embargo, Él escucha a esos miles de monjes, monjas, religiosos, consagrados y laicos que piden por este y por aquel, que encomiendan a sus hermanos, que sostienen a tantos con la oración como Moisés sostuvo a los israelitas en su lucha contra Amalec. Naturalmente, usted puede pensar que nada de esto existe. No se preocupe: también rezan por usted.

Por eso, en su próximo aplauso vespertino, piense también en estos curas y en estas monjas, en tantos creyentes que atraviesan este desierto aferrados a la cruz de Cristo y guiados por ella mientras ayudan a los demás y piden por la salvación del mundo.