José Manuel Cuenca Toribio | Lunes 18 de agosto de 2008
Bloqueo de cuencas hidrográficas, estrafalarias reivindicaciones antropológicas y lingüísticas, exaltación terruñera y pleitos de campanario, el europeo que visite la Península y los dos Archipiélagos dudará, a tenor de lo leído y escuchado en los medios de comunicación, de los índices y estadísticas que colocan a menudo a los españoles a la cabeza del sentimiento comunitario y de la voluntad por unificar el Viejo Continente en todos los aspectos.
En los órganos parlamentarios y en los artículos de opinión de los diarios nacionales y regionales son los temas de menor paralaje conceptual los que privan en los comedios de 2006. Atrincherados en unos sentimientos identitarios de estrecho radio y vuelo corto, los nacidos o avecindados en las 17 Autonomías parecen entregados a ensanchar o mantener empecinadamente derechos y prerrogativas, con absoluto desprecio de argumentos y perspectivas que contemplen horizontes más amplios y problemas más generales. Bien que en los territorios a la cabeza de tal estado de cosas la referencia europea no se proscriba declaradamente, como sucede con la española, de las manifestaciones de sus elementos dirigentes, su pensamiento conducente en el tema descansa en la vinculación directa a la Unión Europea, con la supresión –legal o artificiosa- de organismos intermedios, léase, las instituciones del gobierno español.
Planteamiento, por descontado, utópico en la coyuntura hodierna de Bruselas, en la que la capacidad integradora respecto a los países de última incorporación, ha decrecido respecto a la de las últimas décadas sin que existan razones para el optimismo cara al porvenir inmediato, sino todo lo contrario.
En tal panorama, la insistencia en lo telúrico y particular sólo resta fuerza al adensamiento de las corrientes europeístas, las únicas que a medio plazo fecundas los progresos y esperanzas de un viejo continente enfrentado creciente e irrefrenablemente con envites de mayor envergadura. La fórmula infalible, pues, para todo género de introspecciones históricas y formulaciones de los problemas del presente es incuestionablemente “más Europa”, cargarlos de la mayor cantidad posible de la sustancia de la cultura más cercana a la condición humana y promotora de su dignidad y riqueza.
Frente a este camino, el único que contemplará el desarrollo de las generaciones próximas, no hay, en verdad, alternativa. España, que desacertada anduvo en la edad contemporánea, en sus opciones de futuro, no puede volver a errar.
Pero la apuesta histórica ha de ser de la sociedad. A los políticos sólo les atañerá protocolizarla bajo la atenta supervisión de los ciudadanos de a pie, sus votantes…
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