Opinión

El Dragón Líquido

TRIBUNA

Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 03 de abril de 2020

El protagonista de esta obrita de teatro de Francisco Nieva, El Dragón Líquido, escrita hace unos treinta años, es una ominosa y amenazante laguna. Los lagos, las lagunas, los estanques, las charcas, las pozas, los tollos, las albercas, etc. han aparecido en la llamada Literatura Gótica con cierta frecuencia como oscuros personajes centrales de este tipo de novelería de misterio o piezas teatrales. Sólo hay que recordar el papel del lago en la espléndida novelita del genial dublinés J. Sheridan Le Fanu, La Profecía de Cloostedd, que comienza, además, en una amena posada llamada “George and Dragon”. “Era un hermoso rincón acuático; su mirada, educada al fin y al cabo en las excelencias de la pintura paisajista, lo reconocía. Pero esa superficie de agua en particular suscitaba en su interior una antipatía insuperable. Una antipatía que la motivaba una diversidad de asociaciones. No podía determinar qué clase de mal le sobrevendría más pronto o más tarde procedente del lago; pero la única idea, a este respecto, que se había posesionado de su imaginación era la de que en él se ocultaba un peligro fatal”. En este tipo de literatura la falta de inocencia, la absoluta falta de inocencia, no sólo se encuentra en lo seres humanos, sino sobre todo en las cosas. Diríase que por magia contaminante – otra vez la espléndida e inspiradora Rama Dorada – las cosas inanimadas del mundo adquieren la ominosidad y malignidad de las almas humanas. Es una especie de hipálage que sufre la maldad en esta Literatura. Estos lagos siniestros entrañan siempre desasosiego a sus visitadores, pero la laguna que aquí presenta Nieva, el escritor español más genial de los últimos cincuenta años, pasa en el mismo principio de la obra de ser desasosegante a ser algo terrorífico en sí, in medias res.

“Guardián: Fíjese usted bien, señorita: este estanque tiene un gran mérito. Ni es estanque ni es agua lo que ve. En realidad este estanque es un dragón líquido, que trajeron de China en un contenedor enorme y lo vaciaron en ese hoyo. Usted puede meter los pies en sus bordes y no le pasará nada, pero si se interna en él, antes de llegar a la cintura se la traga a usted”.

Estamos ante un cuadro transcultural y suprarreligioso.

Como el dragón mantiene su naturaleza de carnívoro insaciable como presunta agua inocente de un estanque público, sus cuidadores, empleados públicos, lo tienen que alimentar con carne de caza, patos de otros estanques y, dados los pocos fondos que manda la siempre roñosa Administración, hasta con desechos de casquería. Pero el gran “antojo” del monstruo – más terrible que el de las embarazadas – es el de alimentarse con mujeres. Una mujer lo deja saciado durante semanas y en los días siguientes de la ingesta sus aguas se sienten jubilosas, cruzadas por heráldicos peces de colores.

Además de la laguna, protagonista mudo de la obra, hay otros dos personajes en la obra, el Guardián, que es el único personaje parlante, y una turista rubia que actúa en función de lo que dice el Guardián. Una extraña turista rubia, tocada por una previa inclinación preternatural, que le van acrecentando las palabras del siniestro Guardián, cuya interpretación debería tener algún toque de dipsómano, y que de vez en cuando podría beber de una petaca plateada, como las aguas de la laguna- dragón.

Las aguas de la laguna se excitan en pequeños oleajes cuando una mujer se encuentra a la orilla, representa todo un estremecimiento de acuciante deseo de comida y placer cercano al sexo. Hubo otra turista que atraída por la laguna y sus aguas estremecidas de deseo se desnudó y se adentró en ella para ser devorada y matada de placer. Los franceses llaman al orgasmo la petite mort; y la verdad es que esta definición supone una perspectiva metafísica del ser diluido por el amor, como un pequeño descanso del ser en el no ser. Yo creo que Nieva – cosa que no pudo saber J. Sheridan Le Fanu – quiere introducir conscientemente elementos psicoanalíticos en la obra. El deseo de muerte es una forma encubierta de algo diferente y más profundo. Hay deseos inconscientes de entrar de donde todos un día salimos, el útero de la madre. Es ahí donde la turista anterior y la actual quieren regresar. Oscuridad, silencio, bienestar, seguridad, inconsciencia, pérdida de la identidad. El estado anterior del nacimiento. El estado posterior a la muerte. La turista no quiere morir, quiere regresar al vientre cálido y amoroso de su madre. Todos necesitamos un sustituto de la madre; en esta obra de Nieva la transferencia de la madre es un Dragón Líquido. Aquí lo freudiano funciona como un oculto pensamiento accesorio.

No estoy para nada de acuerdo con la interpretación que han hecho algunos sobre el sentido de dejarse devorar dos mujeres por la tentadora virilidad del dragón, para resucitar a una nueva vida. “Una resurrección al reves”, que es lo que dice el Guardián a la turista medio sumergida, no puede ser ningún tipo de resurrección a una nueva vida, y menos nueva, a una vida más perfecta y libre. Para nada. Es el eterno retorno freudiano al vientre materno y, como tal, a la nada. A diferencia de la novela gótica de Sheridan, en donde el lago arrastra físicamente a la víctima, en Nieva “la víctima” se mete en las fauces de la bestia líquida. Sheridan: “Del agua salía una cosa blanca, como una mano. Entonces va él, se inclina, la coge, y se cae; y la mano le arrastra, hundiéndolo bajo el agua”. Nieva: “Este dragón es un gran tipo. Hacen ustedes muy buena pareja. Los dos deben estar pasándolo muy bien. Ya está usted desapareciendo, ya desaparece en el placer. ¡Qué suerte tienen algunas histéricas!”. Los personajes de Nieva siempre están circundados por misterios oceánicos, y Dios mismo aparece polimorfo.

Hay ahogados que salen del vientre acuoso más reservados y misteriosos.

- Fue un chapuzón: a usted no le gusta el lago, señor, pero a mí sí. Y eso es lo que pasa: igual que Anteo al tocar la tierra, al tocar yo el agua me levanté descansado. ( La profecía de Cloostedd, de J. Sheridan Le Fanu ).

También nuestra España se levantará imprevisible.