Ella sabe que no puedo leer
Ella sabe que no puedo escribir
Pero estas son las letras de la melodía
Muéstrame como leer
Muéstrame como escribir
Estas son las cosas que puedes hacer por mí
¿Por qué mataste a ese pobre viejo?
Melodía
Ella dijo…
“Él nunca fue bueno conmigo”
Ella dijo…
“Él nunca fue amable conmigo”
Dime cómo estaba vestido ese día
Mi melodía
No me muestres cómo tocó su cara
Mi melodía
Ella dijo:
“Nunca lo volvería a hacer”
“Dame otra oportunidad”
Yo dije:
¿Por qué no viniste a mí?
Yo dije:
¿Por qué no me hablaste?
(Blonde Redhead, Melody)
Esta canción del grupo Blonde Redhead cuenta lo que me está pasando, lo que nos está pasando a muchos. Mientras unos mueren, otros no hacemos nada con nuestra vida. O muy poca cosa. Quedarse en casa. El ruido de la calle aviva a la melodía que mata. Entre estas cuatro paredes el silencio amortigua la realidad.
Nos recomiendan que nos entretengamos. Que a los que nos gusta escribir y leer lo hagamos. Pero este silencio chirría en mis oídos y distorsiona mis necesidades. Se me ha hecho un tapón con las palabras que no salen de mí. La melodía se esconde en mi garganta donde juegan las arañas, en mis manos donde las hormigas invisibles las muerden, en mi cabeza donde no para de saltar un canguro y mi cerebro lucha por no salirse de su bolsa.
La melodía sabe que cada palabra que estoy escribiendo nació muerta. Es ella la que dicta y así quiere que sea. A la melodía no le importo nada y por eso me deja con vida. Quiere que envejezca, que a mi canguro no le quede otra que comerse la hierba nevada que adorne mi cabeza. Encanecido y frío como los casquetes polares, a los que tampoco les queda mucho tiempo. Las notas frías, en el cambio climático y en la melodía. Partituras que parten la vida en este parto doloroso del que nace este necio sonido.
El viejo se toca la cara, acaricia la melodía. La siente dentro. Una vibración vírica que te engancha y no te suelta. Unas cuerdas de guitarra que lucharán por compartir espacio con las de la garganta. Las vocales son las primeras que aprende un niño y las que los ancianos ahora no pueden digerir. Una vibración que lo mueve todo de sitio. El viejo busca la distensión de la guitarra en que se ha convertido su organismo. Por el cuerpo se expande la melodía. El mástil le deja con el cuello torcido. Le queda muy poco para convertirse en ukelele y desaparecer.