Opinión

Bicentenario del pronunciamiento de Riego

DESDE ULTRAMAR

Marcos Marín Amezcua | Viernes 03 de abril de 2020

El tironeo del año que corre ha distraído la atención sobre un suceso histórico que invita a abordarlo por su notable trascendencia en el devenir de la unidad y la fragmentación iberoamericanas: el alzamiento protagonizado por el general Rafael del Riego, el 1 de enero de 1820. O el pronunciamiento, para utilizar el vocablo tan del gusto de las salpimentadas crónicas decimonónicas.

Doscientos años han trascurrido desde aquella vicisitud y sus consecuencias son totales: la fragmentación del Imperio español, al frustrarse su misión apaciguadora americana, independientemente de la suerte que en España corriera al final, el susodicho personaje junto con el advenimiento y estruendosa terminación del Trienio Liberal y la felona y traicionera postura de ese impresentable que fue Fernando VII, que como puede constatar usted amigo lector en ambos hemisferios, se lo digo desde América, aquí tiene un muy mal cartel. Y eso que el regio sujeto es tan desconocido como que ignoremos que sumó cuatro esposas, que fue despreciado y empequeñecido por Goya, o que vivía a cuerpo de rey en su exilio dorado, sugerido como si fuera de verdad un injusto convicto harapiento y piojoso cual pedigüeño, a lo Conde de Montecristo –encadenado y con las ratas deambulándole a los pies– muy lejos de serlo, mientras medio Imperio se desgreñaba guardándole el trono, embebido de una propaganda burda y eficaz que lo pintó así de desvalido y víctima, sin que lo fuera el miserable monarca.

Pues ya le digo, Fernando tiene muy bien ganada su mala fama, al menos aquí en ultramar, donde gente como Francisco Javier Mina pasó a proseguir su lucha contra tal y acabó fusilado, también.

En América contamos que los virreinatos –reinos de ultramar en el papel, colonias en la ceguera de la Junta de Sevilla, que pretendía dictarles ordenanzas sin derecho a ello y muy rebatible– se alzaron contra el dominio español aprovechando la invasión napoleónica a España. En efecto, no lo niegan los libros de Historia. Lo he escrito antes y lo refrendo: y no lo hicieron por conspiraciones masónicas ni por los ingleses, sino por tres siglos donde a las luces de España hubo también el oprobio de la explotación a determinados indios y la consabida rivalidad entre peninsulares y criollos por acceder a puestos de poder y mando. Empleos negados de cuando en cuando hasta que Carlos III prohibió en definitiva que los españoles nacidos en América ocuparan altos cargos. Hacerle eso a los súbditos leales al rey en ultramar se consideró como lo que posiblemente fue: una suerte de alta traición de un rey a parte de sus vasallos, conculcando la igualdad. Sembró “el mejor alcalde de Madrid”, la semilla antiespañola faltante que detonaría las guerras libertarias contra su reino, poco más de 20 años después.

Claro, sabemos bien que la idea de separarse la América española de España, no se fraguó de un día para otro. Ya viajeros peninsulares como los hermanos Ulloa lo advertían 80 años antes de que sucediera. Así que libertadores como Hidalgo o Bolívar solo cosechaban lo que muchas generaciones previas, sembraron. Por activa o por pasiva. Lo que se llama procesos históricos. Las independencias de América han de mirarse sin leyendas negras ni leyendas rosas. Las hay. Ambas. Al final tales y no emancipaciones, dejan el mundo iberoamericano y la relación sigue siendo de ida y vuelta hasta nuestros días. Yo le cuento lo que decimos en América, que la historia suele tener al menos, dos versiones y entrambas me atraen.

