Los fracasos y triunfos se miden por su impacto, lucen en la vitrina de nuestras vidas con su peana y su placa y el hacerle una escultura-retrato a mi padre fue quizás uno de mis mayores fracasos. Él me acompañaba al estudio en sus últimos años, como si de un aprendiz se tratara, para hacerme compañía, sujetar el compás o hacer cualquier otra tarea y de paso aliviar mi reconversión de arquitecto en escultor.
Era un genio de la ironía y nos habíamos enfrentado hasta la saciedad desde que cambié el rumbo de primogénito de la familia por el de un simple hermano, pero ya ahora me escuchaba y me hablaba, aceptando de mala gana esa angustia que producen los principios y las razones cuando se agolpan a la puerta de tu vida, no para pedir limosna, sino exigiendo venganza.
- ¿No te das cuenta que darte la razón es como admitir que he estado toda mi vida equivocado? -.
Yo le sonreía y me callaba, porque en su pregunta aceptaba que sus batallas eran batallas perdidas, pero ahora estaba frente a frente al caballete y mientras le observaba venían a mi cabeza infinidad de recuerdos.
Eran tantos los padres que se empujaban uno tras del otro buscando su puesto en mi escultura y mis manos, que pasaban los días y no había manera de pacificarlos. Y como el único que parecía desesperarse era yo, se coció la terracota y la dimos por terminada.
El escultor no puede con todo lo que empeña y conocer demasiado a una persona es perderse al igual que el no conocerle de nada. Diría el caricaturista, con razón, que lo fundamental es pillar el aire que obre el milagro, para que se parezca más a mi padre que él mismo.
Murió en su cama. Al llegar, lo tenían guardado muy frío en un cajón alargado y de metal en el hospital de Cruces, del otro lado de La Ría y el Puente Colgante. Tiraron del cajón a la altura de mis rodillas y destaparon su rostro. Al de unos instantes, fuera ya del edificio y con las manos agarradas a una barandilla, lloré amargamente mirando un horizonte que no existía porque aquél no era mi padre. Mi padre había desaparecido y esa mala copia en nada me lo recordaba.
¿Es morir desaparecer sin siquiera el consuelo de reconocerle por unos instantes?
- Hijo, ¡ahí ya no estamos! - que diría él, para lanzarme cavilando al ser, al espíritu, al alma y a sus 21 gramos (A.G. Iñarritu. 2003); y porque hasta encontrarme frente a su cadáver, ni siquiera me había percatado de la voracidad del alma. Esa agregada tan especial que poco a poco dejaba vacío al cuerpo yacente, se suponía, pero no dando tal cruel y miserable cambiazo.
Si el agujero es tan negro que todo se lo traga y depende de cada persona el embellecer el brocal del pozo para asomarse a la esperanza de otra vida, o por el simple guardarle el luto, por desconsuelo, por tragarse el dolor y la añoranza, no me extraña que lo maquillen ya sea en cuerpo presente o lo embalsamen, lo incineren, lo envuelvan en lino para quemarlo, lo devuelvan a la tierra en un cofre o lo momifiquen. Nadie quiere resignarse a la evidencia de que ya no está, ni del camino que ha tomado.
Dedicado a quienes, ahora, ni siquiera les muestran el cadáver.
EPÍLOGO
Pasaron más de diez años desde la muerte de mi padre y un día tuve que hablar justo de eso o de lo contrario, para presentar la figura de M. Vargas Llosa en el Museo de Cera de Madrid y con él delante.
Les dije y lo diré rápido:
“Que como escultor, cuando alguien te posa te llevas parte de su vida y la escultura al tiempo te roba parte de la tuya;
Que la inmovilidad para mí era un camino vano y la semejanza o parecido surgía por superposición de actitudes y gestos, suaves y amargos, respiraciones tenues o entrecortadas, brillos que se apagan y todo tipo de sensaciones que impactan no en la retina, sino en la memoria y aún más dentro;”
Les dije
“Que no copio, no mido, no trazo simetrías, porque el aliento y la mirada se capturan con habilidades que rehúyen a esos oficios;”
Añadí, al fin.
“Que mi camino era más fácil que el de sus maestros en cera, magníficos, que sí se ciñen a la escala, al color de la carne, al vidrio del iris y al pelo natural y al traje, para matizarlos en una ruleta de la fortuna que les aleje de una simple mascarilla policromada.”
Pero no les quise preguntar, de ninguna manera, por respeto, ¿dónde buscaban su alma?