Aunque nos hemos acostumbrado a que nuestra madre esté del otro lado, después de un triste y azaroso proceso (de Alzheimer), no nos es fácil admitir lo vulnerables que somos cuando dejamos de serlo.
¿Dónde se han ido todas aquellas bajamares, los trenes y burros con cántaros, las misas, las comuniones, las cenas de Navidad y las fotos de familia numerosa, dónde?
Murió papá y ella quedó como testigo del pasado. Íbamos asumiendo su vejez paulatina, pero ahora nos ha vuelto a nacer otra hermana pequeña, una hermanita fina y despistada, con los ojos del quinto hermano, la risa, el mosqueo y el baile de la cuarta, sexta y octava, el gesto atolondrado del noveno, del séptimo un aire a saltimbanqui, el flequillo del segundo en los años 70 y las arruguitas en los ojos del tercero.
¿Dónde andas mamá; qué oyes y escuchas; qué es lo que miras y qué lo que ven tus ojos en la pared y el techo esta casa?. Ojalá una pantalla nos mostrara tu mundo, para saber si tu película es continua o quebrada, si en los colores brillantes de Alicia o el mago de Hoz, o de un no-do, o puede que incluso sea un mundo desgastado como las fotos de nuestros antepasados.
Podemos mirar por sobre unos ojos oscuros, que ninguno de nosotros alcanza a penetrar y acariciar esas delicadas manos con las que tanteas a modo caracol las nuestras; Podemos bailar y tatarear tus canciones entre risas; Podemos acurrucarnos un rato haciéndote un nido al que te aferras sin poder volar y podemos imaginar que aquella madre es también nuestra madre.
Pero, ¿dónde andas mamá, ahora que te hemos arrancado de nuestro lado?