Pues bien: que Fernando VII o su sequito no supo o no pudo identificar el signo de los tiempos, es verdad y fue fatal. Que en la Península no se supo articular una mejor política para las tierras americanas para retenerlas, también. Que la camarilla de gobernantes llegados a ellas desde España, a partir de Manuel Godoy y debiéndole el cargo, fue una parvada de ladrones, botarates y sinvergüenzas al amparo del amante de María Luisa de Parma, sí. Que a Carlos IV no se le bajaba de cornudo y que eso se supiera bien en las colonias, ya era un notable tirando a sobresaliente. Con todo, tiene su estatua ecuestre en Ciudad de México, pues el lambiscón virrey Branciforte no tuvo empacho en mandarla erigir. Le adeudaba el cargo a su amigo Godoy como para congraciarse con él y todos sabemos cómo terminó Godoy, encima sufragado por el propio Carlos IV. Habrase visto. Y sí, Godoy ya no pintó nada en los levantamientos americanos.

Como puede apreciar, en los años cercanos a 1808, España no cuenta con la mejor cara y fama en América. Y no es culpa de los americanos. La insurgencia que desembocaría en juntas autonomistas, rupturas, en declaraciones de independencias y en guerras civiles contra los leales a la Corona, para echarla, fueron fraticidas, allí. Al regresar Fernando VII y abolir la Constitución de Cádiz en Valencia retornando al absolutismo, apenas pudo mostrar tantita inteligencia para entender los nuevos tiempos y articular una reconquista de América viable y justa para todos, sin ofrecerle nada mejor que sojuzgamiento, y que pese a todo, pareció efectiva una campaña eficaz entre los años 1814 y 1820 no sin apuros, como la ruptura definitiva con el Río de la Plata y la casi perdida Venezuela, en contraparte.

Luego, en estrepitoso torrente se vinieron las derrotas al ejército realista. Para 1820, España había articulado un ejército que con miras a marchar a Buenos Aires, emprendería el viaje transoceánico para apaciguar a los soliviantados pero, comandado por Riego, alzóse en armas e impuso a Fernando VII una Constitución de Cádiz ahora más radical. Lo demás, ya se sabe, fue la última perdida oportunidad real de reconquista de América, pues ya no llegó ese contingente a aquellas latitudes y lo demás fue consumar los hechos, desbaratando el Imperio. En 1820 un novohispano dijo a los constituyentes que irían a rediscutir Cádiz tras lo de Riego: “y decidle a Fernando que si no ofrece mejoras, América puede vivir sin España y ser feliz. Daos la media vuelta y regresaros”.

Hechos consumados que sembraron un impase. Después de Ayacucho y hasta la muerte de Fernando VII –incapacitado para entender la nueva dinámica y para ni someter América ni para soltarla– dejó desvalida a España, que solo con el ascenso de la regente María Cristina se sentó a negociar la paz y acuerdos comerciales, para no perderlo todo, empezando por México (1836).

La insubordinación de Riego fue crucial para truncar esa reconquista y devino en mal fin a un imperio. Generó un quiebre, un largo silencio y el desentendimiento de repararlo con una ríspida relación con claroscuros y episodios fortuitos de entendimiento entre España y las nuevas repúblicas hispanoamericanas en la antepasada centuria, ya en marcha de consolidarse, para después aprender nuevos lenguajes comunes entre sí en el siglo XX. Por eso regresar a Riego, a Fernando VII y a la desintegración del Imperio español continental americano, siempre es un ejercicio reflexivo, nutrido, indispensable para entendernos como iberoamericanos; que reta a trabajar en el presente y a colaborar para el futuro que, soportado en un pasado común, merece verse sin complejos desde ambas orillas del Atlántico. Amerita madurarse esa idea, como aquella que considero es valedera de que España también se independizó de América sobre una base de ida y vuelta, construyendo renovadas formas de interacción, aún vigentes. Finalmente así es, pues en América está volcada su sabia y su fortificada herencia.

La ruptura del Imperio español acaso fue una lograda crisopeya, ya que después de todo mutó en su actual comunidad hispánica de naciones, que tampoco es poco y tiene tanto por labrar, decirse y conseguir, aún. Riego fue el parteaguas.

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